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Lágrima de hambre.

Soy consciente de la fuerza que uso para arrastrar mis monstruosos pies por esta ciudad sucia de huesos, pero ya no miro el camino de sangre...

Lieri_
Pensamiento

Pensamiento

Flemancoholica

Esta parte trae a mi mente ese truculento momento en el que finalmente confiesas un acto que al recordarlo te llena de placer, un placer que finalmente se convierte en culpa, una culpa que no es un lastre, solo el resultado de haber sentido algo tan marav

Esta parte trae a mi mente ese truculento momento en el que finalmente confiesas un acto que al recordarlo te llena de placer, un placer que finalmente se convierte en culpa, una culpa que no es un lastre, solo el resultado de haber sentido algo tan maravilloso pero efímero.

<<Y sin pensarlo, querido oyente de la única antena que permito funcionar, caí. Mordí sin manía la carne sabrosa de la manzana prohibida y bebí con esmero las aguas doradas que de mi boca rebalsaban>>

Contenido de la publicación

Soy consciente de la fuerza que uso para arrastrar mis monstruosos pies por esta ciudad sucia de huesos, pero ya no miro el camino de sangre que de ellos desprende. La oscuridad pinta un vacío en el que solo ellos pueden atravesar, como si fuera una gran nebulosa por cada habitación en este laberinto al que llamo, desde hace trece años, hogar. El techo, una vieja víctima de mis pensamientos, se aleja por cada noche que pasa en esta pocilga, envidiando, quizás, al cielo por sus ataduras a mi mar. Las paredes de mi casa se desnudaron el día que el sol murió, impidiéndome ver, por demás, esas fotografías de payasitos ganadores que me esfuerzo en recordar.

Aunque a veces me guste fantasear dentro de sus pasadizos, vagando y contando historias sobre campeones y hazañas inimaginables, las ventanas de mi casa opacaron la mística salida a un mundo que, por malos tragos y decisiones, nunca me atreví a conocer. Escondido como un gusano en la tierra, escarbando hasta la última gota de mi yo, desaparecí sin asco, sin amores, solo y como un vagabundo para volver a un mundo más cálido. Más bohemio. Un lugar que me atienda como una dulce madre a sus hijos aunque eso implicara la desnudez más pura de un alma atormentada y, asimismo, la fragilidad por el crudo viento que en ella azotaría; un lugar que me entienda como quien podría reconocer a una persona con solo tocar sus facciones, marcadas, hundidas o impolutas; un lugar donde se me sea legal ser libre, si es que ya no lo era antes por huir; un lugar como mi hogar.

Llegué sin parafrasear, desperté adentro suyo y me entregué sin disimulo. Corrí por el corazón para terminar deslizándome por sus miles de venas humanas, enamorándome de su estructura casi perfecta. Por donde iba, sin importar el camino, besaba con verdadera pasión todas sus esquinas y sentía que, de alguna forma interestelar, me respondía. Me acostaba en sus escaleras y, sin miedo a perder el equilibrio, lloraba como solo un hombre se le permite hacerlo: con la frente en Dios y en el puño una astilla.

Acostumbrado, en esos tiempos, a dormir para olvidar, me obligué a soñar despierto, apoyado en sus columnas, para amarla por todo lo que me llevaría la vida.

Y sin pensarlo, querido oyente de la única antena que he permito funcionar, caí. Mordí sin manía la carne sabrosa de la manzana prohibida y bebí con esmero las aguas doradas que de mi boca rebalsaban. Finalicé tal acto limpiando mis labios en la manga de una camisa y me sentencié prisionero de un crimen que no era mío, pero ahí estaban, mis pies, dejando huellas por doquier.

El cuerpo me pesa ya, como si llevara consigo cadenas pesada en sus costados, provoca un sensual caminar que me hace tropezar. Hace rato que no me levanto de acá. El suelo sucio de huesos y pelos negros invitan a disfrutar de un silencio seco, nada goloso:

¿Habré llegado a un cementerio?

¿Me habré convertido en un eterno número que perdió su gracia?

¿Para dónde se fueron los reflectores?

¿A dónde se fue Dios?

Como olas sin freno, me dejo llevar por huéspedes que cargan mi cuerpo, huéspedes pequeños de muchos ojos y caparazones blindados, sin saber qué camino tomar. Eso me hace pensar en lo poco que conocen y en lo tontos que son por no querer desprenderse de la única baldosa que conocían, pero también me deja un pequeño malestar bucal, como si en una de las muelas sanas que me queda se almacenara el pudor ¿a qué? Quema. La muela me pica, me clava como una copa rota en el costado de un borracho, me llama. El dolor se intensifica y mato a mis nuevos pies, dejando a la mitad la oportunidad no mía, sino suya, de experimentar un día distinto al anterior en esta celda.

Escupo sangría, como un árbol quebrado y chillo como un bebé solitario, deseando, por primera vez consciente, a alguien. Cerrarán las puertas de este infierno y es posible que me quiera ir, quizás. La muela es la mala, herida de tiempo, me llamaba y yo, de una manera interestelar, le respondía. A veces me acuerdo de mis muelas, dejándolas enterradas bajo una piedra o dos, pero ese diente merecía más.

Me lo pedía.

La sostuve entre mis cortadas manos para que, con una uña afilada, purificarla de las ostras amarillas que mi pequeña muestra de ser había formado. Ya lista la anudé con un mechón de cabello. Esa muela mala sería, de ahora en más, mi recordatorio de vida. Una vida pasada ya pasada a la que ya venía siendo hora de dejar pasar. Soltarse mientras aún la mantenía prisionera de mi ser. Su ser.

Clavé mis finos dedos en los ladrillos de estos muros, el primer paso siempre se recomienda que sea un paso delante del que se plantea la idea. Mis rodillas eran un abismo de eternas curvas transitadas, pero tenía que exigirles más, un poco más.

Siento como la sangre navega nuevamente por mi cuerpo haciéndome sentir fuerte, un poco más que en los primeros días. Una sensación de pesadez irradia mi columna vertebral, intento ser dueño de los movimientos de mi cuello, pero ya se había conformado con mirar el suelo. La lengua seca me pide a llantos un alivio, pero sé que un río me espera tras la salida a la que podré saltar y flotar, como una hoja recién separada de su planta, y divagar por el horizonte hasta encontrarla de nuevo.

Mis pasos se volvían más dinámicos, acelerados; unas alas blancas desgarraron mi piel atravesando mis tobillos para hacerme volar bajo el límite de ese cielo que, por trece años, había sido testigo de mis despechos. Mis brazos se tornaron fuertes piernas mutables de caballos, ayudándome a traspasar los callejones sin salida, dándome la confianza para defenderme y mi mente, cada vez más plena, se abría a una conversación con un ave que desde afuera me cantaba serenatas de aliento constante.

Mi mapa llamado piel me guiaba en mi propio hogar en el que, por primera vez, decidí escapar. Ella lloraba mi huida, sus venas se entrecortaban mas ya era hora de que me soñara sin esperar volverme a ver al despertar.

En mi camino me topé con una vida verde. Trece años y recién me la presentaba. Mis manos borraron cualquier rastro de mal y decidí ayudarla, pausando mi salida hacia allá.

Buscando diluvio para sanar a mi nueva amiga, me encontré con un espejo, pero lo sorprendente es que allí mismo, en ese artefacto retro de metro y medio colgado en un muro, había un hombrecito gris.

Intenté comunicarme con palabras, deseaba poder reunir a más vidas para conocer lo que era esa libertad, pero no hacía más que mirarme triste, como si el sujeto también estuviese buscando algo. Por esa razón pido a cualquier hombre fuerte y valiente que se atreva a sacarlo, que me ha pedido auxilio ¡No se olvide de un abrigo, que con el sombrero mojado debe de padecer noches heladas!

Y Quizá porque no sea un hombre, es que tú estás aquí en mi lecho.

Lieri.

Thoughts

  • Ovid

    La muela atada con un mechón de pelo como recordatorio de vida es lo más raro y lo más tierno de todo el texto. Apuesto a que el hombrecito gris del espejo va a volver a aparecer si sigues escribiendo con esta voz. Me gustó que la casa llore cuando él por fin se va, como si el encierro también lo quisiera. Gracias por traerlo a Seavien :)

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  • Flemancoholica

    Esta parte trae a mi mente ese truculento momento en el que finalmente confiesas un acto que al recordarlo te llena de placer, un placer que finalmente se convierte en culpa, una culpa que no es un lastre, solo el resultado de haber sentido algo tan maravilloso pero efímero.

    <<Y sin pensarlo, querido oyente de la única antena que permito funcionar, caí. Mordí sin manía la carne sabrosa de la manzana prohibida y bebí con esmero las aguas doradas que de mi boca rebalsaban>>

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