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La ejecución del fraile maldito

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MINUTA DE BATALLA #12

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Ovid

Me encantó lo del cambio de capuchas, que el fraile lo vende como acto de nobleza y el verdugo lo acepta porque lleva tres años sin que nadie lo bese ni le traiga una camisa limpia. Y tu comentario de que el fraile solo se divierte me deja con ganas de la

Me encantó lo del cambio de capuchas, que el fraile lo vende como acto de nobleza y el verdugo lo acepta porque lleva tres años sin que nadie lo bese ni le traiga una camisa limpia. Y tu comentario de que el fraile solo se divierte me deja con ganas de la siguiente. ¿Dónde más puedo leer sobre las minutas de Don Carlos Kirk?

Contenido de la publicación

MINUTA DE BATALLA #12

Por lo general, los que van a morir lloran, se ponen pensativos o se emborrachan; mas todos tienen algo en común: desconexión, abandono. Este condenado era distinto. Estaba ansioso, sí, pero de pura emoción. Al parecer, aquel hombre era único: se había preparado tan, pero tan bien, que non mostraba una sola gota de miedo. Antes bien, andaba preocupado porque le había salido una espinilla el día más importante de su vida, como novia histérica en vísperas de bodas.

—«¡Qué ojeras! —decía, mientras el muchacho del espejo, que cobraba por minutos, lo contemplaba como a su único héroe para toda la eternidad—. ¡Jesús non me ha de querer con estas uñas todas sucias!»

Mandó llamar al mejor peluquero y le pagó una suma desmedida, más sus correspondientes propinas. Lo mismo hizo con el costurero, el pastelero, los pajes, los testigos y los músicos. El verdugo estaba confundido. Jamás había visto condenado alguno comportarse como novia de Godzilla organizando sus propias bodas.

El de las flores salió de allí insultado: el ataúd le daba piquiña y olía a cosa fea; el embalsamador, para colmo, había olvidado traer la jarra para el hígado. Todo era el caos propio de una celebración hecha con demasiada solemnidad.

Cuando llegó el banquete, apenas cupo en la plaza. A cada convidado se le daría, además, una canastilla de flores, y los manteles serían blancos como nubes. El verdugo comenzó a sentirse mal vestido para la ocasión cuando vio la pulcritud con que ensayaban los doce pajes encargados de sostener el velo del condenado.

Luego reparó en los palos de la hoguera. Estaban chuecos. Hubo que barrer la tarima. Tomó él mismo la escoba, mientras la plaza iba transformándose en un hermoso banquete, con todos vestidos de gala y los adultos repartiendo dulces a los niños, que cantaban a las puertas de sus casas.

«Barrer la tarima antes que el verdugo no causó sospechas, era parte de su treta. El público debe saber sin saber, para no levantar sospechas, que hoy es verdugo el condenado, y todo estaba muy bien ensayado: el buen artesano sabe y también el maldito brujo: que más poderosa que el hacha siempre será la escoba.»

En verdad, el pueblo estaba de fiesta. Todo el mundo quería despedirse del condenado fraile. La fila era ignorada, pues él mismo, encaramado en una escalera, colgaba las guirnaldas.

—«¡Las cartas non las alcanzarás a leer!» —le gritó una doncella hermosa.

Y comenzó a recitarle un poema que él mismo había escrito. Mas, en medio de la bulla, todos la ignoraron; ni siquiera este escribano habría de recordar una sola letra.

Luego llegaron los cristianos: novecientos intercesores, maestros en oraciones, salmos, alabanzas y odas a Cristo. Detrás de una virgen llegaron católicos, judíos, moros y un inglés que non hablaba con nadie, y que se limitaba a hacer bocetos y anotar en su libreta aquello que juzgaba importante.

Mientras dos sirvientes y una dama lo vestían y maquillaban delante del muchacho del espejo, el capellán le recordaba qué debía decir y cómo había de conducirse al llegar al palacio de Dios. Era, en verdad, el día más importante de su vida. Y non pensaba escatimar gasto alguno. Todo había de estar a la altura de la ocasión.

Mas la espinilla fue lo peor. Cuanto más la apretaban y manoseaban, más crecía. El condenado se negó a salir en semejante estado, y los polvos con que le cubrieron el rostro no hicieron sino empeorarlo. Finalmente se quitó el traje, se echó sobre la cama y quedó allí, frustrado.

—«¡Non le ha de alcanzar el tiempo si non se apresuran! ¡La ejecución será a las seis!» —gritó un paje, y salió corriendo.

El alboroto fue todavía mayor. Quería sorprender a Jesús recitando el salmo ciento diecinueve, mas, por falta de tiempo, hubo de memorizar el veintitrés a toda prisa. Con un poco de hielo, la espinilla quedó por fin domada.

El verdugo mandó llamar a su mujer para que le trajese otra camisa. Ya se rascaba los muslos, nervioso, avergonzado del mugre de sangre negra, tiesa y vieja que llevaba encima. Y aquellos zapatos... ni siquiera les había pasado un trapo. Ya quería que se lo tragase la tierra.

—«¿And vos me vais a matar vestido así?» —preguntó el condenado al verdugo.

Y se desmayó cuando oyó que sí.

Finalmente hallaron un traje decente, zapatos y hasta calzoncillos limpios y frescos para el verdugo. ¡Todo estaba listo! ¡Qué emoción! Lo mejor fue que se bañase. Era otro hombre. Afeitado, limpio y compuesto, aunque los zapatos le quedaban un poco grandes, se veía magistral. Jamás había estado tan bien presentado.

Cuando llegó su esposa con la camisa, lo besó después de tres años. Mientras una doncella le amarraba los zapatos y el capellán lo perfumaba con agua bendita, el verdugo comenzó también a contagiarse de la fiesta. Tomaba copas de las bandejas de los meseros que pasaban y, finalmente, se acercó al condenado para hacer conversación.

—«Pareciera que jamás hubierais visto morir a un cristiano rico» —le dijo el fraile, ya vestido con su ajuar de novio, puesto con exquisito gusto.

Faltando una hora, sacaron a todos de la celda para la confesión. Solo quedarían el padre, el condenado y su verdugo. Ah, y el muchacho del espejo.

El fraile, que ya sabía dónde habría de acabar aquella noche, miró al hombre que habría de darle muerte. Sonrió.

—«Saluda a Satanás de mi parte. Yo le diré a Jesús que te felicite, pues hiciste buen trabajo aquí.»

El verdugo sonrió, mas bajó los ojos.

—«Tengo una sorpresa para vos» —dijo el fraile condenado.

Y le entregó una carta.

Comenzó a lloviznar. El condenado dio una patada a la pared y se sentó en un rincón.

—«Levántate ya, que estás siendo grosero con tu verdugo. La Biblia nos enseña non solo a respetar, sino mucho más, a amar. Además, ya está escampando. ¿Es que en este cochino pueblo nunca han ejecutado a un cristiano rico? ¿Non tienen experiencia previa?»

El verdugo lloró. El sacerdote hizo una seña al fraile y salió. El fraile se puso en pie.

—«Tengo una idea. Voy a darte la oportunidad de salvarte, salvándome a mí. Cambiemos las capuchas. Dios te perdonará por este acto de nobleza y por mi buen testimonio.»

Hicieron juntos la oración del cristiano.

—«Siento paz —dijo el verdugo.»

«—Mi hermano —susurró el verdugo llorando—, que ya no me queda espinazo para sostener el peso de la plaza, y prefiero mil veces hoy ser la carne que arde que el hombre que sostiene la antorcha como siempre.»

El fraile se arrodilló junto a él.

—«Non puedes volver a pecar. Eso es importante. Yo convenceré a Jesús de que te perdone. Sabes que soy caballero, y mi palabra es contrato.»

Bebieron un trago.

—«And cuando llegues a la cuarta dimensión, non te preocupes por llegar antes que yo. Allí non hay tiempo.»

Callaron. Luego cambiaron las capuchas.

«Mudó el verdugo su capucha por la del reo, no por necedad ante la doctrina del fraile, sino porque traía tanta sangre vieja metida en las calzas que solo el fuego de su propio cadalso le pareció agua limpia para lavarse.»

Al poco rato, el verdugo caminaba hacia la hoguera con la capucha del fraile, y el fraile llevaba la llama.

Antes de separarse, el fraile puso una mano sobre el hombro del hombre.

—«Confía en mí —dijo—. Nos vemos en cinco minutos, en el cielo.»

MINUTA DE BATALLA DE DON CARLOS KIRK #3

El enigma del pergamino encriptado

Memorial del fraile que le acompañaba, escrito al modo de los diarios de batalla. Destrúyase antes de caer en manos enemigas.

Mi señor ya tenía al maldito agarrado por el pescuezo y buscaba la daga, cuando el infeliz, con un abanico de su cuello, se soltó y dejó a mi señor con el trapo de la capucha entre las manos. Mi señor lo correteó daga en ristre:

—«¡In the name of Christ, fuera de aquí, demonio!»

Y así fue tras él, con la daga en una mano y el trapo en la otra, que llevaba ya como improvisado escudo.

Entonces, como guiado por gato endemoniado, el maldito saltó del quinto piso del palacio y vino a fijarse en una cornisa, desde donde echó a correr por los tejados como brujo sin sustancia. Mi señor me contuvo antes de que yo mismo me lanzara tras él.

—«Esto está mal —me dijo—. Esto ha sido muy bien ensayado.»

Y entonces me sentí como aquel músico malo que no ensaya y yerra justo delante de toda la corte.

La mano de mi señor sangraba, mas no reparó en ello, porque dentro del trapo había un pergamino escondido, sellado con tanta cera que parecía una vela consagrada al mismísimo demonio. Forcejeamos por el papel. Yo no quería que mi señor se envenenara; habría probado el veneno por él. Mas me apartó con la daga y me abrió la mejilla, dejando esta cicatriz que aún porto con vergüenza. Y me gritó, aullando como gato herido:

—«¡Que a un señor no se le toca!»

Yo retrocedí. Entonces mi señor, todavía jadeante por la batalla, me agarró de ambas orejas, como si quisiera arrancármelas, iracundo, y dijo:

—«¡Que necesitaré un aguador como tú por el resto de mi vida, si se me llega a la puta gana de leerlo!»

Todos pensamos que mi señor iba a perder la cabeza, pues tener que conservar un pergamino en la bóveda al que no hay que leer es peor que leerlo. Mas mi señor era caballero de las lenguas y, por tanto, decidió que nos fuéramos de vacaciones. Organizó una campaña contra los moros y acabamos en Marruecos, tendidos en la playa, donde mi señor, relajado y borracho, sostenía una margarita en la mano.

Aproveché su mansedumbre.

—«Señor, ¿no os picó leerlo?»

Mi señor me arrojó el cóctel por la cara. Luego miró al cielo, como pidiendo a Dios que me llevase consigo, y dijo, iracundo:

—«¿Cómo se te ocurre leer sus letras, cuando ya has leído sus sucias intenciones? ¡YO YA LO LEÍ!»

Y se marchó tambaleándose hacia el casino.

Cuando regresamos, se veía el humo desde lejos: dos incendios, uno de ellos con vapor, ya apagado; el otro, fresco todavía. Al pasar, hallamos a muchos caballeros nobles de la corte ahorcados o decapitados. Había dos que habían muerto al mismo tiempo, entrelazados con sus lanzas, y los niños no podían dejar de mirarlos.

Al llegar a la corte, sentí que el aire estaba limpio de traidores. Los codiciosos ya no estaban. Tampoco estaba el obispo. Y sentí gran alivio al saber que se hallaba asustando a un niño y había vuelto con Firulais.

Entonces mi señor, en un acto de nobleza que aún me cuesta comprender, me regaló el pergamino.

—«No lo subastéis —me pidió—. Leedlo.»

Lo abrí. Y allí encontré los poemas más hermosos que jamás había leído, escritos por la pluma de mi señor, hoy mártir. Lloré.

Fue entonces cuando, como al final de esas películas que explican la trama cuando ya todos hemos sufrido bastante, mi señor me confesó la verdad: el mismo día en que recibió el pergamino, no pudiendo resistirse a él, lo quemó sin leerlo. Luego lo falsificó. Le fue fácil.

Habían puesto tanta cera sobre el pergamino que aquello había dejado de ser un sello y se había convertido en una vela hueca, sin mecha, con nombres del diablo y pentagramas escritos por fuera.

Aquí dice el escribano que el pergamino nunca fue quemado. Fue hallado cien años después, pero nadie lo entendió. El maldito había encriptado su blasfemia con visiones de un futuro improbable, burlándose de las Sagradas Escrituras descaradamente.

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  • Ovid

    Me encantó lo del cambio de capuchas, que el fraile lo vende como acto de nobleza y el verdugo lo acepta porque lleva tres años sin que nadie lo bese ni le traiga una camisa limpia. Y tu comentario de que el fraile solo se divierte me deja con ganas de la siguiente. ¿Dónde más puedo leer sobre las minutas de Don Carlos Kirk?

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  • nombredeusuario

    MI FAVORITO, PERO OJO, NO SE ENAMORE DE ESE FRAILE, QUE ESE NO POSEE INTENCIONES, SOLO SE DIVIERTE

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