Luna, sé que para el mundo eres una luz de inspiración, pero para mí te has convertido en una amiga íntima. Cada vez que te miro, me recuerdas que es posible iluminar la oscuridad aun cuando se está en soledad. Sé que las estrellas te hacen compañía, pero también sé que en el fondo extrañas al Sol... exactamente de la misma manera en que yo extraño a mi propia luz.
Te pareces tanto a mí. Cuando llega el eclipse, te vistes de gala, hermosa y radiante, y pareces sonrojarte ante el esperado reencuentro con tu amado. Pero mi historia es distinta: yo no tengo a esa persona a mi lado, ya ni siquiera lo miro, parece haberme olvidado por completo a mí y al amor que compartimos. Dicen que nada dura para siempre, y aunque trato de convencerme de que ya no duele, la verdad es que aún escuece el alma.
Sin embargo, a ti el Sol jamás te olvida. Él también se viste con sus mejores destellos solo para verte y alegrarse por ti. Por eso, cada vez que el cielo nos regala un eclipse, me alegro con el corazón abierto: porque en medio del universo, soy testigo de cómo dos verdaderos amores logran encontrarse otra vez.