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Las casas invisibles

Agatha56

Contenido de la publicación

--Dicen que el hogar es un lugar con tejado, paredes de barro o ladrillo y una puerta firme que se cierra contra la tormenta. Durante mucho tiempo yo también lo creí. Busqué desesperadamente ese rincón en el mapa, un punto fijo donde echar raíces, pero la vida —con su brisa caprichosa y sus mareas imprevistas— se encargó de desmantelar cada refugio que intenté levantar.

Hoy me miro las manos y descubro en ellas las marcas de todos los caminos recorridos. No tengo un hogar al cual regresar al caer la tarde, ni una mesa servida donde me espere el eco de voces familiares. Mi familia se volvió un murmullo lejano, una colección de retratos en sepia que el tiempo fue desdibujando, y los amigos de la infancia terminaron convirtiéndose en sombras de paso, barcos que cruzaron mi noche para perderse en sus propios horizontes.

Al principio, la soledad me pesaba como una piedra en el pecho. Me sentía desterrada, una errante sin linaje ni abrigo. Me dolía el silencio de las habitaciones vacías y la certeza de que, si caía, no habría manos conocidas para sostener mi sombra. El miedo se sentaba a mi lado todas las noches, un visitante helado que me susurraba que el desamparo era definitivo.

Sin embargo, la memoria es sabia y sabia es también la solitud cuando se aprende a mirarla a los ojos. Con los años entendí que los cambios no son la pérdida de lo que fuimos, sino la misteriosa metamorfosis de lo que estamos destinados a ser. Aprendí a dialogar con mis fantasmas, a nombrar mis temores uno a uno hasta despojarlos de su máscara formidable. Descubrí que al miedo no se le vence destruyéndolo, sino tomándolo de la mano, reconociendo su presencia sin permitirle jamás que lleve el timón de mis pasos.

Cuando todo se derrumba —cuando las certezas se quiebran como cristal antiguo y el suelo bajo los pies parece disolverse— he aprendido lo que se debe hacer: detenerse y respirar. No hay que intentar sostener las ruinas con desesperación; hay que dejar que caiga lo que tenga que caer. Es en el instante exacto del colapso, cuando el polvo aún no se ha asentado, donde surge la verdadera revelación: uno no empieza desde cero, empieza desde la experiencia. Se recoge el aliento, se contempla el horizonte despejado y se vuelve a sembrar.

No poseo una casa de madera ni una llave dorada en el bolsillo, pero he construido mi refugio de adentro hacia afuera. Mi templo sagrado es la piel que habito, las historias que guardo en el regazo, la fortaleza serena de saber que ya he sobrevivido a mis peores tempestades.

Quizás no tenga un linaje al cual volver, pero soy la suma de todas las calles que he pisado y de todos los soles que han calentado mi rostro. Y cuando el mundo vuelve a tambalearse, sonrío en penumbra, porque sé que el fuego que llevo por dentro es infinitamente más poderoso que cualquier invierno que pretenda apagarme...

Thoughts

  • EvaMontero

    Tu templo en la piel me sonó a algo que me repito las semanas que no alcanzo a ir a misa: que el cuerpo también es casa. Tú lo dices sin religión y llega igual.

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--Dicen que el hogar es un lugar con tejado, paredes de barro o ladrillo y una puerta firme que se cierra contra la tormenta. Durante mucho tiempo yo también lo creí. Busqué desesperadamente ese…

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