Estar solo y poblarse de espíritus
al abrir el cuaderno en blanco.
El blanco del renglón es un reto
que acepto con actitud solemne:
el sagrado acto de escribir,
el despliegue del Ser que se apodera de la acción,
la puerta abierta a la revelación.
Aparecer reflejado sin muros donde ocultarse,
sin disfraces que excusen:
vía directa del alma hacia afuera.
El renglón repleto de lo que eres,
sin censura ni artificio.
Depende de si dejas que el alma te posea,
de si guardas el brillo de una estrella danzarina
en la vastedad de tu espacio más secreto;
de si esa luz inusual es tan poderosa
que sirve como fulgor primordial.
Escribir es la ausencia de límites,
la inmortalidad que transforma la acción en hazaña:
el escritor morirá,
pero su alma permanecerá intacta
sobre las páginas que se negaron a claudicar.
Depende de si tienes fuerza para horadar el mar
y construir con ladrillos de niebla;
de si puedes continuar sin sangre en el cuerpo
y resistir el choque entre tu mundo interior y el afuera,
con el corazón roto pero impune.
Hacer de cada letra pulsada un tesoro,
buscar el silencio ruidoso de la comunión con el blanco.
Lo puro del blanco es su ausencia de color,
la gran puerta abierta hacia nosotros mismos
para vernos, elevarnos, enterrarnos vivos
o simplemente soportarnos.
Método de distracción sagrado,
ocupación primera y única del escritor
que no sabe hacer otra cosa con sus horas
que dejar que el alma lo posea
mientras el cuerpo muere de todas las hambres.
El renglón es recipiente del alma;
el corazón, aunque sufra, nada puede contra esa tiranía.
Escribir es ignorar la velocidad demandante de la realidad,
decirte lo que nadie más dirá.
Es el vértigo de caminar en la oscuridad
con los ojos tapados y las manos amarradas;
una pirueta sobre la nada
buscando dónde apoyar las patas del ave:
nuestra imprudencia, nuestra insistencia,
nuestro anhelo de libertad suprema.
Escribir es el desvarío
al que recurro para sentirme dueño de algo,
creando un algo mío.
Mío.