Por Levi Díaz Echeverri
La mañana hoy no brilla, ya no parece luz; el amanecer se viste de cansancio y el cielo ha perdido su virtud.
Los ojos, abiertos al mundo, ya no encuentran motivos para asombrarse; contemplan el desfile de las horas sin siquiera tener fuerzas para emocionarse.
Y es extraño… la noche pareció más brillante, aunque no hubo sueños que abrazar; pero, al menos, en su oscura compañía, había una verdad que no se podía disfrazar.
El presente, inexistente, repite sus ecos en la habitación del tiempo, mientras el futuro, casi predecible, se aproxima sin sorpresa, sin aliento.
Los pájaros han enmudecido; temen que sus cantos los delaten. Hasta la libertad parece esconder las alas cuando las sombras deciden que nadie las enfrente.
Y el sol… el sol ha ocultado su rostro, avergonzado de alumbrar tanta crueldad; como si sus rayos, cansados de dar vida, no soportaran contemplar la vergüenza de la humanidad.
Porque hay una oscuridad que no habita en las noches, ni necesita de la ausencia de claridad; se instala en las almas que han olvidado que el otro también merece dignidad.
Y hay un hielo sórdido, una escarcha que se hace llamar sangre, que recorre los cuerpos sin calor ni compasión, congelando los abrazos, silenciando las voces y asesinando lentamente al corazón.
¡Qué triste despertar cuando la aurora ya no anuncia esperanza, cuando la luz se avergüenza de alumbrar y hasta el silencio pierde la confianza!
Quizá mañana vuelva a brillar el día, quizá los pájaros se atrevan a cantar; quizá el sol, cansado de tanta vergüenza, decida nuevamente su rostro levantar.
Pero mientras la humanidad no despierte, mientras la conciencia se niegue a florecer, habrá mañanas que parezcan noches y habrá ojos abiertos que ya no tengan nada nuevo que ver.
Porque la noche más oscura no es la que apaga las estrellas, sino aquella en la que el ser humano extingue la luz que todavía habita en su interior.
— Por Levi Díaz Echeverri