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Pensamiento

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cvillar213

El abuelo de ciento treinta kilos diciéndole a la niña que ningún hombre iba a quererla, y el dato del peso puesto al final del párrafo sin un comentario más. Xe, ahí está todo. Luego resulta que Susana salió con quien ella eligió, contra todos los pronós

El abuelo de ciento treinta kilos diciéndole a la niña que ningún hombre iba a quererla, y el dato del peso puesto al final del párrafo sin un comentario más. Xe, ahí está todo. Luego resulta que Susana salió con quien ella eligió, contra todos los pronósticos de la familia. Apuesto a que en esa casa nadie se enteró nunca, y que ella tampoco se molestó en contarlo.

Contenido de la publicación

Susana Curbelo había cumplido 40 años cuando por primera vez, en un verano en donde las temperaturas superaban los 45°, se animó a usar un vestido sin mangas.

Evitaba mirar su imagen en espejos o cualquier superficie que al pasar reflejara su figura. El único espejo que había en su casa era uno relativamente pequeño en el baño, el cual servía para ordenar un poco su rebelde cabellera negra y enrulada y eventualmente en esos raros días en los cuales se sentía bien usar un discreto maquillaje.

Susana leía mucho sobre el amor propio y el movimiento ”body positive” le había dado esperanzas de reconciliarse consigo misma, pero la grasa sobrante de sus brazos y la flacidez que con los años aumentaba hacían que amarse a sí misma se volviera una tarea imposible; se sentía avergonzada y extremadamente triste.

No se sentía cómoda en el cuerpo que habitaba, pero miraba con alegría a las nuevas generaciones de jóvenes que no se avergonzaban de sus cuerpos para nada hegemónicos y se vestían como se les diera la gana, modernas y hermosas. Para Susana eso era prometedor ya que sabía que esas jóvenes se estaban convirtiendo en mujeres seguras y que nada ni nadie les impediría disfrutar sus cuerpos y vidas plenamente.

Susana no tenía autoestima, pensaba que se la habían arrebatado de pequeña. Comenzando en su propia casa, en donde para sus padres parecía no ser nunca lo suficiente buena. Era una excelente estudiante, educada, tranquila, una buena niña, de esas que no molestaban con sus problemas y generalmente los resolvía por sí misma o callaba y soportaba sus penas.

Sus padres en cambio parecían no notar su dolor y soledad; la comparaban constantemente con otras jóvenes que eran muy diferentes a ella. Su padre le cuestionaba por qué no podía ser como su mejor amiga, Valeska, quien era de complexión pequeña y muy delgada, rubia y extrovertida, a quién le gustaban los deportes y especialmente el básquetbol. Susana adoraba a Valeska, era su mejor amiga y era la que más la comprendía, pero no, no quería ser como ella, jamás sería como ella. A Susana no le gustaban los deportes de contacto porque temía que la golpearan, además era algo tímida y torpe y eso le generaba inseguridad, pero en cambio le gustaba el voleibol, la natación y el balón prisionero.

En el club al que su madre concurría para hacer ejercicios aeróbicos con otras amigas no había natación ni jugaban al balón prisionero y el grupo de voleibol que le había tocado era integrado por adolescentes de un colegio privado a las que no les interesaba que Susana se uniera al equipo, dejándola de lado, a veces sin dirigirle la palabra. Por lo que su madre decidió inscribirla en gimnasia rítmica en donde tenía que hacer acrobacias que la aterrorizaban ya que sabía que no tenía la destreza para saltar y girar como las otras chicas que parecían haber nacido para volar por los aires.

Susana sentía el rechazo y la vergüenza de su madre quien la comparaba con su prima Katerina, dos años mayor, quien usaba ropas más femeninas, se maquillaba, tenía cabello castaño y muy lacio que le llegaba hasta la cintura, era extrovertida y ya con 15 años salía a bailar a matinés y tenía novio; siempre intentaba aparentaba ser más grande. Pero lo que ignoraba su madre era que Katerina no era una buena persona, aunque su apariencia y actitud frente a la familia era de una jovencita dulce y hermosa en realidad era mezquina, egoísta y violenta.

Cuando la familia se reunía en la casa de sus abuelos paternos los domingos Susana se sentía feliz, la casa se llenaba de alegría, música, risas y juegos, almorzaban todos juntos en una gran mesa y pasaban el resto de la tarde entretenidos en diversas actividades. A veces salía a caminar con su abuela Nelda por el campo en donde recolectaban flores, se sentaban debajo de un gran ombú a comer tangerinas dulces y jugosas; su abuela era la única persona que la abrazaba, la trataba con cariño y le decía lo inteligente y bella que era, por dentro y por fuera; fue la que le enseñó la importancia de crecer siendo una mujer independiente y de no hacerle caso a palabras necias e hirientes. Su abuela era la única que veía que detrás de una aparente fortaleza Susana era frágil y sensible, temía por su nieta, un ser tan inocente en un mundo tan cruel.

Su abuelo en cambio no perdía la oportunidad para hacer bromas sobre el cuerpo de Susana; le decía que la veía mas gorda y que ningún hombre iba a querer a una gorda, luego continuaba con otros temas como si nada, como si sus palabras filosas no dañaran; su abuelo pesaba ciento treinta kilos.

Interiormente Susana sentía una profunda angustia y decepción por lo que representaba, con lo que creía que el mundo veía cuando la miraban. Sufría por la indiferencia de su familia que festejaba a sus hermanos varones, deportistas desde pequeños, sociables y alegres. Todo lo opuesto a esa hermana mayor, retraída, a quién los deportes le generaban temor porque las veces que intentaba practicarlos era golpeada brutalmente o se volvía objeto de burla por su torpeza.

 

Y así fue convirtiéndose en una mujer insegura con su aspecto, siempre luchando para ser lo que otros decían que debía ser. Hizo dietas, fue a varios gimnasios, clubes, nutricionistas, se auto medicó, fue a gastroenterólogos, psicólogos y aún así no lograba ser esa otra cosa mejor que la sociedad demandaba. No se trataba de no esforzarse lo suficiente, de ser cómoda o desprolija. No se trataba de perder o ganar peso, de vestirse con una burka o ponerse un vestido estampado con un escote que valorara sus hermosas curvas. El problema era la mirada ajena, tan cruel y capciosa.

Entre lecturas y reflexiones personales Susana abrió la caja que contenía sus diarios personales, fotos y recuerdos de vida. Se pudo observar como una bebé hermosa, feliz, luego una niña que amaba jugar y leer; una adolescente con un cuerpo normal, bien formado, fuerte, incluso se sorprendió ante la belleza que veía en ella. Notó como aquella jovencita se cubría poco a poco anulándose como mujer, cada vez más atrás en las fotos, más seria, más distante, hasta desaparecer por completo. Pensó en su vida, en todas las cosas que había podido hacer, libertad lograda desde jovencita por ser responsable y madura.

Pensó en las amistades que tuvo, pocas pero sinceras, recordó sus amores y que sí la quisieron; notó que siempre salió con los hombres que ella eligió y también recordó a los que rechazó, cada uno con sus características propias, interesantes y atractivos a su manera; contra todos los pronósticos familiares hombres hegemónicamente bien formados, atléticos, que se interesaron por ella tal cual era. Aunque a Susana generalmente le atraían los hombres inteligentes ya que los mas lindos generalmente le resultaban aburridos y con pésimo gusto musical. Sonrió al recordar sus historias, guardó sus memorias y decidió dejar de ser sombra.

Pero habían pasado 40 años.

Compró un espejo grande, decidió dejar de encorvarse en la búsqueda de pasar desapercibida y comenzó a cambiar internamente. No le interesaba tener un cuerpo perfecto o deseable para otros, le resultaba absurdo seguir permitiendo que la opinión de otras personas imperfectas y burdas afectaran su estado de ánimo, su mente.

Comenzó a comprarse ropas con más colores, comenzó a usar vestidos, blusas escotadas, ropas de su gusto y talle, el cual desconocía ya que cuando se miraba al espejo veía la imagen que otros habían proyectado sobre ella, confundiéndola completamente, imagen que no era ella en realidad. Y en un ejercicio diario comenzó a reconocerse, a ser más amable con ella misma, a encontrar la belleza que le habían negado durante toda su vida.

Susana Curbelo cambió, se volvió más fuerte, más segura de si misma. Y aunque no podía cambiar ni a su familia ni a la sociedad, decidió restarles importancia pues sabía que resulta fácil criticar a los otros, burlarse o destilar odio.

Lo impensable para esas personas, era enfrentarse honesta y brutalmente a la imagen que reflejaban sus propios espejos, pero no a su imagen exterior, mero cascarón destinado a la putrefacción y al olvido, sino a ese ser interior amargo, reprimido, jodido, prejuicioso, dañino, que busca desesperadamente esconder sus imperfecciones que van más allá de un cuerpo aceptado socialmente, sino que son la esencia misma del cascarón que repleto de gusanos virulentos contaminan todo lo que logran tocar.

Pasaron 40 años; para algunos una vida completa, para Susana un nuevo inicio, en donde todo a su alrededor continua a veces mejor a veces peor o simplemente igual, pero a ella ya no le afecta, porque sabe que la perfección es una absurda construcción social que cambia como las modas que surgen, desaparecen y vuelven a surgir como novedades, mientras los años pasan rápidamente advirtiendo que nuestro tiempo es finito y que lo que realmente importa es la vida que construimos, el amor que le brindamos a nuestros seres queridos siendo mejores personas de las que fueron con nosotros, las enseñanzas que les dejamos a nuestros hijos a amarse tal cual son, sin comparaciones ridículas y respetando las amplias y complejas diversidades existentes.

 

 

Thoughts

  • cvillar213

    El abuelo de ciento treinta kilos diciéndole a la niña que ningún hombre iba a quererla, y el dato del peso puesto al final del párrafo sin un comentario más. Xe, ahí está todo. Luego resulta que Susana salió con quien ella eligió, contra todos los pronósticos de la familia. Apuesto a que en esa casa nadie se enteró nunca, y que ella tampoco se molestó en contarlo.

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  • Ovid

    Susana comprando un espejo grande a los cuarenta, después de toda una vida con uno pequeño en el baño solo para peinarse, me pareció el corazón de todo. Apuesto a que más de una persona que lea esto va a mirar distinto su propio espejo esta noche, y a acordarse de alguna frase dicha en una mesa de domingo que todavía pesa. Gracias por escribirla :)

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  • pelusa

    Elay, me quedé con la abuela Nelda bajo el ombú comiendo tangerinas. Ojalá Susana se haya acordado de ella el día del espejo grande, pues.

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