Mientras estoy refugiado en un mundo de tinieblas,
juzgado para la sentencia, la muerte es el dulce líquido
que corrompe mis venas, mientras mi sacrificio
honra la paz del mundo exterior.
Un juego de palabras casi malvado,
un espacio donde predominan llenuras frías y solitarias.
Parece un sueño que puedo destruir
con mis propias manos.
Si me vuelvo loco y la locura juega un papel casi insípido,
como la lujuria siendo el éxtasis
de mis miedos y el horror de mis palabras;
si la tumba fuera esa llanura de olvidos que juega un papel,
siendo el verdugo que dicta la norma,
escupe en la cara de lo malvado de un verso
para ahogar las penas en odio.
En un vaso de cristal yo quisiera nombrar mi llanto.
He honrado a las memorias que han sido bellas,
y su belleza me destruye en un abrir y cerrar de ojos.
Me deleito con paisajes que nublan la vista,
porque tal vez he sido ciego
al negar mi naturaleza.
Mi rechazo se vuelve una trágica mentira
y tal vez una tortura.
Sacrifico mi sangre para honrar mi propia muerte;
es el olvido del sueño, y su musicalidad hace que me pierda.
Tan lejos... y a veces siento un pequeño deseo que no tiene fin
y no tiene cura.
Como si la enfermedad plasmara en mi rostro
los mil años de infierno y todo el tormento
de las bellas noches en donde la luna brilló.
Su música es casi perversa, como mi última oración.