Por Levi Díaz Echeverri
Es un animal de máscara verde, con hierba en el rostro y árboles secos en el alma; una criatura de apariencia inocente que esconde entre sus fauces el veneno que destruye la esperanza.
Camina sigilosa, se desliza entre los vientos, como gotas de rocío al despertar la mañana; nadie escucha sus pasos, nadie advierte sus intenciones, hasta que sus garras desgarran la confianza y dejan cicatrices donde antes florecía el amor.
¡Oh, mentira, camuflaje infame! Plaga que invade, que contamina y devora, que avanza como la luz del mediodía y arrasa con los nombres y las honras, cual guillotina despiadada que cercena las hojas de un árbol sin preguntarle si aún desea vivir.
Naces de la maldad y la soberbia, te alimentas del orgullo y del pecado; habitas en las mentes que disfrutan la ruina y en los corazones que encuentran placer en ver al inocente arrodillado.
Te vistes de seda, de perfumes costosos, de copas cristalinas y corbatas elegantes; danzas entre multitudes sedientas de fama, donde la presunción se corona de laureles y el prestigio vale más que la verdad.
¡Qué hábil eres para cambiar de vestido! Hoy te llaman estrategia, mañana, necesidad; a veces te bautizan con nombres piadosos, como si una sola mentira, por pequeña que parezca, no pudiera engendrar un millón más.
Y así continúas tu marcha peregrina, sepultando reputaciones, destruyendo familias, apagando sonrisas, quebrantando destinos; dejando tras tus pasos un cementerio invisible donde yacen los sueños de quienes confiaron en la palabra que jamás debieron poner en duda.
Te crees invencible, criatura sin conciencia, navegante de mares turbios, como aquellos barcos del siglo dieciséis que se lanzaban al océano en busca de tierras desconocidas, sin saber qué tempestades los aguardaban.
Pero olvidas, insensata, que no existe máscara eterna, ni sombra capaz de sepultar para siempre la luz que se abre paso entre las grietas.
Porque la justicia, con su filo de hacha implacable, termina por levantarse ante tu presencia; corta tus raíces, derriba tus disfraces y desnuda tu rostro ante el mundo, aunque tu veneno haya corroído las paredes de tantas conciencias.
Y cuando caigan tus últimos ropajes, cuando ya no tengas dónde esconderte, comprenderás que el poder de tus engaños jamás fue tan grande como imaginabas.
Pues la verdad puede caminar descalza, sin joyas, sin aplausos y sin honores, pero lleva en el pecho una fuerza invencible que no necesita máscaras para sostenerse ante los hombres.
Porque la mentira podrá conquistar palacios, comprar silencios y fabricar reputaciones; podrá reinar por un tiempo entre los soberbios y vestirse de virtud ante las multitudes…
Pero nunca será eterna.
Y cuando la verdad abra sus alas, la mentira, despojada de su verde disfraz, será apenas un árbol seco, una sombra vencida por el alba, un triste animal sin refugio que habrá de contemplar su propia ruina en el espejo de sus falsedades.
— Levi Díaz Echeverri