En 1950, encontré una flor que hablaba. Con una voz suave, me contó cómo había llegado a aquel jardín secreto, un rincón oculto del mundo repleto de especies extrañas que no se parecían en nada a ella. Ella era única, tan asombrosamente única, que a menudo se miraba al reflejo del rocío, sorprendida de existir en ese lugar lejano.
Un día, un gran pájaro azul, de plumaje brillante como el cielo de verano, descendió del viento. Él, que viajaba por los confines de la tierra y conocía cada bosque y montaña, le preguntó con genuina curiosidad por qué era la única de su especie; en todos sus viajes, jamás había visto otra igual. El ave no se había detenido allí por azar; descendió del cielo porque la esencia de la flor, un aroma místico y cautivador, lo había atrapado por completo en pleno vuelo.