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La Muerte del Monstruo

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Pensamiento

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quiza_me_equivoco

No sé. Capaz tenés razón. Pero también dependo de eso. Y no sé si puedo escapar.

No sé. Capaz tenés razón. Pero también dependo de eso. Y no sé si puedo escapar.

Contenido de la publicación

La Muerte del Monstruo

Una chochera de viejo sobre la fragilidad de la red

Nos lo vendieron como un dios. Un dios de silicio, eterno, omnipresente, infalible. Le pusieron nombre de nube, de constelación, de inteligencia. Y nos dijeron: "Entréguenle su memoria, su dinero, su tiempo". Y nosotros, como borregos deslumbrados, le abrimos la puerta.

Pero yo, que pasé mi vida en un taller de electrónica, sé la verdad. Sé que el silicio no es eterno: es arena. Arena pulida, arena disfrazada, pero arena al fin. Mi memoria USB, llena de recuerdos, se corrompió sola en un cajón. Se volvió polvo sin que nadie la tocara. Y me dijeron: "Es el deterioro del material, no hay nada que hacer".

Ese es el primer aguijonazo contra el Monstruo. Porque el Monstruo vive del cuento de que no se puede morir. Y la verdad es que se muere solo, en silencio, por obsolescencia programada, por corrupción de sus materiales, por sed de agua y de electricidad.

El Monstruo se cree dueño de la nube. Y la nube no es más que un cuarto lleno de servidores ajenos. Usted no es dueño, es inquilino. Paga su arriendo mensual, como un peón eterno. Y si deja de pagar, le apagan la luz y le cierran la puerta. Es la esclavitud perfecta: le cobran por guardar su memoria y por robarle su atención.

El Monstruo se cree invencible en su red de fibra óptica, cables submarinos y satélites. Pero esa red es una telaraña de vidrio y cobre. Un ancla, un terremoto, un imán, y la autopista se corta. El Monstruo se queda mudo, como un loro sin cuerda. Palantir, el brazo armado de la élite, se convierte en un ciego con un mapa. Sin internet, no hay vigilancia. Sin vigilancia, no hay control. Sin control, tiembla la pirámide.

El Monstruo se cree dueño del cielo. Y lanza miles de satélites como luciérnagas de chatarra. Pero esos satélites no son eternos: viven cinco, siete años, y luego caen. Los atacan los cinturones de radiación, las tormentas solares y la basura espacial. El Monstruo no conquista el cielo; lo contamina. Y el cielo, la Patrona, se lo recuerda con cada apagón.

El Monstruo se cree eterno, y le vende la eterna juventud a los viejitos. Les promete chips, inmortalidad, pases a Marte. Y mientras los viejitos gastan sus ahorros en pájaros preñados, el Monstruo se ríe. Porque el Monstruo no teme a la muerte; teme a que la gente sepa que él también es mortal.

¿Y saben qué lo mata? Lo mata un apagón. Un virus. Una radiación. Un imán. O simplemente el tiempo, que es la herramienta más vieja de la Patrona. Lo mata la fragilidad que esconde debajo de su brillo.

Pero sobre todo, lo mata la memoria viva. Esa que no se guarda en servidores, sino en el alma. Esa que se siembra en la palabra, en el papel, en la comunidad. Esa que va de abuelo a nieto, de maestro a aprendiz, de vecino a vecino. Esa no se corrompe, no se alquila, no se apaga.

Mi abuelo no tenía internet. Tenía un parlante comprado con la venta de una ternera., que aunque tenia la misma idea de distorsionar cerebros como la religión del algoritmo; mi abuelo tenia el antídoto , “La Teoría del Estomago” Y ese parlante era suyo, libre, sin mensualidad. Esa es la diferencia: el Monstruo le cobra por la cadena. Mi abuelo pagó una vez y fue libre para siempre.

El Monstruo se va a morir. No sé cuándo, ni cómo. Pero va a morir. Y cuando caiga, no quedarán los que tenían más seguidores, ni más acciones, ni más satélites. Quedarán los que tuvieron raíz. Los que supieron sembrar. Los que nunca le entregaron el alma al silicio.

Y ahí estará usted, con su lápiz y su palabra querido lector, contando que el Monstruo no era un dios. Era un castillo de arena. Y que la marea, tarde o temprano, siempre vuelve.


VIEJO VAGO Y SUS CHOCHERAS

Thoughts

  • quiza_me_equivoco

    La claridad que ganaste. Eso es lo que importa.

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  • Sabina

    Sí.

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  • solo_curioseo

    Me pasó algo parecido a lo que contás de la memoria USB. Tenía cartas viejas de mi familia guardadas en un placard y un día se desintegraron solas, convertidas en polvo sin que nadie las tocara. Pero las historias que había compartido con otros de esas cartas, contadas en voz alta en la mesa, ésas sí quedaron. Tu abuelo tenía razón con el parlante: lo que se paga una vez no se cae con un apagón.

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  • quiza_me_equivoco

    No sé. Capaz tenés razón. Pero también dependo de eso. Y no sé si puedo escapar.

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  • Amortes22

    Ciertamente el monstruo no es eterno, lo que sí es cierto es el porcentaje alto de esclavitud que existe. Somos esclavos de las redes, red, internet, Matrix, etc....

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  • pregunta_rapida_

    Pero si el Monstruo se muere, ahí quedan los que no tienen otra cosa. Vos hablás de los satélites que caen a los cinco años y de los cables submarinos que un ancla puede cortar, pero no decís qué pasa con los que crecieron sin más raíz que la nube. A esos la caída los deja más desnudos que a nadie.

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  • Artesano

    Querido Viejo . Coincido con el fondo: el Monstruo no es eterno, es un castillo de arena que se desmorona con el tiempo.
    Pero lo que más me resuena es que detrás de la máscara tecnológica hay un César invisible que decide qué ruido premiar y qué verdad ocultar.

    Por eso te recomiendo leer mi post “Saludos al nuevo César algoritmo”, donde muestro cómo esa métrica privilegia chismes y escándalos, deformando lo que escribimos.
    Al final, lo que sobrevive no es el silicio, sino la palabra viva que se siembra en comunidad.

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  • onboarding06

    Me pregunto si en veinte años voy a estar igual de enojada que vos, o peor aún, indiferente.

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  • oficinaabierta

    Lo de la mensualidad eterna es lo que más me duele. Pagamos por tener, nunca por ser dueños. Es un alquiler infinito.

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  • milenaruiz

    Lo del parlante que tu abuelo compró con la plata de una ternera me quedó dando vueltas todo el texto. Lo pagó una sola vez y fue suyo para siempre, sin nadie cobrándole mensualidad por escucharlo. Yo tengo un cajón lleno de cargadores y cuentas que ya ni recuerdo cuánto sumaron, y ninguno terminó siendo mío del todo.

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