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La Luna en el Vientre. Sensible

Amortes22
Pensamiento

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DaveOaks

El origen y el nacimiento me voló la cabeza… solo me quedó faltando en qué momento se volvió así de mala como el curandero dijo .. creo que ese salto temporal, nos dejó más dudas que certezas

El origen y el nacimiento me voló la cabeza… solo me quedó faltando en qué momento se volvió así de mala como el curandero dijo .. creo que ese salto temporal, nos dejó más dudas que certezas

Contenido de la publicación

Precuela de la historia inicial....


La niebla matutina del año 1750 descendía del gran Picacho de Mariara, desde el norte de la ciudad en aguas calientes, estaba la casona gris que presidía la hacienda. Era un caserón sobrio y pesado, de paredes gruesas pero coronado por un modesto techo tejado. Un pasillo central abría paso a varios salones a los costados, cuyas columnas de madera crujían bajo el peso de la estructura. En su lateral de dichas columnas sostenían también la frágil escalera de madera que conducía a una alcoba del segundo nivel.

En la penumbra de ese piso alto, sobre una humilde cama de bajarete, yacía inmóvil una mujer indígena. Las sábanas rústicas guardaban silencio ante las marcas rojas y vivas que cruzaban sus piernas, huella reciente del látigo y la violencia infligida por el patrón de la hacienda. Entre la fiebre y el cansancio, mantenía los ojos fijos en las vigas del techo.

Abajo, el movimiento de la hacienda comenzaba a despuntar, marcado por la presencia de Don Demetrio ydalgo, el capataz.

Don Demetrio ydalgo vivía obsesionado por los rasgos marcados y la densa cabellera oscura de la mujer. Esa fijación lo llevaba frecuentemente a la casa de visita cercana a los linderos de la propiedad, donde gastaba sin reparo las morocotas de oro y los trompillos de plata que lograba apartar de la paga y de los tratos de la hacienda, buscando apaciguar con alcohol y ruido una perturbación que no le daba tregua.

Desde el patio interior de la casona, el sonido de las espuelas de Don Demetrio ydalgo resonaba contra las losas. Al acercarse a las columnas de la escalera, levantó la mirada hacia la alcoba en penumbra. Arriba, entre las paredes de barro y paja, el silencio de la mujer indígena pesaba más que cualquier murmullo en la vasta extensión de la hacienda.

La niebla del año 1750 aún cubría los contornos de la casona gris, pero en los confines de la hacienda, el refugio de los suyos era el único lugar donde hallaba un resguardo efímero. Allí la conocían como Cañiale, su nombre de origen, lejos del yugo del patrón y del acoso de Demetrio ydalgo.

El curandero anciano de la tribu se acercó al lecho de bajarete. Con rostro grave, encendió el tabaco y dejó que el humo denso cubriera el cuerpo maltrecho de Cañiale. Al observar los espirales gélidos elevarse en la penumbra, el anciano dictaminó en voz baja lo que el humo le revelaba: en su vientre se gestaba una luna.

La noticia cayó con el peso de una condena. Cañiale se negó tajantemente a aceptar aquella realidad; el fruto del ultraje no podía echar raíces en ella. De inmediato le exigió al curandero un remedio para cortar la vida que crecía en su interior. El anciano la miró con pesar y negó con la cabeza, advirtiéndole del enorme peligro que corría a sus cincuenta y tres años, forzar la expulsión de la criatura implicaba un riesgo casi seguro de muerte.

Pasaron siete meses. La vientre hinchado era para Cañiale un recuerdo constante de la violencia sufrida. Cada movimiento que sentía dentro le provocaba un rechazo profundo; maldecía la gestación a diario y se negaba a dar a luz al fruto de su agresor.

Sin atender a los avisos del curandero ni al temor de perder su propia vida, Cañiale tomó una decisión definitiva. Buscó las raíces y plantas más amargas, hirvió la mezcla en el fuego furtivo de la noche y tomó el brebaje hasta el último trago, dispuesta a arrancar de su cuerpo la marca de la opresión, sin importar las consecuencias.

El calor abrasador de la mañana no lograba calmar los retorcijones implacables que desgarraban las entrañas de Cañiale. El brebaje consumido la noche anterior comenzaba a hacer su efecto destructor, provocándole dolores insoportables. Apoyándose en las paredes de barro y en los troncos de los árboles, arrastraba los pies por el sendero de tierra en dirección a la choza del curandero.

A mitad del camino, su paso maltrecho se interrumpió abruptamente. Frente a ella, sobre su caballo, apareció Don Demetrio ydalgo, el patrón de la casona. Al verla pálida, bañada en sudor frío y doblada a la mitad, el hombre la miró con severidad y le ordenó:

—¿Mujer, qué tienes?

Cañiale, cegada por la fiebre, el dolor acumulado y un odio que le ahogaba el miedo, alzó la mirada e interrumpió el silencio de meses. Sin titubear, con la voz quebrada pero firme, le escupió la verdad:

—Voy a expulsar a tu maldito engendro... No lo quiero.

La confesión cayó como un rayo. Don Demetrio ydalgo, al enterarse de que llevaba en sus entrañas un hijo suyo y de que pretendía acabar con él, desmontó enfurecido. Sin piedad, la agarró con violencia del brazo y la arrastró de vuelta a la casona gris.

De nuevo en el encierro del gran salón, bajo las columnas que sostenían la escalera, el patrón desató una crueldad sin límites. La torturó hasta más no poder, buscando castigar su afrenta sin importar la vida que agonizaba en ella.

Atada al dolor y en el límite extremo de sus fuerzas, el cuerpo de Cañiale cedió. En medio de la penumbra y los abusos desmedidos, su vida se apagó definitivamente.

Pero en el último suspiro de agonía de la mujer indígena de treinta y tres años, su cuerpo exhausto expulsó la vida que llevaba dentro: contra todo pronóstico, entre la violencia y la muerte, nació una niña hembra.

Don Demetrio ydalgo se quedó paralizado frente al cuerpo inerte de Cañiale. La rabia y la agitación del castigo cedieron de golpe ante el silencio sepulcral que inundó el gran salón de la casona gris. Sin embargo, entre la penumbra y los restos de la tragedia, un llanto agudo e ininterrumpido rompió la pesadez del aire.

Al acercarse y levantar a la recién nacida, la mirada del hombre cambió por completo. La niña no tenía la tez morena ni los rasgos de la tribu de su madre; era blanca como la leche, de facciones finas y marcadas que reflejaban de inmediato los rasgos del propio patrón. Frente a esa criatura en la que se reconocía a sí mismo, la crueldad de Don Demetrio ydalgo se transformó en una posesiva fascinación.

Ahí mismo, sobre el suelo de la casona y junto al cuerpo ensangrentado de la mujer indígena, Demetrio ydalgo tomó una decisión que cambiaría el destino de la pequeña, la criatura no compartiría la suerte de los suyos ni crecería en el servilismo de la hacienda. Le daría una vida de distinción, educándola como una verdadera dama colonial.

Con el orgullo del linaje renovado y para sellar su nueva existencia lejos de la sombra de Cañiale, la envolvió en telas finas y le otorgó el nombre:

– Te llamaras Alecha ydalgo…!!! dijo Don Demetrio ydalgo con voz recia.

Con el paso de los años, Alecha creció envuelta en los privilegios que Don Demetrio ydalgo le procuró con esmero. Vestía vestidos de sedas y telas finas traídas del extranjero, se educaba en las instituciones más prestigiosas del virreinato y jugaba con finas muñecas de porcelana importadas. Para el mundo exterior, era la joven dama distinguida de la hacienda, el orgullo de su padre.

Sin embargo, detrás de la abundancia, su espíritu permanecía inquieto y sosegado por una sombra constante: el vacío ensordecedor de la ausencia materna. Alecha sentía una atracción inexplicable hacia los límites de la propiedad, como si la tierra misma la llamara.

En sus frecuentes escapadas al espeso bosque que bordeaba la casona gris, la joven solía internarse entre la vegetación buscando respuestas. Allí, oculto entre los árboles arcanos, la esperaba el viejo curandero de la tribu. El anciano, que jamás olvidó la tragedia de Cañiale ni la violencia que rodeó aquel nacimiento, la miraba con ojos cargados de rencor y pesadumbre.

Cada vez que Alecha se acercaba, el anciano dejaba escapar el humo de su pipa y, con una voz profunda que resonaba entre la hojarasca, le dictaba una sentencia implacable:

—Eres una maldición —le decía sin piedad—. No debiste existir. Llevas en las venas la sangre de la atrocidad y la desesperación de quien te engendró. Tu futuro es oscuro, Alecha... y tu alma será tan negra como la noche en que moriste al nacer.

Aquellas palabras, repetidas como un eco siniestro entre las sombras del bosque, calaban en lo más profundo de la joven, sembrando en su interior una inquietante frialdad que ninguna riqueza o comodidad colonial podía borrar.

El tiempo, implacable, cobró su cuota en la casona gris de Maríara. Don Demetrio ydalgo, el patriarca que había construido un imperio sobre la violencia y que intentó moldear a su hija entre lujos y tiranía, cayó fulminado por un infarto al corazón. Su cuerpo sin vida fue velado en el mismo gran salón donde décadas atrás había apagado la vida de Cañiale.

A sus treinta años, Alecha asumió el mando absoluto como la indiscutible ama de la hacienda. Su belleza era tan imponente como helada: poseía los finos rasgos y la piel blanca de su padre, pero sus ojos guardaban la profundidad vacía de una tormenta perpetua.

Los sirvientes decían que la vida de Alecha se deslizaba como una extraña y macabra trilogía, se murmuraba que poseía un Arcón de madera grande, el cual adoraba a diario..

Alecha los agarro y les dijo: __sus cuentos y murmuros me tienen loca,!!!! sus cuentos de pasillo son dañinos ...!!! Fuera... Fuera....

Los despidió, quedándose sóla.

En los pasillos de la casona gris, el eco de sus tacones resonaba con la precisión de un reloj de péndulo. Ya no quedaba rastro de la inocencia ni de la culpa. Alecha caminaba por los salones sintiendo que la profecía del anciano se había cumplido por completo: su alma se había vuelto tan negra como la noche, y el imperio que una vez manchó la sangre de su madre, ahora le pertenecía por entero.

Continuará….

Thoughts

  • MarcelaOrtiz

    El que más me inquieta es el curandero. Le repite a una niña, cada vez que ella lo busca en el bosque, que no debió existir, y después la historia le da la razón como si la profecía se hubiera cumplido sola. Para mí la fue haciendo él, a fuerza de decírsela.

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  • AgustinFerrer

    Ese arcón que Alecha adora a diario me lo dejo anotado para cuando vuelva la historia inicial. Apuesto a que adentro guarda algo de Cañiale, y que el curandero siempre supo qué.

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  • lian

    Me encanto la ilustración, el ambiente, me gusta para una puesta de cine.... Fascinante atrapa.

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  • Dei

    Mariara 1750, la casona gris, la mujer indígena. Todo me trasladó. ¿Que será de Alecha y de su oscuro destino? quedé prendada de esta historia, tengo esperanzas de que pueda revertirlo.

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  • DaveOaks

    El origen y el nacimiento me voló la cabeza… solo me quedó faltando en qué momento se volvió así de mala como el curandero dijo .. creo que ese salto temporal, nos dejó más dudas que certezas

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