La vi sentada
mientras el almuerzo aún me sabía a viaje,
llegaba de Lima con el estómago vacío
y el corazón ya empezaba a llenarse de ella.
Hablaba con su mamá.
Yo no recuerdo cómo entré en esa conversación;
solo sé que su mamá nos midió con la misma mirada
y yo le devolví un “lo siento” silencioso,
culpable de un nombre que todavía no conocía.
Desde ese instante
me volví loco por ella.
Lo negué hasta pisar Lima una semana despu
pero el flechazo ya había atravesado todo.
Aprendí de su voz, de sus silencios, de la forma
en que el mundo se detenía cuando me miraba.
Cada vez que nuestros ojos se encontraban
sentía que iba a arder.
El alcohol se hizo compañero de aquellas noches
estrelladas, interminables, sagradas.
Noches que aún guardo como si pudieran repetirse.
Ahora es febrero del 2026
y no sé cómo se vive después de ti.
Me cuesta imaginar
que nunca más vuelva a verte,
que ese fuego se haya quedado
solo en la memoria
de un muchacho que llegó con hambre
y se fue con el alma en llamas.