Hoy veo lo caro que me costó no haberme ido antes.
En ese momento pensaba que quedarme era tener paciencia. Que aguantar un poco más significaba que todavía había algo por salvar. Que quizá, si esperaba lo suficiente, las cosas finalmente cambiarían.
Y mientras esperaba, me fui acostumbrando a cosas que antes jamás habría aceptado.
A silencios que dolían.
A explicaciones que nunca llegaban.
A sentir que tenía que pedir lo que debería haber nacido de la otra persona.
Lo difícil de mirar atrás no es solamente recordar lo que alguien me hizo.
Es reconocer todas las veces que yo misma sabía que algo no estaba bien y aun así decidí quedarme.
Hoy entiendo que irme antes no habría significado que no quería lo suficiente.
Quizá habría significado que también sabía quererme a mí.
Y aunque no puedo cambiar el tiempo que me quedé, sí puedo aprender algo de él:
la próxima vez que tenga que elegir entre perder a alguien o perderme a mí, espero tener el valor de elegirme antes.