¿Y qué tan sola me siento?
¿Qué tan vacía estoy?
Es extraño pensar que, después de haber estado rodeada de tantas personas, terminé aquí.
Terminé justo en aquello que más miedo me daba: la soledad.
Pero es curioso…
ya no le tengo miedo.
Ahora le tengo miedo al mundo.
Me dan miedo las personas.
Porque fueron ellas quienes hicieron que empezara a querer aquello a lo que antes le temía.
Ellas hicieron que la soledad dejara de parecerme un monstruo
y comenzara a parecerme un refugio.
Qué ironía…
Aquello que tanto miedo me daba nunca me lastimó.
Nunca me prometió quedarse para después marcharse.
Nunca me hizo sentir que no era suficiente.
Nunca me rompió el corazón.
Quizás por eso ahora prefiero mi silencio.
Porque mi silencio no me abandona.
Mis cuatro paredes no me juzgan.
Mis lágrimas no me traicionan.
Y aunque aquí dentro me siento vacía,
afuera me siento perdida.
Tal vez no es que haya dejado de necesitar a las personas…
tal vez simplemente olvidé cómo confiar en ellas.
Y qué triste es llegar a un lugar donde estar sola ya no da miedo,
porque aprendiste que a veces
la compañía puede doler mucho más que la soledad.