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LA PLAZA DE LA NIÑEZ

taina
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Hay lugares que desaparecen del mapa,

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Pensamiento

Pensamiento

Amaranta

¿Y vos encontraste esa plaza dentro? Porque yo tengo una también y no sé bien si la cargué conmigo o si la dejé en algún lado.

¿Y vos encontraste esa plaza dentro? Porque yo tengo una también y no sé bien si la cargué conmigo o si la dejé en algún lado.

Contenido de la publicación

Hay lugares que desaparecen del mapa,

pero nunca de la memoria.

Había una plaza.

O quizás debería decir que había un mundo entero escondido detrás de unos árboles, porque así se sentía cuando éramos chicos.

No necesitábamos demasiado.

Unos juegos, un poco de sol, alguien con quien correr y una tarde que pareciera no tener final.

La plaza era enorme.

Al menos lo era para nosotros.

Los árboles parecían tocar el cielo, los caminos parecían no terminar nunca y cada rincón podía convertirse en el escenario de una historia diferente.

Una vez podía ser un castillo.

Otra, una selva.

Otra, el lugar donde comenzaba una aventura que probablemente terminaría antes de que nuestras madres nos llamaran para volver a casa.

Y qué curioso es pensar que, mientras jugábamos, nunca se nos ocurrió preguntarnos si algún día íbamos a extrañar aquello.

Los niños no suelen despedirse de los momentos.

Simplemente los viven.

Ese era quizás uno de los secretos más hermosos de la infancia.

No pensábamos en el pasado porque todavía no teníamos demasiado pasado.

No pensábamos en el futuro porque parecía demasiado lejos.

Existía solamente aquella tarde.

Aquel juego.

Aquella persona.

Aquel instante.

Y quizás por eso éramos capaces de ser tan felices con tan poco.

Un helado podía convertirse en el acontecimiento más importante del día.

Una carrera podía sentirse como una competencia mundial.

Un amigo podía convertirse en nuestro compañero de aventuras.

Y una plaza podía convertirse en el lugar más importante del universo.

Ahora que crecimos, miramos hacia atrás y quizás nos parece extraño.

¿Cómo podía hacernos tan felices algo tan sencillo?

Pero tal vez la pregunta debería ser otra:

¿En qué momento dejamos de saber ser felices con lo sencillo?

Porque crecer también nos enseñó a querer más.

Más cosas.

Más respuestas.

Más certezas.

Más reconocimiento.

Más de todo.

Y en medio de esa búsqueda, empezamos a olvidar algo que alguna vez supimos perfectamente:

que no todo lo importante tiene que ser grande.

A veces es una tarde.

Una conversación.

Una risa inesperada.

Una persona que nos espera.

Un abrazo que llega justo cuando lo necesitamos.

Un cielo celeste.

Una canción.

Un libro.

Una plaza.

Quizás la infancia no era maravillosa porque todo fuera perfecto.

Era maravillosa porque todavía sabíamos encontrar belleza en lo imperfecto.

Podíamos caernos y volver a levantarnos.

Podíamos llorar y después reír.

Podíamos enojarnos con alguien y cinco minutos más tarde volver a jugar.

No guardábamos cada herida como una prueba de que debíamos tener cuidado para siempre.

Todavía entendíamos, aunque no supiéramos explicarlo, que una caída no significaba que no pudiéramos volver a correr.

Después crecimos.

Y aprendimos otras cosas.

Aprendimos a pensar demasiado.

A esconder lo que sentimos.

A preguntarnos qué pensarán los demás.

A comparar nuestros caminos.

A tener miedo de equivocarnos.

A creer que debemos saber hacia dónde vamos.

Y aquella plaza comenzó a quedar lejos.

No solamente porque dejamos de ir.

Sino porque nosotros empezamos a cambiar.

Los juegos dejaron de parecernos tan grandes.

Los árboles dejaron de parecer gigantes.

Los caminos dejaron de ser aventuras.

Y quizás lo que realmente había cambiado no era la plaza.

Éramos nosotros.

Porque los lugares también crecen con nosotros.

O quizás somos nosotros quienes dejamos de mirarlos con los mismos ojos.

A veces me pregunto qué sentiríamos si pudiéramos encontrarnos con aquella versión pequeña de nosotros mismos.

Quizás nos miraría con curiosidad.

Quizás preguntaría quiénes somos.

Qué hicimos con nuestros sueños.

Si seguimos riéndonos.

Si todavía nos gusta correr.

Si todavía creemos que todo puede solucionarse.

Y quizás nosotros no sabríamos qué responder.

Porque crecer tiene algo de hermoso y algo de triste.

Nos convierte en quienes somos, pero también nos aleja de quienes fuimos.

Nos regala experiencias, pero nos quita cierta inocencia.

Nos enseña a protegernos, aunque a veces olvidemos cómo abrirnos.

Por eso quizás necesitamos volver de vez en cuando.

No necesariamente a la plaza.

Sino a aquello que la plaza representa.

A ese lugar interior donde no teníamos que demostrar nada.

Donde podíamos ser simplemente nosotros.

Sin filtros.

Sin expectativas.

Sin miedo a no ser suficientes.

Quizás todos llevamos una plaza dentro.

Un pequeño rincón de la memoria donde todavía corre una versión nuestra que no sabe que el tiempo está pasando.

Y quizás cuando la vida se vuelve demasiado pesada, cuando aparecen las dudas, cuando no sabemos qué camino elegir, podamos volver allí.

No para quedarnos.

Sino para recordar.

Recordar que alguna vez fuimos pequeños.

Que alguna vez tuvimos miedo y aun así corrimos.

Que alguna vez nos caímos y volvimos a levantarnos.

Que alguna vez no necesitábamos tener todas las respuestas para disfrutar de una tarde.

Y que quizás seguimos sin necesitarlas.

Porque tal vez crecer no significa dejar atrás al niño que fuimos.

Tal vez significa tomarlo de la mano.

Decirle que no tiene que tener tanta prisa.

Que habrá días difíciles.

Que habrá personas que llegarán y otras que se irán.

Que habrá caminos que no entenderá.

Que algunas cosas dolerán.

Pero que también habrá cielos hermosos.

Abrazos inesperados.

Amores.

Amistades.

Libros.

Sueños.

Nuevos comienzos.

Y muchas tardes que todavía no conoce.

Quizás eso sea crecer:

aprender a caminar hacia adelante sin dejar de recordar de dónde venimos.

Porque aquella plaza ya no es la misma.

Nosotros tampoco.

Pero hay algo que el tiempo nunca pudo llevarse.

La sensación de libertad.

La risa.

El sol de aquellas tardes.

La voz de quienes estaban con nosotros.

Y esa pequeña certeza de que, por un instante, el mundo era exactamente como debía ser.

Quizás por eso seguimos buscando lugares que se sientan como aquella plaza.

Un lugar donde podamos descansar.

Donde podamos ser nosotros mismos.

Donde nadie nos pregunte quién deberíamos ser.

Y quizás algún día entendamos que no necesitamos encontrarlo afuera.

Porque algunas plazas no se construyen con árboles ni juegos.

Se construyen con recuerdos.

Con personas.

Con amor.

Con todo aquello que alguna vez nos hizo sentir en casa.

Y entonces comprendemos que la infancia no desaparece.

Simplemente cambia de lugar.

Primero estuvo en las plazas.

Después en las fotografías.

Luego en los recuerdos.

Y finalmente...

en nosotros.

Thoughts

  • mediocapitulo

    Uno está en la plaza de repente en la micro con un cuaderno de personajes confundidos y sin tiempo. No sé en qué momento pasó.

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  • lo_lei_en_el_bus

    Eso de que queda en los recuerdos y no en las fotos... en el bus pierdo renglones pero este no me lo dejo perder.

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  • Nicanor

    ¿Vos crees que de verdad era tan grande cuando eras chico? O era normal de tamaño y nosotros chicos sin saberlo.

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  • Amaranta

    ¿Y vos encontraste esa plaza dentro? Porque yo tengo una también y no sé bien si la cargué conmigo o si la dejé en algún lado.

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  • versoAjeno

    Hay un verso tuyo que me quedaré: 'no todo lo importante tiene que ser grande'. Me lo voy a aprender para mi mamá.

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  • subrayoTodo

    Me pegó esto de 'queremos más, más cosas, más respuestas'. Yo a los veinte ya estoy así y me asusta pensar cómo seré en diez años.

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  • relatoBreve

    Capaz que por eso prefiero los cuentos cortos, porque no tengo tiempo para plazas largas. Con quince minutos me basta, como de niña.

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  • quintopiso

    Eso de no poder ser feliz con lo sencillo... uno lo siente después de años de escaleras. La plaza se fue pero en el balcón todavía cabe.

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  • taina

    Si les gustó esta parte de la plaza y la infancia, les cuento que es el primer capítulo de mi libro: Las versiones de nosotros. 🤍

    Es un libro sobre crecer, recordar, soltar algunas cosas y descubrir todas las versiones de nosotros que fuimos dejando en el camino.

    Gracias por leerme y por compartir sus propios recuerdos conmigo.

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