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LA VIDA ES UN DEBER

Franfauchile
Pensamiento

Pensamiento

Kari96

Que en el pasillo esté la foto del muelle de Niebla con el pañuelo volando, y no la de los últimos días, me dejó quieta. Esa es la Elena que él quiere ver.

Que en el pasillo esté la foto del muelle de Niebla con el pañuelo volando, y no la de los últimos días, me dejó quieta. Esa es la Elena que él quiere ver.

Contenido de la publicación

Capitulo 2

Los primeros tres meses de retiro no fueron una pausa; fueron un naufragio en cámara lenta.

Fernando descubrió muy pronto que la libertad sin horario es un terreno traicionero. Las dos primeras semanas intentó tratarlas como unas vacaciones largas: pintó el cerco de madera del antejardín, le echó tres gotas de aceite a la bisagra de la reja para que dejara de chillar, limpió las canaletas del techo y reordenó las herramientas de la bodega por tamaño y frecuencia de uso. Pero para la tercera semana, la casa ya no tenía más averías que reparar.

A las seis de la mañana, su cuerpo —entrenado por casi cuarenta años de rutina incólume— lo despertaba sin piedad. Se quedaba tendido en la cama, mirando el cielo raso en la penumbra, escuchando el silbato lejano de la planta que llamaba al primer turno. Un reflejo automático lo impulsaba a sentarse en el borde del colchón, pero antes de calzarse las pantuflas, la realidad caía sobre él con el peso de una losa: ya no había planilla que firmar ni máquina que calibrar.

El pueblo del sur tenía su propio ritmo, una inercia pausada que a Fernando le resultaba desesperante.

Por las mañanas caminaba hasta la plaza para comprar el diario. En el trayecto cruzaba miradas con otros jubilados que se sentaban en los escaños de madera, cubiertos con mantas sobre las piernas, viendo pasar las micros o alimentando a las palomas con trozos de pan duro. Para la gente del pueblo, eso era lo "normal", lo merecido tras una vida de trabajo. Para Fernando, era una antesala intolerable.

—Te ves descansado, papá —le dijo su hijo mayor, Andrés, durante un almuerzo dominical en la casa. Había venido desde Valdivia con su esposa y la niña.

—Estoy bien, hijo. Tranquilo —respondió Fernando, sirviéndole ensalada.

—Tienes que aprovechar de no hacer nada, Fer —agregó su nuera con una sonrisa llena de buena intención—. Bastante que te sacaste la mugre en la fábrica. Ahora te toca disfrutar, mirar tele, no estresarte.

Fernando asintió en silencio y tomó un sorbo de agua. No quería discutir, pero por dentro sentía una punzada de rabia sorda. Le molestaba esa mirada piadosa, esa etiqueta invisible que la gente le ponía a los hombres de su edad, como si a los sesenta y cuatro años la única meta aceptable fuera convertirse en un adorno de la sala de estar, alguien a quien se le habla más despacio y con frases condescendientes.

Elena le hacía una falta enorme en esos momentos. Cuando ella estaba viva, la casa tenía vida: las conversaciones en la cocina, los comentarios sobre el día, las compras del supermercado hechas de a dos. Sin ella, y sin la planta, la casa era un eco grande donde sus propios pasos sonaban demasiado fuertes.

Esa noche el hervidor saltó con su chasquido de siempre. Fernando se sirvió el té amargo en la taza de loza despostillada y se sentó a la mesa de hule. Frente a él esperaba el crucigrama del diario, a medio resolver, pero no tomó el lápiz.

Por la puerta abierta de la cocina se alcanzaba a ver el retrato de Elena en el pasillo, con su marco de plata opaca. No era la sonrisa de los últimos días en el hospital, arrugada por la morfina y la flacura, sino la foto que se tomaron en el muelle de Niebla hace treinta años, con el viento volándole el pañuelo florido.

Fernando apretó los nudillos sobre el mantel hasta que la piel se le puso blanca. Pasó la mano por el lugar donde ella solía dejar la costura. Recordó la discusión con su hijo Andrés la semana anterior, cuando el muchacho le reprochó por teléfono su rigidez: «Tú crees que con la disciplina te vas a saltar la pena, papá, pero a la mamá también le dolía que fueras un télex para hablar».

—No era un télex, Elena —murmuró Fernando en la cocina helada, y la voz le salió gastada, pequeña, desconocida para él mismo—. Es que, si me aflojo un metro, no me levanto más de esta silla.

Se quedó en silencio, sintiendo el crujido de las tablas del piso por el frío de la noche. Se pasó la palma de la mano por los ojos, limpiándose una humedad rápida y avergonzada, antes de volver a tomar el lápiz y quedarse mirando el crucigrama sin llenar una sola casilla.

Una tarde de jueves, bajo una llovizna fina que apenas lograba mojar el pavimento, Fernando se quedó de pie en la esquina del correo central. Tenía el diario bajo el brazo, con el crucigrama resuelto a la mitad. Miró a su alrededor: las vitrinas de los locales comerciales, la gente apurada cubriéndose con paraguas, el tráfico lento de la calle principal.

Se dio cuenta de que, si se quedaba en ese estado un par de meses más, la inercia del pueblo se lo iba a tragar por completo. Se iría secando de a poco, volviéndose más lento, más silencioso, hasta ser solo otro viejo sentado en la plaza contando historias de la planta manufacturera que a nadie le interesaban.

Volvió a la casa con el paso más firme que de costumbre. Tiró el diario sobre la mesa del comedor, se sacó la chaqueta húmeda y se miró en el espejo del pasillo. Tenía la cara seria, la mandíbula apretada y los ojos bien abiertos.

—Deber —murmuró al espejo, recordando la disciplina de su padre y la suya propia—. Estar vivo es un deber, no una espera.

Esa misma tarde, mientras caminaba de regreso al centro para comprar una ampolleta, vio en la vitrina de la junta de vecinos un papel escrito a mano con plumón azul que empezaba a correrse por la humedad del vidrio.

El letrero de la vitrina no prometía nada extraordinario, pero tenía la virtud de la urgencia:

«Taller de Canto Adulto Mayor. Junta de Vecinos N° 4. martes y jueves, 18:00 hrs. Gratuito. No se requiere experiencia previa. Traer libreta para anotaciones.»

 

Thoughts

  • chela1996

    Chuta, un taller de canto gratis para un señor que según el hijo hablaba como télex. De ley que el martes llega primero que todos, con libreta y todo.

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  • Kari96

    Que en el pasillo esté la foto del muelle de Niebla con el pañuelo volando, y no la de los últimos días, me dejó quieta. Esa es la Elena que él quiere ver.

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