Hoy quiero hablarte de la soledad; son mis reflexiones, mis vivencias. Luego, querida Dei, puedes comprobar con otra opinión más objetiva; por el momento te cuento esta experiencia: la soledad conlleva un profundo dolor y un hondo gozo, placer incluso; esto creo que es personal, no es algo que se aplique a la humanidad en general. Te explico.
Sufro mi soledad porque cuando tengo en mi interior mucha alegría, un cansancio físico/mental, sufrimiento, tristeza, un asombroso descubrimiento, bueno, en fin, experiencias... estas, son solo mías, por más que quiera compartirlas con la palabra, con el arte o con las obras, no puedo hacer que la otra persona viva mi vida, creo que entiendes lo que quiero decir... Tú sí que puedes entenderme, Dei.
Allí me quedo sola...
Pero... por otro lado, disfruto que sea así. ¡Qué paradójico, verdad? Somos creyentes; lo eres, lo soy. Por eso se vive distinto, pero aún si no lo fuera, igual la disfrutaría. Es la conciencia de una soledad habitada, de una comunión profunda, eso que los no creyentes llaman: "ser parte de un todo". Esto lo he descubierto cultivando la vida contemplativa, la vida interior: aunque nadie me vea, aunque obre para nada ni nadie, optar por el bien, por el amor, por la alegría me habla de alguien más que sí ve incluso aquello que yo no veo. ¡Pero claro! cuando eso escondido tiene un "para quién" y un "para algo" se acrecienta la certeza, la paz.
Puede que pienses que es un escape, una paz inventada, provocada como un mecanismo de defensa, pero luego miramos alrededor y se confirma esa certeza, pues la vida por todos lados no es creación humana: la humanidad es creada por la Vida. Somos dependientes de la Vida y si por un instante nuestro orgullo nos hace prescindir de ella, dejamos de existir.