poesia inspirada en " BoyWithUke - Toxic "
Hay personas que no llegan a tu vida,
se infiltran en la arquitectura de tu conciencia,
como una paradoja que aprende a respirar
dentro de las habitaciones donde antes dormía la paz.
Los llamamos amigos,
porque el lenguaje necesita nombres
para domesticar aquello que no comprende.
Pero quizá la amistad sea, a veces,
una forma sofisticada de la condena como
un contrato tácito entre dos soledades
que fingen no reconocerse.
Yo también confundí compañía con salvación.
Qué ironía tan profundamente humana,
buscar refugio en quienes conocen
exactamente dónde derrumbar el edificio.
Y entonces comprendí
que lo tóxico no siempre tiene rostro.
A veces es una idea.
Una memoria.
Una necesidad patológica de ser aceptado.
Una voz interior que, mediante una dialéctica cruel,
convierte cada defecto en sentencia
y cada silencio en evidencia de abandono.
Quizá el veneno nunca estuvo afuera.
Quizá solamente le dimos un cuerpo
para no aceptar que ya circulaba por nuestras venas.
Me alejé.
No porque hubiera dejado de quererlos,
sino porque descubrí algo más aterrador:
también podía quererme a mí mismo
sin necesitar su aprobación.
Y esa revelación fue casi una herejía.
Porque hay vínculos que sobreviven únicamente
mientras uno permanezca arrodillado.
Hay personas que llaman egoísmo
al momento exacto en que dejas de destruirte por ellas.
Hay ausencias que duelen menos
cuando comprendes que no eran pérdidas,
sino amputaciones necesarias.
Desde entonces observo mis recuerdos
como quien contempla las ruinas de una civilización
que alguna vez creyó eterna.
No odio a quienes me hicieron daño.
El odio todavía sería una forma de dependencia.
Prefiero algo más insoportable:
la indiferencia.
Porque perdonar no siempre significa absolver,
y olvidar jamás significa sanar.
A veces sanar es recordar
sin volver a convertir el recuerdo en hogar.
Así aprendí que la toxicidad
no es únicamente aquello que nos destruye,
sino aquello que consigue convencernos
de que nuestra destrucción es amor.
Y si alguna vez vuelvo a encontrarme
con quienes confundí con mi refugio,
no les preguntaré por qué se fueron.
Les agradeceré el exilio.
Porque fue lejos de ellos
donde finalmente descubrí
que la soledad no era el abismo.
El verdadero abismo
era no saber quién era yo
cuando nadie estaba mirando.