En Neltume, la lluvia no caía: se arrastraba. Los techos de zinc escurrían agua sucia y el aire olía a hierro oxidado. A medianoche, cuando las casas dormían cerradas con llave, Carlos cruzaba un pasaje en sombra buscando el camino más corto hacia su casa. Entonces lo escuchó: un jadeo áspero, irregular, que lo detuvo en seco.
Desde el fondo del pasaje emergió un perro grande, demasiado grande para ser un quiltro. Sus costillas se marcaban bajo el pelaje húmedo, y sus ojos parecían brasas humanas hundidas en un cráneo animal. Al acercarse, la luz del poste mostró un hocico manchado de sangre. Lo que colgaba entre los dientes no era un hueso ni carne de vaca, sino una mano humana todavía fresca.
Carlos retrocedió, pero sus pies parecían hundidos en el barro. El perro inclinó la cabeza y de su garganta salió un sonido imposible: una risa lenta, rota, parecida a la de un hombre ahogado. Luego habló, con voz múltiple, como si muchas bocas compartieran el mismo cuerpo. Lo llamó... hermano.
La oscuridad detrás del animal se encendió con pares de ojos brillantes. Figuras deformes avanzaron: algunas caminando en dos patas, otras doblando sus miembros como si aún intentaran recordar qué eran. Lo rodearon en un círculo perfecto. El aire se volvió espeso, y Carlos sintió que la memoria lo traicionaba.
Fragmentos regresaron: correr entre los árboles, devorar carne tibia, aullar con una manada que no era de perros ni de hombres. La certeza lo atravesó. No era víctima. Nunca lo había sido. Había intentado olvidar, disfrazarse de humano, vivir en silencio. Pero la jauría había vuelto a buscarlo.
Su cuerpo se dobló bajo un dolor insoportable. Los huesos crujieron, la mandíbula se alargó hasta romperse, los dedos se torcieron en garras. Un aullido profundo brotó de su garganta, más animal que humano, y el círculo se cerró.
Al amanecer, solo quedaba un quiltro flaco a la entrada del pasaje, moviendo la cola bajo la lluvia. Los vecinos le ofrecieron pan duro y lo acariciaron sin sospechar que en sus ojos aún brillaba un rastro de memoria, ni que la jauría estaba completa otra vez.