Te empiezo a sentir tan desesperada.
Como si todo fuera cayendo en picada.
Rápidamente, sin lugar a descanso o queja.
Un huracán que se acerca devastando todo a su paso.
Tengo miedo.
No es aquel que te hace sentir que el corazón quiere escapar del pecho rompiendolo. Desgarrandolo sin cuidado .
Es uno frío, casi imperceptible. Uno que te paraliza sin darte cuenta, como el veneno de una araña que no lograste prevenir.
Estamos llegando al final.
Porque no te moverás más si te dejas volver una estatua.
De piedra, congelada en el tiempo, en una sola pose. Aquella en la cual querias extender la mano a algo más, al futuro. Pero también de la que no pudiste dar ni un paso.
Lo único que se mueve aún, son las lagrimas que caen lentamente de tus ojos.
Gruesas, pesadas lagrimas que se toman parte de la eternidad en dignarse a formarse, y que luego caen dejando un rastro por tu rostro.
Se secan rápido, pero, aunque parezcan no verse, ahí siempre estan. Cayendo silenciosamente.
Y todo se siente tan frío, incluso cuando hay calor.
El hielo cristalino parece rozar tu piel, buscando apaciguar el torbellino de emociones. Aún así, sostener tan fuerte solo logra quemar.
Quema tu piel de piedra.
Finje que no le ocurre nada, aunque las lagrimas salgan con más fuerza por el dolor, y la pose la hayas perdido para envolverte a llorar.
Ya no eres de piedra.
Eres un suave corazón sangrante.
Uno que palpita en busca de ayuda, pero que solo estalla en lágrimas.
Apágate.
De todas formas no harás más.
Tendido en el piso, mirando a la nada, o distrayendote con lo que hay alrededor.
Tomas la forma de un inocente ciervo que no entiende nada de lo que pasa.
Solo para intentar que la ignorancia cese el llanto.
Te amo tanto.
Ojalá pudiera creermelo.
Finje un poco más.
Aún sabiendo que nadie te crea que seas de piedra. Porque ya has perdido tu encanto.