Amarse a si mismo, entender que hay que dejar ir lo que no es correspondido.. duele, si claro!!! Pero eso enseña a crecer y madurar.
Me fui con el mismo amor con el que llegué
Pensamiento
Amarse a si mismo, entender que hay que dejar ir lo que no es correspondido.. duele, si claro!!! Pero eso enseña a crecer y madurar.
Contenido de la publicación
Durante mucho tiempo pensé que cuando alguien se iba de mi vida era porque había dejado de querer. Me costaba entender cómo una persona podía pasar de estar presente, de preocuparse, de buscarte y de compartir tantas cosas contigo, a simplemente desaparecer.
Hasta que me tocó hacerlo a mí.
Y entonces entendí que no siempre nos vamos porque dejamos de sentir. A veces nos vamos precisamente porque sentimos demasiado y porque llega un momento en el que quedarnos empieza a doler más que irnos.
Yo también fui de esas personas que intentaban quedarse hasta el último momento. Que buscaban una explicación antes de aceptar una despedida. Que preferían hablar las cosas, arreglarlas, dar otra oportunidad y creer que todavía había algo que salvar.
Pero también aprendí que no puedes obligar a alguien a valorar tu presencia.
Puedes explicar lo que sientes, puedes decir lo que te duele, puedes intentar comprender sus razones y puedes tener toda la paciencia del mundo. Pero llega un punto en el que seguir insistiendo deja de ser amor y comienza a ser olvidarte de ti misma.
Y cuando llegué a ese punto, decidí irme.
No hice una escena. No quise convertir mi despedida en una guerra. No necesitaba que la otra persona entendiera todo lo que me había hecho sentir, ni quería marcharme dejando palabras llenas de rencor.
Simplemente dejé de insistir.
Dejé de buscar conversaciones que ya no eran recíprocas. Dejé de intentar llamar la atención de alguien que ya no hacía el mismo esfuerzo por tenerme cerca. Dejé de preguntar por qué, cuando en el fondo ya conocía la respuesta.
Y quizá lo más difícil fue aceptar que podía irme todavía queriendo.
Porque uno cree que para cerrar una historia tiene que estar lleno de rabia, decepción o indiferencia. Pero no siempre es así.
A veces te vas con lágrimas en los ojos y amor en el corazón.
Te vas recordando todo lo bonito que viviste, agradeciendo lo que alguna vez significó esa persona para ti y, al mismo tiempo, entendiendo que ya no puedes seguir esperando que vuelva a ser como antes.
Yo no quise borrar lo que sentí.
No quise fingir que nunca me importó.
No quise convertir una historia que alguna vez fue importante para mí en algo que debía odiar solamente porque terminó.
Simplemente entendí que hay personas que llegan a nuestra vida para dejarnos recuerdos, enseñanzas y sentimientos que no desaparecen de un día para otro. Y aunque algunas historias no tengan el final que imaginamos, eso no significa que todo lo vivido haya sido un error.
Por eso me fui en silencio.
No porque no tuviera nada que decir, sino porque ya había dicho demasiado.
No porque dejara de querer, sino porque entendí que querer a alguien también significa respetar cuando ya no existe un lugar para ti.
Y quizá eso es lo que algunas personas no entienden de los buenos corazones: no siempre reclamamos, no siempre hacemos ruido, no siempre buscamos culpables.
A veces simplemente desaparecemos.
Nos alejamos lentamente, dejamos de ocupar espacios donde sentimos que ya no somos bienvenidos y aprendemos a vivir con la ausencia de alguien que todavía extrañamos.
Y lo hacemos sin desearle el mal.
Sin querer que le vaya mal para sentir que nuestra partida tuvo algún sentido.
Nos vamos con el mismo amor con el que llegamos.
Solo que esta vez ese amor también incluye un poco de nosotros mismos.
Porque aprendí que tener un buen corazón no significa permitir que cualquiera lo lastime.
También significa saber cuándo retirarse sin destruir lo que una vez quisiste.
Así que si algún día notas que alguien que te quería mucho simplemente dejó de buscarte, quizá no fue porque dejó de sentir.
Tal vez simplemente llegó a ese momento en el que entendió que ya no podía seguir quedándose donde su presencia parecía importar cada vez menos.
Y decidió irse.
Sin rencor.
Sin venganza.
Sin dejar de querer.
Solo aprendiendo, por fin, a quererse también.
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