Desde muy chico aprendí a estar solo,
no porque no hubiera nadie,
sino porque nadie parecía escuchar
lo que yo escuchaba dentro de mí.
Entonces observé.
Observé los ojos,
los gestos,
las manos,
la forma de caminar,
el silencio después de una palabra.
Aprendí a mirar antes de moverme,
a pensar antes de actuar,
a conocer el siguiente paso
antes de dar el primero.
Y durante mucho tiempo creí
que quizás había algo diferente en mí,
algo que los demás no podían ver.
No sé si era una capacidad,
una forma extraña de pensar,
o simplemente una pregunta
que nunca dejó de crecer.
¿Qué somos
cuando dejamos de mirarnos
como individuos?
¿Qué queda de nosotros
si miro a otro ser vivo
y por un instante intento sentir
lo que siente?
Un animal.
Una persona.
Un árbol.
Una piedra.
Un objeto abandonado.
El mundo entero respirando
sin preguntarse quién es.
Quizás estamos demasiado acostumbrados
a decir “yo”
para darnos cuenta
de cuántas cosas existen dentro de esa palabra.
Porque miro unos ojos
y puedo imaginar el miedo.
Miro una sonrisa
y puedo reconocer la felicidad.
Veo un cuerpo temblar
y sé que algo está doliendo.
No necesito vivir exactamente su vida
para entender que también siente.
Y entonces pienso
que quizás nunca estuvimos tan separados.
Tal vez somos millones de formas
intentando entender la misma existencia,
observando desde distintos lugares
algo que todavía no sabemos nombrar.
A veces hablo solo.
No porque esté vacío,
sino porque necesito escuchar
la voz que llevo adentro.
Me pierdo en ella.
Me hago preguntas,
me contradigo,
me respondo,
vuelvo a perderme.
Y después entiendo algo:
quizás perderse
también es una manera de encontrarse.
Tengo dieciocho años
y mi cabeza todavía no sabe descansar.
Quiere conocer,
observar,
entender,
ir más allá de lo que ya conoce.
Y quizás nunca encuentre una respuesta.
Pero ya no me preocupa tanto.
Porque quizás vivir
no sea encontrar finalmente
qué somos.
Quizás sea abrir los ojos
y entender que mientras buscamos,
hay otros buscando también.
Que mientras sufrimos,
alguien más está intentando no sentirse solo.
Que mientras miramos al cielo
preguntándonos qué hay más allá,
hay otro ser mirando hacia arriba
con la misma pregunta.
Y si alguna vez vuelvo a sentirme perdido,
voy a recordar:
no estoy separado del mundo
por estar solo.
Estoy dentro de él.
Y quizás,
en algún lugar desconocido
más allá de nosotros,
todos estamos aprendiendo
a mirar con los mismos ojos.