Durante años atravesé un frío invierno, en mi soledad, siendo pisoteada por los que suponían que eran mis amigos, lloré a mares, nadie escucho mi agonía, ni mi dolor.
De cada dolor, aprendí a levantarme una y otra vez, se me partía el alma a mil pedazos por la tormenta de adversidades, que pase desde muy jovencita.
Justo ese dolor, fue el que hizo que sea más fuerte, durante el proceso que pase, entendí que la mayoría de personas no se muestran tal y como son, sino usan máscaras, para aparentar lo que no son, en la sociedad.
También aprendí que a las personas que consideran débiles, las tratan con crueldad, hasta los animales son más humanos, ya que cuidan de su camada.
Yo sé que en la etapa de la adolescencia, una etapa hormonal y llena de cambios físicos, inclusive en la infancia, son donde se producen traumas, unos aprenden a lidiar con ello, y otros se tiran al abandono total.
En realidad todo el mundo atraviesa por diversas dificultades, y no por eso hay que darse por vencido.
Sino seguir adelante y lograr tus objetivos, sin importar el que dirán, si te caes 1000 veces pues te levantarás 2000 más, porque la vida es un reto que da aprendizaje y lecciones, que te ayudarán a encontrar tu propósito en la vida.
Y la fuerza que buscas para atravesar todas esas adversidades, está en tu interior, en tu corazón, el cuál te hará resurgir de tus cenizas como un ave fénix, volverás a extender tus alas, elevarás vuelo y descubrirás que puedes resplandecer con una fuerza que jamás imaginaste tener.
No naciste para quedarte en el suelo. Naciste para levantarte, sanar, crecer y volver a volar.