En la soledad me encontraba, tan sola como ella,
justo cuando más deseaba estar rodeada de gente.
Ella se burló de mí, susurrándome que sola iba a estar,
que sería mi única compañía, tal como lo fue desde niña.
Me recordó, con frialdad, que todos terminan por irse,
y que por eso, solo ella permanece.
Pensé que ya habíamos hecho las paces,
que su sombra no volvería, que ya no era necesaria.
Creí que solo aparecería en mis insomnios o en las madrugadas,
cuando el sueño se negaba a llegar.
Pero la vi reírse, con la misma ironía de la primera vez,
aquella tarde a los dieciséis, cuando busqué su abrazo porque no tenía a nadie.
No imaginaba que a mis veinticuatro volvería a este vacío.
Qué amarga ironía:
pensé que ella se había marchado para siempre,
y al final, fue la única que se quedó.