Había una vez, al despertar la primavera, una pequeña flor de pétalos blancos como la nieve recién caída. Al abrir sus ojos al sol, notó algo extraño: a su alrededor, una marea radiante de flores amarillas cubría todo el prado.
Curiosa e inquieta, la flor blanca se giró hacia un pequeño brote verde que crecía a su lado:
—¿Por qué soy la única de este color? ¿Dónde están las demás como yo?
El pequeño brote, moviendo sus hojas con serenidad, le respondió:
—Así como ellas fueron creadas para vestir el campo de dorado, tú fuiste creada blanca. Ser diferente no te quita valor; al contrario, ante los ojos de quien camine por aquí, serás apreciada por la belleza singular que aportas al paisaje.
Con la duda aún rondando en su corazón, la flor continuó observando el prado. A lo lejos, divisó un grupo vibrante de flores de tonos violetas, rojos y naranjas, totalmente apartadas de las amarillas.
¿Será que no encajan entre ellas y por eso se evitan?, pensó. Tal vez allá sea mi lugar
Decidió inclinar su tallo hacia ellas, pero al llegar notó algo deslumbrante: aun en medio de una fiesta de tantos colores, sus pétalos blancos seguían destacando con una luz suave y propia. No necesitaba camuflarse ni esconderse.
En ese instante, la flor comprendió una verdad hermosa: no existía un grupo al que perteneciera por obligación, ni un color superior a otro. Sonrió al viento y se dijo a sí misma:
—Yo soy única, tal como las flores de colores son únicas, y tal como las amarillas brillan en su propia temporada. El prado es perfecto precisamente porque no todos somos iguales.