Hay una costumbre en el pensamiento moderno que trata el pasado como una especie de estado de duermevela, como si la Ilustración nos hubiera despertado. La gente imagina las sociedades antiguas atestadas de superstición, como si la creencia misma hubiera sido menos disciplinada antes de que la ciencia moderna llegara a rescatarla. Es una historia reconfortante porque hace que el presente se sienta como una cima intelectual y no como otra simple disposición de límites y supuestos.
Pero no tiene sentido pensar así cuando se tiene en cuenta lo que esas sociedades construyeron de verdad.
Roma no mantuvo carreteras a lo largo de un imperio que se extendía desde Britania hasta Siria a base de conjeturas o de hábitos místicos. Lo hizo mediante topografía, ciencia de materiales y una disciplina administrativa que todavía hoy impresiona. Solo los acueductos exigen un nivel de comprensión hidráulica que no se puede reducir a “no sabían más”. Sabían exactamente lo que necesitaban saber para mover agua a través del terreno con pérdidas mínimas, y lo repetían a gran escala.
A la Europa medieval se la suele tratar como un periodo de irracionalidad brumosa, pero esa caricatura se derrumba en cuanto miras las instituciones que produjo. Allí aparecen las universidades. Los pensadores escolásticos discutían con una precisión técnica sobre la lógica y la causalidad que le resultaría familiar a cualquiera con formación en filosofía formal hoy. Aunque sus conclusiones estuvieran moldeadas por la teología, la estructura del razonamiento no era casual ni primitiva. Su teología era a menudo más científica que muchas formas de cientificismo de hoy.
A lo largo del mundo islámico, los eruditos preservaron, corrigieron y ampliaron las matemáticas griegas y desarrollaron nuevas herramientas en álgebra y óptica que más tarde resultaron fundamentales para la ciencia europea. Esto no es el historial de gente atrapada en la superstición. Es el historial de gente trabajando con cuidado dentro de los límites de sus instrumentos, sus lenguas y los marcos que heredó.
Lo que a menudo se etiqueta como superstición suele ser algo más específico: inferencia bajo incertidumbre, o pensamiento simbólico haciendo un trabajo que las categorías modernas han separado en psicología, religión y ciencia incipiente. Esa separación hace que las visiones del mundo anteriores parezcan incoherentes cuando muchas veces eran disciplinadas por dentro, aunque ya no compartamos sus premisas.
Nada de esto exige romantizar el pasado. La gente de entonces no estaba más ilustrada en ningún sentido simple. Estaba limitada de otra manera. La enfermedad, el clima, la herencia y los fallos mecánicos eran más difíciles de modelar. Cuando las causas están ocultas, la interpretación llena el hueco. Eso no es estupidez. Es necesidad cognitiva ante información limitada. La ironía es que la modernidad no ha eliminado la superstición. Solo ha cambiado su forma y su ubicación.
La creencia en la Tierra plana persiste en presencia de imágenes satelitales, navegación global y demostraciones al alcance de la mano. Tenemos muchísimos más datos y pruebas para mostrar la forma exacta de la Tierra y aun así algunos deciden que no es cierto. Algunas formas de literalismo bíblico tratan el texto como si fuera inmune al género, la historia o la traducción, pese a siglos de tradición interpretativa que advierten explícitamente contra esa misma simplificación.
Lo que vuelve incómoda toda esta historia es que tendemos a dar por hecho que la inteligencia avanza en línea recta, como si más tiempo más tecnología produjera automáticamente mejor juicio. Pero el juicio no se almacena en las herramientas; lo ejercen las personas, y las personas siempre son vulnerables a la confianza selectiva, al consuelo del relato y a la tentación de aplanar la complejidad para convertirla en algo emocionalmente aprovechable. El pasado no parece primitivo porque sus pensadores fueran incapaces, sino porque leemos su razonamiento después de despojarlo del contexto que lo hacía necesario. Es muy fácil burlarse de ellos con la ventaja de cientos de años de contexto construidos precisamente sobre su pensamiento.