Siento que a la gente le gusta ignorarme, pisotearme y, sobre todo, dejarme de lado. Y lo que más me duele es que no logro entender por qué. Siempre trato de ser una buena persona, de actuar con respeto, de escuchar cuando alguien necesita hablar y de hacer todo lo posible para que nadie se sienta excluido. Sin embargo, muchas veces termino siendo yo quien queda al margen.
Es una sensación difícil de explicar. Ver cómo los demás forman parte de conversaciones, planes o momentos compartidos mientras uno permanece en silencio, esperando una señal de que también pertenece ahí. A veces me pregunto qué estoy haciendo mal, qué me falta o qué debería cambiar para que las personas me valoren de la misma manera en que yo las valoro a ellas.
Lo más triste es que no se trata de querer ser el centro de atención. Solo quisiera sentir que mi presencia importa, que mis palabras tienen un lugar y que mi compañía es apreciada. Porque cuando uno da cariño, comprensión y empatía de manera sincera, espera encontrar al menos un poco de lo mismo a cambio.
Hay días en los que el peso de sentirse ignorado se vuelve más grande que cualquier explicación. Días en los que duele pensar que, aunque intento incluir a todos, pocas veces alguien piensa en incluirme a mí. Y aun así, sigo creyendo en la importancia de ser amable, porque no quiero convertirme en aquello que tanto me ha lastimado.
Quizás algún día encuentre personas que valoren la lealtad, la sensibilidad y el esfuerzo que pongo en los demás. Personas que entiendan que detrás de una sonrisa también puede haber alguien que solo desea sentirse visto, escuchado y apreciado. Mientras tanto, sigo intentando ser fiel a quien soy, aunque a veces duela sentir que doy mucho más de lo que recibo.