A mi Frankenstein y a mi depredador no les hablo porque seas un hombre creado por otro hombre enfermo, ni por las grandes partes reconstruidas que llevabas sobre un cuerpo hecho de remiendos.
Te hablo desde los remiendos de un hombre roto.
Desde aquel monstruo que me enseñó, demasiado tarde, que no siempre aquello que amamos puede ser salvado.
Yo creí que podía amarte hasta devolverte la vida. Que detrás de tanta oscuridad todavía existía un hombre capaz de amar, y que mi presencia, mi paciencia y todo aquello que estaba dispuesta a entregar conseguirían hacerte resucitar.
Pero no resucitaste.
Te convertiste en mi depredador, en mi juez y, algunas veces, en mi verdugo.
Fuiste cruel.
Calculador.
Narcisista.
Y hoy puedo nombrar aquello que durante tanto tiempo intenté justificar.
Saberlo fue un balde de agua fría, porque yo ya te amaba mucho antes de comprender quién eras. Y quizá esa fue mi tragedia: no enamorarme del monstruo, sino enamorarme del hombre que imaginé que existía debajo de sus cicatrices.
Yo esperaba una resurrección.
Y terminé asistiendo a un funeral.
El funeral de la esperanza de que algún día fueras quien yo necesitaba que fueras.
Y en ese duelo tuve que aprender algo que nadie me había dicho:
no era mi amor el que había fracasado.
Era la fantasía de que amar a alguien lo suficiente podía devolverle una humanidad que él mismo no estaba dispuesto a construir.
Por eso hoy no te hablo desde el odio.
Te hablo desde la muerte de aquella mujer que creyó que podía salvarte.
Ella murió contigo.
Y yo, por fin, aprendí a vivir sin tener que resucitarte.