¿Y cómo no amar a la luna?
Si fue ella quien hizo que mis noches más oscuras volvieran a brillar.
¿Cómo no extrañarla, si aun desde la distancia sigue viéndose tan hermosa, tan brillante y tan única?
¿Cómo dejar de admirar su belleza, si incluso estando tan lejos continúa iluminando el cielo?
Porque la luna tiene esa extraña manera de acompañar sin estar cerca.
No necesita tocar la tierra para llenar de luz las noches más frías. Le basta con existir para recordarnos que, incluso en la oscuridad, siempre hay algo capaz de brillar.
Y quizá por eso me recuerda a ti.
Porque, aunque la distancia nos separara, seguías siendo esa luz que alcanzaba mis noches más tristes y solitarias.
Cuando solo el silencio y la soledad me hacían compañía, bastaba con pensar en ti para sentir que todavía había un poco de claridad en medio de tanta oscuridad.
Tal vez nunca pude tener a la luna entre mis manos.
Pero eso nunca me impidió admirarla.
Porque hay bellezas que fueron hechas para contemplarse desde lejos.
Y hay amores que, como la luna, nunca dejan de iluminarte…
aunque jamás puedas alcanzarlos.