La veía en la cama,
con el teléfono como único mundo,
la cama deshecha como su día,
un plato de arroz con salchichas,
frío,
olvidado.
La casa sucia,
la lavadora ahogándose de ropa,
y mi hermanita,
mejilla contra la ventana,
hablando sola con el vidrio, e inventando conversaciones para no sentirse sola.
Yo llegaba del colegio,
pequeño,
sin entender nada.
Mi mamá se paraba,
con ojeras de noches sin fondo,
ojos hinchados de llorar a escondidas,
pálida,
como si la vida se le hubiera ido por un momento.
Días sin una palabra suya,
yo pensaba que estaba enojada conmigo,
pero me daba más miedo lo otro:
que no tuviera nada para decirme.
Que se le hubieran acabado las palabras.
No sé cuánto tiempo fue así.
El tiempo no se mide en días cuando eres niño,
se mide en platos fríos.
Hasta que un día llegué
y allí estaba mi abuela,
con ella en brazos,
meciéndola como a una niña,
como si por fin alguien
le diera al mundo
el gramo de empatía que el mundo le había negado.