Camino por el desierto de los rostros,
sombras líquidas que murmuran mentiras suaves,
me besan con veneno disfrazado de consuelo,
y se marchan...
dejando mi alma desnuda bajo luces rotas.
El reloj se derrite en mis manos,
el tiempo se ríe de mi fe oxidada.
Mis pensamientos son serpientes
que se enroscan en el corazón
sus lenguas saben a verdad y a locura.
La soledad me observa desde el espejo,
me pregunta si aún creo en el amor,
yo le respondo con silencio,
porque las palabras ya no significan nada.
Hay fuego detrás de mis ojos,
pero nadie quiere verlo arder.
Solo se acercan para robar el calor
y marcharse antes de que amanezca.
El mundo es un teatro sin público,
y yo, un actor que olvida su guion.
La luna se burla desde su trono pálido,
y las estrellas son agujeros en la mente de Dios.
Me hundo más cada noche,
en este mar de humo y sueños fracturados,
donde las voces me llaman por nombres que no recuerdo,
y el eco responde:
“Ya no queda nadie, solo tú y tu reflejo.”