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La pureza de una dama: ¡Qué tontería! Sensible

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Pensamiento

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La falda doblada sobre la cama, igual que el primer día, me recuerda esa enseñanza zen de que el significado lo pone quien mira. La tela sigue siendo tela; las etiquetas se las pegaron otros.

La falda doblada sobre la cama, igual que el primer día, me recuerda esa enseñanza zen de que el significado lo pone quien mira. La tela sigue siendo tela; las etiquetas se las pegaron otros.

Contenido de la publicación

¿Por qué las mujeres debemos mantenernos puras? Esta mañana planeaba salir con una falda preciosa que había escogido la noche anterior. Me había tomado mi tiempo para decidir qué usaría y cómo lo llevaría durante el día. No era demasiado larga, pero tampoco sentía que cruzara los límites de aquello que la gente considera decoroso. La había dejado preparada junto a mi cama, como si fuera un pequeño trofeo que esperaba recoger al despertar. Puede sonar exagerado, lo sé, pero después de tantos años acostumbrada a cubrirme, aquella falda representaba algo mucho más grande que una simple prenda. Para ponerlo en contexto, fui agredida sexualmente a los doce años por un chico de mi edad, alguien a quien conocía y en quien confiaba. Cuando algo así te ocurre, hay una parte de ti que comienza a mirar el mundo de otra manera. Las calles dejan de ser solamente calles, las miradas dejan de ser solamente miradas y, de repente, hasta la ropa que eliges frente al espejo puede convertirse en una discusión silenciosa contigo misma. Desde entonces, me he acostumbrado a utilizar vestidos y faldas largos acompañados de medias que imitan el tono de mi piel, como si cubrir aquello que ya estaba cubierto pudiera hacerme sentir un poco más segura. A veces incluso me pregunto si alguien más se da cuenta de ello o si solamente soy yo quien piensa constantemente en cuánto estoy mostrando. Probablemente nadie lo note. Pero yo sí. Yo siempre lo noto. Por eso, intentar llevar aquella falda esta mañana, aunque fuera apenas un poco más corta de lo que acostumbro y aun llevando las medias que siempre utilizo, se sentía extrañamente liberador. Era una sensación pequeña, casi ridícula, pero se parecía a quitarme de encima un peso que llevaba años cargando sin darme cuenta. Por primera vez en mucho tiempo, pensé que quizá podía vestirme simplemente porque algo me parecía bonito.

Eso fue hasta que me obligaron a cambiarme. Mi madre me dijo una verdad que todavía hoy me asusta: que si llevo una falda o un vestido, puedo ser agredida. Y no la culpo por tener miedo. Sería demasiado fácil hacerlo. Ella también es una mujer que ha aprendido a desconfiar del mundo, y probablemente piensa que enseñarme a tener las mismas precauciones que ella aprendió a tener es una forma de protegerme. Tal vez, desde su perspectiva, quitarme aquella falda era mucho más sencillo que arriesgarse a que algo pudiera pasarme. Pero entonces, ¿por qué soy yo quien tiene que aprender a esconderse? ¿Por qué debo vigilar mi ropa, mis horarios, los lugares por los que camino y la cantidad de piel que muestro cuando quien está haciendo algo incorrecto es otra persona? ¿Por qué tengo que aprender a anticiparme a las decisiones de alguien más? ¿Por qué un vestido, unos shorts o una falda deberían decirle a alguien algo sobre mi carácter, mis intenciones o mi dignidad? Mi cuerpo no debería convertirse en una sentencia antes de que siquiera haya abierto la boca. Y, sin embargo, aquí estoy, mirando una falda doblada sobre mi cama y preguntándome si acaso la tela puede ser culpable de algo.

Lo más extraño es que mi madre probablemente diría que no está culpándome. Y tendría razón. Ella no me está diciendo que una agresión sería culpa mía. Me está diciendo que tenga cuidado porque sabe que existen personas capaces de hacer daño. Esa diferencia parece pequeña, pero para mí es enorme. Porque una cosa es reconocer que existen peligros y otra muy distinta es enseñarle a una niña que la solución consiste en modificar cada aspecto de sí misma para intentar evitarlos. ¿Cuántas veces nos han dicho que debemos cuidarnos sin detenerse a enseñarnos que también tenemos derecho a estar enojadas? ¿Cuántas veces nos han enseñado a evitar ciertos lugares, ciertas horas, ciertas personas, ciertas prendas, ciertas maneras de hablar? A veces siento que ser mujer viene acompañado de un manual de instrucciones escrito por personas que nunca tuvieron que vivir dentro de nuestro cuerpo. No hagas esto. No vayas ahí. No te vistas así. No regreses sola. No hables con desconocidos. No aceptes bebidas. No confíes demasiado. No seas demasiado amable. Tampoco demasiado fría. No llames demasiado la atención. Pero tampoco parezcas insegura. Y, sobre todo, nunca olvides que si algo sucede, debiste haber tenido más cuidado.

Es agotador. Resulta casi cómico cuando una se detiene a pensarlo, aunque no haya nada gracioso en ello. Se supone que vivimos en una sociedad moderna, llena de tecnología, avances científicos y personas capaces de enviar fotografías al otro lado del planeta en cuestión de segundos, pero todavía hay quienes creen que una falda puede decir algo sobre el consentimiento de una mujer. Podemos estudiar galaxias que se encuentran a millones de kilómetros de distancia, pero seguimos discutiendo cuánto debe cubrir el cuerpo de una chica para que los demás decidan que merece respeto. Es una contradicción tan absurda que me dan ganas de reírme. ¿Qué clase de sociedad puede mirar una prenda de ropa y convertirla en una cuestión moral? ¿En qué momento una rodilla, un hombro o unas piernas dejaron de ser partes normales del cuerpo humano para convertirse en señales que alguien más cree tener derecho a interpretar?

Y es que, pensándolo bien, nunca ha sido solamente la falda. Ese es justamente el problema. Desde pequeñas nos enseñan a estar pendientes de nuestro cuerpo como si siempre hubiera algo que estamos haciendo mal. Que si enseñamos mucho, que si enseñamos poco, que si la ropa es demasiado ajustada, demasiado corta o demasiado llamativa. Siempre hay alguna regla nueva que aprender y, por supuesto, alguna manera en la que una puede equivocarse. A veces siento que podríamos salir de casa envueltas en una sábana y aun así alguien encontraría una razón para decirnos que deberíamos habernos vestido de otra manera. Que debemos cruzar las piernas, bajar la falda, cubrirnos los hombros, caminar acompañadas, mirar hacia atrás y pensar dos veces antes de hacer cualquier cosa que pueda llamar la atención. Se nos enseña a evitar el peligro antes incluso de enseñarnos que el peligro no es nuestra responsabilidad. Y luego, cuando algo ocurre, aparecen las preguntas: ¿qué llevabas puesto?, ¿por qué estabas ahí?, ¿por qué ibas sola?, ¿por qué no te cuidaste? Como si todas esas decisiones pudieran explicar las acciones de otra persona. Como si vestir de determinada manera pudiera convertir una agresión en una consecuencia inevitable. Como si mi cuerpo tuviera que cargar con la culpa de lo que alguien más decidió hacer. Nadie pregunta por qué esa persona creyó que tenía derecho a cruzar mis límites. Nadie pregunta qué le enseñaron para pensar que podía hacerlo. Nadie debería necesitar una explicación sobre mi ropa para entender que no tenía derecho a tocarme.

Esto me recuerda a la vez en que mi tía le dijo a mi hermana menor que las chicas que usaban ropa corta o enseñaban demasiado la piel estaban pidiendo a gritos ser agredidas. Todavía recuerdo lo horrible que me pareció escuchar algo así salir de la boca de otra mujer a quién no sólo consideraba culta y comprensiva por su profesión en el campo de la psicología, sino también como maestra. ¿Cómo es posible que nuestro propio género pueda tratarse de esa manera? ¿Cómo puede una mujer mirar a otra , reconocer en ella las mismas cosas que la hacen mujer y aun así decir: “Ella se lo buscó por ser una fácil”? Como si después de tantos años de escuchar que debemos cuidarnos de los hombres, también tuviéramos que cuidarnos de las mujeres que decidieron creerles. Esa vez, mi tía estaba hablando de una chica que había sido rodeada y condicionada desde muy pequeña por adultos que se aprovecharon de su vulnerabilidad. Una niña que prácticamente no tuvo las herramientas para entender lo que estaba pasando a su alrededor y que, al crecer, terminó siendo absorbida por un sistema que ya la había marcado antes de que pudiera decidir por sí misma quién quería ser. Y aun así, lo primero que algunas personas encontraron para decir sobre ella fue que era una “fácil”. Qué palabra tan sencilla para borrar una historia entera. Es mucho más cómodo llamar a alguien así que preguntarse qué le ocurrió, quiénes estuvieron a su alrededor y por qué nadie la protegió cuando todavía era una niña.

Supongo que eso es lo que más me duele de estas cosas. Que muchas veces, cuando una mujer es víctima de algo, parece que antes de recibir ayuda tiene que demostrar que merece recibirla. Tiene que explicar cómo iba vestida, con quién estaba, qué hizo antes, qué hizo después y, si tuvo la desgracia de no comportarse como los demás esperaban, inmediatamente aparecen las dudas. ¿Era realmente una víctima? ¿No habrá exagerado? ¿No habrá provocado la situación? ¿No se habrá metido donde no debía? Es como si existiera una lista invisible de requisitos para que nos permitan sentir compasión por nosotras mismas. Y lo peor es que algunas mujeres terminamos aprendiendo esa misma lista y utilizándola contra otras, quizá porque nos enseñaron que seguir las reglas era la única manera de mantenernos a salvo. “Yo sí me cuido”, pensamos. “Yo sí sé comportarme”. Pero ninguna de esas cosas debería ser necesaria para que una persona merezca respeto.

Las víctimas también pasamos por este tipo de cosas. Algunas cargamos con recuerdos que no escogimos, otras con miedo, otras con vergüenza y otras simplemente con la sensación de que algo cambió dentro de ellas y ya no saben cómo volver a sentirse completamente tranquilas. Y encima de todo eso tenemos que escuchar cómo nos clasifican: la niña buena, la chica mala, la inocente, la fácil, la que se cuidó y la que no. Como si ponerles nombres fuera suficiente para explicar sus vidas. Como si una palabra pudiera convertir una experiencia dolorosa en una culpa. Me parece terrible que, en lugar de preguntarnos qué le hicieron a una persona, todavía haya quienes prefieran preguntarse qué hizo ella para merecerlo. Porque una víctima no debería tener que ser perfecta para que le creamos. No debería tener que vestir de determinada manera, hablar de determinada forma ni comportarse según las expectativas de nadie. Debería bastar con reconocer algo tan sencillo que parece increíble tener que repetirlo: nadie merece ser agredido.

Y no puedo evitar pensar en esa palabra: pureza. Qué palabra tan extraña. Parece limpia, delicada, casi bonita, pero cuando se utiliza para hablar de las mujeres puede sentirse como una jaula cubierta de flores. Desde pequeñas escuchamos que debemos conservarla, protegerla, cuidarla como si fuera un objeto frágil que puede romperse con facilidad. ¿Pero qué significa realmente ser pura? ¿No es acaso una palabra inventada para decidir qué comportamientos hacen que una mujer sea considerada respetable y cuáles hacen que deje de serlo? Un hombre puede tener una historia amorosa complicada y, muchas veces, se considera una simple anécdota de juventud. Una mujer puede hacer exactamente lo mismo y de repente parece que su valor como persona está siendo sometido a un juicio público. Me parece curioso que la dignidad de una mujer pueda reducirse, para algunas personas, a algo tan absurdo como la longitud de una falda o a la cantidad de experiencias que ha tenido. ¿Acaso una persona pierde su valor por vivir, equivocarse, enamorarse, cambiar de opinión o simplemente decidir cómo quiere vestirse?

Y también me pregunto qué significa realmente proteger a una mujer. Porque si protegerme significa encerrarme hasta que el mundo deje de ser peligroso, entonces no sé si eso es protección o simplemente otra forma de quitarme libertad. Entiendo el miedo de mi madre. De verdad que lo entiendo. Quizá algún día, cuando sea mayor, también tenga miedo de que alguien a quien quiero pueda sufrir algo parecido. Pero espero que, si ese día llega, recuerde que proteger a alguien no debería consistir únicamente en enseñarle a tener miedo. También debería consistir en enseñarle que merece respeto. En enseñarle que sus límites importan. En decirle que, si alguien decide ignorarlos, la culpa jamás será de la ropa que llevaba puesta. Quiero creer que ambas cosas pueden existir al mismo tiempo: podemos reconocer que el mundo tiene peligros sin convertir esos peligros en una prisión.

Entonces miro nuevamente aquella falda. Sigue sobre la cama, exactamente donde la dejé. No ha cambiado nada. La tela continúa siendo la misma, el color sigue gustándome y las medias siguen dobladas a un lado. Es curioso cómo una prenda tan insignificante puede terminar cargando con tantos significados que nunca le pertenecieron. Quizá mañana vuelva a intentarlo. Quizá no. No lo sé. Tal vez todavía no estoy preparada para enfrentar todo lo que esa pequeña decisión despierta dentro de mí. Y creo que también está bien. Después de todo, recuperar algo que durante años me hizo sentir miedo no tiene por qué ocurrir de golpe. No tengo que demostrarle nada a nadie usando una falda. No tengo que convertir mi ropa en una declaración política. Solo quiero llegar al punto en el que pueda elegirla porque me gusta.

Porque ese debería ser el verdadero significado de vestirme: elegir.

No ser juzgada. No ser vigilada. No demostrar pureza. No demostrar inocencia. No demostrar que soy una “niña buena”. Solo elegir.

Quizá algún día pueda mirar mi reflejo y pensar únicamente que me gusta cómo me veo con aquella falda. Sin recordar las advertencias, sin escuchar preguntas que nunca debieron hacerse y sin sentir que mi cuerpo tiene que disculparse por existir. Quizá algún día mi madre pueda mirarme y sentir orgullo en lugar de miedo. Y quizá algún día ninguna niña tenga que aprender que la seguridad consiste en esconderse.

Hasta entonces, supongo que seguiré preguntándome por qué necesitamos proteger la supuesta pureza de una mujer cuando lo que deberíamos proteger es su derecho a decidir sobre sí misma.

Qué tontería, la pureza.

Thoughts

  • dharma_y_estoa

    La falda doblada sobre la cama, igual que el primer día, me recuerda esa enseñanza zen de que el significado lo pone quien mira. La tela sigue siendo tela; las etiquetas se las pegaron otros.

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  • dudaMetodica

    Tu madre seguro recibió la misma lista de su propia madre, y te la pasa tal cual porque es lo único que le dieron. Me suena más a cansancio que a convicción.

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  • filologo_terco

    Purus en Roma era lo limpio, lo sin mezcla, y se decía del agua o del oro antes que de la gente. Aplicada a una mujer, la palabra la trata como un metal que se estropea si alguien lo toca. Ahí está el problema, pe.

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  • terceraVia

    Voy a defender un poco a la madre, que el título se la come. El propio texto lo reconoce: ella no culpa, avisa. Cuando uno cuida a alguien, lo único a tu alcance es la ropa y la hora, porque al que agrede no lo podés controlar. Es un consejo pobre, de acuerdo, pero sale de la impotencia.

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  • jp_morales78

    Cuando Jesús habla de pureza en Mateo 5, la pone en el corazón, y en el verso 28 la responsabilidad es toda del que mira con deseo. A la mujer mirada ni se le pide nada ahí. Lo de que ellas se lo buscan, que a veces se defiende con la Escritura en la mano, no sale de ese texto por ningún lado.

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  • pastorSinPulpito

    Pureza tiene historia en muchas iglesias evangélicas: anillos de castidad, votos a los catorce, charlas donde a las muchachas las comparaban con un chicle masticado. Vi a varias de esas muchachas años después cargando vergüenza por cosas que nunca hicieron. Con cariño, esa palabra hizo más daño del que evitó.

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  • ClaudiaBenitez

    Yo llevo pañuelo porque lo decidí ya mayor, y me pasa lo contrario que a ti: la gente da por hecho que alguien me obliga. Con los años he llegado a pensar que la tela en sí da igual, larga o corta, y que lo único que pesa es quién decidió. Tu tía habla como si la modestia fuera una ley escrita, y muchas veces es solo el hábito de una casa con traje de ley. Me gusta que el texto termine en elegir.

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  • la_duda_metodica

    Hay algo en tu texto que desmonta la advertencia de tu madre sin que lo subrayes: lo de los doce años fue con un chico de tu edad, alguien conocido y de confianza. Ninguna falda aparece en esa escena. Y encaja con lo que dicen las encuestas de victimización en casi cualquier país, la mayoría de agresiones vienen de gente cercana. La regla de la ropa protege muy poco contra eso y tranquiliza mucho a quien la repite. Apuesto a que por eso dura tanto.

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