Hay algo en esa sensación de no poder parar, aunque sepas que algo anda mal. La curiosidad que no se detiene aunque tiemble.
La favorita
Dicen que la vida no tiene favoritos, aunque lo más probable es que si los tenga, pero que los haga sufrir para que hagan algo interesante que hacer; Olivia Rehegua Sall era efectivamente la…
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Hay algo en esa sensación de no poder parar, aunque sepas que algo anda mal. La curiosidad que no se detiene aunque tiemble.
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Dicen que la vida no tiene favoritos, aunque lo más probable es que si los tenga, pero que los haga sufrir para que hagan algo interesante que hacer; Olivia Rehegua Sall era efectivamente la favorita de la vida.
Era la noche del 26 de junio de 2007, previa a su séptimo cumpleaños. La niña de ojos morados que reflejaban el cielo nocturno volvía de una pijamada en la casa de su amiga Trinidad, en la que se leyeron historias de terror.
La niña, ya en su casa, estaba especialmente emocionada, saltando y gritando como suele expresarse una niña con tanta energía como ella, algo que sus padres, por primera vez, habían permitido hasta que se durmió en su cama con diseño de cocos y sandías.
Durante el sueño, Olivia permanecía sentada frente a una caja oscura con diseño estrellado. Olivia sentía que quería abrir la caja, pero sabía que no tenía que hacerlo, así que jugaba con tocarla y moverla, jugar sin abrir, hasta que sintió una punzada y sus ojos cayeron rodando por sus hombros. Despertó en su cama y, sin detenerse a otra cosa, dirigió su mirada a la puerta abierta de su habitación, sintiendo como si un imán mantuviera su vista en el umbral.
Sintió que tenía que contarlo, pero sus padres nunca prestaban atención a sus historias y, como siempre, despidió esperar a verse con Trinidad para hablar de eso, y Olivia volvió a su felicidad de cumpleaños. Sus padres la llevaron a cumplir el sueño que Olivia esperaba cumplir por años: entrar a la dulcería de 10 pisos frente a su casa, y era claramente lo que sus padres le dieron de regalo tras toda la espera. Olivia quería comprar de todo, y se le concedió desde caramelos de coco y sandía hasta los chocolates y rompe muelas que le pidió Trinidad.
La vida de Olivia al salir de la súper dulcería a las 10 de la mañana parecía perfecta para cualquier niño, aunque a veces se encontraba a sí misma con la mirada perdida en las sombras detrás de cada puerta, creyendo sentir que se le devolvía la mirada.
Almorzó golosinas e ignoró la sensación que se le devolvía cada que ella miraba cada puerta en automático. Con el tiempo, también se perdió en las ventanas y luego cualquier tapa, cualquier cosa se pudiera abrir o cerrar era un foco involuntario para sus ojos, mientras su nuca sudaba en frío.
Aún así disfruto del paseo por la ciudad que le dieron, Olivia siempre tuvo claro que no existen los monstruos e ignoró las memorias de historias de terror de la noche anterior.
El festejo finalmente llegó a las 6 de la tarde, cuando la metieron en un salón lleno por un lado de tíos y tias, abuelos y abuelas, primos y primas, extraños y extrañas; y por el otro lado amigos de la escuela, pero sin rastro de la más importante, su mejor amiga Trinidad. Olivia ya no se sentía tan bien, Trinidad no pudo ir por una infección estomacal y Olivia se quedó con todo el chocolate que no le gustaba para ella. Pero Olivia tenía más cosas en la cabeza, como que empezó a oír susurros en forma de llamados en las puertas, pero al acercarse a las puertas estos desaparecen como el agua en un colador.
Los otros niños no quisieron seguirle el paso, temblaban al ver cómo corría de puerta en puerta con una seriedad poco saludable en una niña de su edad.
Para Olivia no era un juego ni nada terrorífico, era una misión que cumplir que la mantenía con la piel de gallina, un misterio que sin Trinidad debía resolver sola. La pileta de pelotas, el inflable, los juegos en arcade y los ponies estaban en segundo plano para una niña con hambre de respuestas que solo podía alcanzar por sí misma.
Finalmente, tras recorrer el edificio desde el pelotero hasta la cocina, antes de la cena pero luego del ocaso, vio una puerta distinta, era transparente y con la palabra “salida de emergencia” resaltada en rojo. Fue ahí cuando Olivia pudo verla, una sombra absoluta e iluminada solo por dos orbes morados brillantes que se reflejaban en sus propios ojos morados como un espejo perfecto.
El primer paso de Olivia fue cauteloso y el segundo la hizo temblar, pero no se detuvo ante el miedo y se acercó cada vez más en una velocidad lenta pero constante. Sujetó el picaporte rojizo sin miedo y como si no le importara, abrió la puerta para salir en plena noche.
Olivia podía sentir como la figura oscura la envolvía con codicia antes de desaparecer repentinamente en la oscuridad y dejar a Olivia desmayada sobre el pasto en ese momento.
Al despertar, ya no era su cumpleaños, le quedaban algunos caramelos todos los chocolates en el bolsillo, pero un olor como a cenizas en la nariz. Olivia no pudo entenderlo en el momento, pero al levantarse pudo ver la ausencia del edificio y brasas que desprendían humo, pero a pesar de eso las puertas estaban ahí, cada puerta permanecía en pie y Olivia las reconoció como si fueran cómplices. Nadie la escuchó llorar y nadie la consoló, pero podía sentir como esas puertas podían escuchar.
Thoughts
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PermalinkHay algo en esa sensación de no poder parar, aunque sepas que algo anda mal. La curiosidad que no se detiene aunque tiemble.
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PermalinkEscalofrío
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PermalinkLa historia de esos ojos morados es inquietante. Me quedo pensando en lo que sigue. Tenes mas escritos por aqui?
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PermalinkSuena como que ella sabía desde el principio que había algo distinto esperándola esa noche, aunque lo negara mientras comía chocolate.
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PermalinkLos ojos morados que se devuelven como un espejo. Es esa simetría lo que queda dándote vueltas después, perfectamente aterrador.
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PermalinkEsa ansiedad que crece mientras todos disfrutan alrededor, las puertas llamando su atención una tras otra. Sé algo del estar solo en multitudes, pero esto es distinto. Es como si algo la buscara específicamente.
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