Tras cualquier historia caótica y desgarradora
que guardas desde hace tiempo,
sigues vivo para contarla.
Sigues en pie respirando fuerte,
Dando cada paso más firme, más sólido.
Has domado a la bestia.
Un ser mitológico tan monstruoso
que de solo verlo, el frío y el pavor
invaden el cuerpo y erizan la piel.
Llevas en el pecho un arnés tan sólido
como las cadenas irrompibles de Fenrir.
Cualquiera desearía huir
cuando esa bestia es liberada,
o estar lejos
cuando tú no estás ahí para contenerla.
Pero la domas.
Con una sabiduría incomparable:
escuchando tus pensamientos más profundos,
percibiendo tus instintos más primitivos.
Acariciándola.
Guiándola.
Susurrándole.
Sin miedo alguno,
comprendes que la bestia no es tu enemiga.
En medio de tanta furia y euforia,
supiste domesticarla sin una jaula,
sin castigos, sin gritos,
sin reaccionar a ciegas,
aún con un interior incontrolable como el fuego.
Caminas con un temple imposible de descifrar
para quien intente atisbar al ser primigenio que guardas.
Contienes la energía.
La haces parte de ti.
En medio de la nostalgia y la melancolía,
sabes mantenerte firme
ante la siguiente decisión por tomar,
ante la siguiente prueba que espera.
Tú, que caminaste solo entre el caos,
la desolación, la oscuridad y el desprecio
cuando más necesitabas compañía
o un poco de apoyo.
Así fue creciendo.
Así la has domado.
La sueltas a veces solo para brindar calidez,
cuidado y salvaguardia a quien lo merece.
A veces te sientes con ganas de devolver el golpe,
de soltar a esa bestia que muchos creen que eres
y que con sus acciones quisieran sacar de ti.
Es fácil juzgar la apariencia;
es difícil ver lo que realmente somos.
Tú la domas cuando brindas amistad
y de vuelta te escupen la cara,
Cuando te dan sus migajas
o te ofrecen sus residuos.
Cuando te han dado la espalda.
La domas porque sigues creyendo en ti
y en la labor que aún puedes brindar allá afuera.
Porque la bestia es gigantesca:
un solo diente ocupa el ancho de cada calumnia;
un solo ojo equivale a cada vez que te miraron por debajo;
una sola oreja, a los rumores falsos que sobre ti impusieron;
una sola pata, a las veces que la vida quiso aplastarte.
Y aún te queda el resto del cuerpo.
Tienes el resto del cuerpo para convertir la euforia en calma,
para transformar el rechazo en aceptación.
Para recibir lo que creías imposible.
Lo tienes para brindar auxilio sin esperar nada a cambio,
para ofrecer una lealtad incondicional
y para seguir liderando
aún cargando las flechas clavadas en la espalda.
Porque es gigantesca.
Porque la has domado.