Capitulo 1: El nacer del humano.
El reino de Frizzcondy aguarda con expectación la llegada de la primogénita del rey Esmer. Sin embargo, la alegría se tiñe de tragedia cuando la reina sufre severas complicaciones durante el parto y fallece tras dar a luz.
De la tragedia nace una niña con una peculiaridad extraordinaria: padece de albinismo. Lejos de verlo como una señal de infortunio, el rey Esmer contempla su piel de nieve y la recibe como un auténtico milagro divino, bautizándola con el nombre de Eva.
El pueblo no tarda en profesar un amor profundo y devoto por la pequeña. Ante su nacimiento, el soberano toma una decisión firme: comenzar de inmediato la búsqueda del candidato digno de tomar su mano una vez que cumpla los dieciocho años. Por su parte, las criadas, aunque desconcertadas por la apresurada determinación de su señor, cuidan de Eva con la más delicada devoción, cautivadas por la belleza celestial que emana desde sus primeros días de vida.
-La señorita Eva es muy linda, aunque...es una lastima que la Reyna falleciera. Ella era el ejemplo a seguir.- Mira con una gran tristeza a la pequeña.
-Cierto...Pero observo que el rey no esta afectado en nada, que se esperaba de un matrimonio arreglado, es hipócrita de su parte. Total...ella no tiene la culpa de nada- Sonríe ligeramente al observar a la pequeña siendo sostenida por su compañera de trabajo.
—La señorita Eva es muy linda, aunque... es una gran lástima que la reina falleciera. Ella era el ejemplo a seguir —dijo una de las sirvientas, mirando con profunda tristeza a la pequeña en los brazos de su compañera.
—Cierto... Pero observo que el rey no está afectado en absoluto. ¿Qué se podía esperar de un matrimonio arreglado? Es hipócrita de su parte —respondió la otra, dejando escapar un suspiro mientras esbozaba una ligera sonrisa al contemplar el rostro angelical de la bebé—. En fin... la criatura no tiene la culpa de nada.
Un silencio pesado se apoderó de la recámara real, roto únicamente por la suave respiración de la recién nacida. Las pesadas cortinas de terciopelo penas dejaban pasar la luz de la tarde, proyectando largas sombras sobre la cuna tallada en roble.
En el pasillo exterior, el eco de unos pasos firmes hizo que ambas criadas se tensaran al instante. La puerta de roble se abrió sin llamar. El rey Esmer permaneció bajo el umbral, con la mirada fija en su hija y un semblante indescifrable que no revelaba ni rastro del duelo que el reino entero esperaba de él.
—¡¿Cómo está mi gran y hermosa hija?! —exclamó el rey con desbordante alegría, caminando a paso firme y apresurado hacia nosotras.
—Ella se encuentra bien, majestad. No debe preocuparse —respondió una de las sirvientas haciendo una reverencia.
—Amo... no quisiéramos dudar de su decisión —se atrevió a decir la otra, sosteniendo a la pequeña con cautela—, pero ¿no cree que es demasiado apresurado buscarle un marido a la señorita? Apenas es una bebé...
—Encontrar al indicado lleva tiempo —interrumpió el rey Esmer sin borrar la sonrisa de su rostro—. Asegurarlo desde ahora es lo correcto. De este modo, tendré garantizado a un heredero con una buena bendición para gobernar el reino.
Sin más, me arrebató abruptamente a la bebé de los brazos. La alzó en alto con un entusiasmo desmedido, aunque en el fondo era evidente que su alegría no provenía del simple amor de un padre por tener a su hija en brazos, sino del frío cálculo sobre el futuro de su trono.
El pueblo avanzaba con una lentitud tortuosa, mientras Eva mas crecía. Mas grande las reglas estrictas eran.
El pueblo avanzaba con una lentitud tortuosa a medida que yo crecía, y a la par de mis años, las reglas en el palacio se volvían cada vez más estrictas y asfixiantes.
—Señorita Eva, debería darse ya su baño de pétalos —mencionó Karin, una chica sumamente amable. Ella era una de la sirvienta que más amaba que me cuidara; en realidad, las cu habían sido como mis verdaderos padres y madres. Mi padre biológico se la pasaba todo el tiempo volcado en la política, asegurando que "ayudaba a los pobres". Era un temerario descarado. ¿Cómo podía llamar ayuda a servir banquetes ostentosos frente a gente hambrienta, ignorando por completo sus verdaderas necesidades?
—En un momento me meto a la bañera. Espera pacientemente mientras me arreglo para cubrir mi cuerpo con los pétalos —mencioné con voz baja hacia la sirvienta que me aguardaba junto a la tina.
Mi tono pausado y sumiso era el resultado directo de la estricta enseñanza que había recibido. Mi instructora había sido una mujer fría e inhóspita que jamás desaprovechaba una oportunidad para calumniarme o hacerme sentir insuficiente.
Aunque eso jamás ocurrió; insuficiente no lo soy en lo absoluto. Con el tiempo me he convertido en una persona sumamente cavilosa. A pesar de mi corta edad, siento que poseo un pensamiento mucho más maduro y perspicaz que todo el reino junto. No me siento como una niña cualquiera de apenas ocho años.
—Señorita Eva, venga y acomódese como guste en la bañera, le lavaré la espalda —dijo Karin, dejando escapar una dulce risita.
Dejé salir un largo suspiro antes de responderle en aquella lengua antigua que era un recuerdo de mis antepasados:
—Ești atât de incredibil de calm, încât îmi vine să-ți pun răbdarea la încercare; chiar ar trebui să te exprimi mai mult. Nu știu dacă e ceva în neregulă cu tine, dar dacă aș afla, m-aș simți prost. (Eres tan increíblemente tranquila que me dan ganas de poner a prueba tu paciencia; realmente deberías expresarte más. No sé si hay algo malo contigo, pero si me enterara, me sentiría mal).
—No se preocupe, señorita —respondió Karin con una sonrisa serena, comprendiendo el fondo de mis palabras aunque el idioma fuera misterioso para el resto—. Pero no puedo molestarme con usted. Es algo simplemente inexorable...
-Que remedio...Eh mejorado mi vocabulario, ya mejore mi romano.
-Me alegro mucho, ama.
Es molesto verla tranquila, sabiendo que mi mente no puede callarse ni una sola vez.
CONTINUARA...