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la hija de la Luna y el lunático

AYClover
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El tiempo en los Cárpatos no se mide en horas, sino en la velocidad con la que el frío devora la voluntad.

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Contenido de la publicación

El tiempo en los Cárpatos no se mide en horas, sino en la velocidad con la que el frío devora la voluntad.

A kilómetros de la cabaña, Stefan seguía atrapado en la bruma conjurada.

El licor de ciruelas, que antes le prometía calor, se había convertido en un veneno helado que le robaba la energía.

Caminaba de forma errática, con los labios demasiado entumecidos para formar el código del silbido.

Sus botas eran bloques de piedra, y el temblor de su cuerpo ya no era por rabia, sino el último mecanismo de defensa de un organismo que comenzaba a apagarse.

—Lachi... —susurró, pero de su boca solo brotó un quejido ronco.

Tropezó y cayó de bruces.

La escopeta, su símbolo de poder, se hundió en la nieve, abandonándolo.

Fue entonces cuando el dolor cesó.

Un calor engañoso y dulce empezó a extenderse por su pecho: la seducción de la hipotermia.

Stefan sonrió, confundido.

Sus pensamientos se dispersaron como el vapor de su aliento.

—Estás aquí... —murmuró, mirando hacia la penumbra.

En su delirio, creyó ver una silueta blanca.

No era la salvación, sino el frío cobrando su deuda.

Justo cuando Stefan se entregaba al sueño definitivo, una silueta blanca, más majestuosa y terrible que cualquier lobo, emergió de la bruma.

—Lachi... —balbuceó, con la lengua pesada.

El animal no respondió con afecto.

Con una pata firme, lo golpeó para obligarlo a rodar sobre la nieve. El dolor de las garras rasgando su abrigo envió una descarga eléctrica a sus nervios anestesiados.

Stefan, buscando el calor de su antigua compañera, se aferró al cuello de la bestia, pero se apartó con un grito ahogado.

No había calor.

El pelaje era tan frío como un bloque de mármol bajo un glaciar.

—Estás muerta... —sollozó Stefan, hundiéndose en la nieve—. Estoy muerto. Eres mi propia sombra.

Entonces, el lobo abrió el hocico y una voz que sonaba como mil cristales rompiéndose vibró en los huesos del hombre:

—Si estuvieras muerto, mortal, no sentirías el miedo que ahora te hiela la sangre.

Stefan soltó una carcajada histérica que le desgarró la garganta.

—¡El purgatorio! —gritó al cielo negro—. ¡He llegado al juicio y mi juez es una loba que habla! ¡Mátame de una vez!

La deidad se acercó a su rostro. Sus ojos plateados quemaban lo poco que quedaba de la cordura de Stefan.

—Vivirás —sentenció la voz de la Luna—. Pero, a cambio, cada noche de plenilunio llevarás a la Cueva del Olvido ropas finas, pan tierno y los libros de medicina que guardan los gitanos.

No preguntarás para quién son.

No buscarás a quien los recibe.

La Luna le ordenó buscar a Yeray Zalazar, «el Drao».

—Él proveerá la medicina. Tú pondrás el resto. Dile que es el diezmo de la noche.

Stefan balbuceó, temiendo la furia de los gitanos si intentaba robar sus secretos.

—Si se oponen, diles que su Señora del Cielo lo ordena. Y si Yeray, el orgulloso Zalazar, se atreve a cerrar su mano... muéstrale esto.

La loba dejó caer un pedazo de tela amarillenta y ruda.

Stefan lo tomó con dedos torpes.

Era la manta en la que Amaya había sido envuelta el día que su propio padre la sentenció a muerte.

Un secreto que quemaría las manos de Yeray si llegaba a verlo.

Stefan se desplomó, y la conciencia finalmente lo abandonó.

La Luna, con un esfuerzo de voluntad, lo arrastró hasta la antigua cueva de Lachi.

Allí, lejos de su arma perdida en la nieve, lo dejó sobre el suelo de piedra.

Antes de partir, sopló sobre las sombras y el fuego azul brotó en el centro del lugar.

Las bestias de las grietas retrocedieron ante la luz divina.

La marca estaba puesta.

Ese hombre era propiedad de la Luna, y ningún colmillo se atrevería a tocarlo.

La Luna se retiró, fundiéndose con la noche para volver con su hija.

Amaya la necesitaba para aprender a ser la mujer que, tarde o temprano, vería a Stefan llegar a la cueva cargado de ofrendas y de un miedo que no se cura con licor.

Amaya abrió los ojos.

El calor del fuego azul había obrado el milagro: su piel de porcelana ya no estaba gélida, sino tibia, latiendo con una vitalidad nueva.

Se incorporó sobre el banco de madera, sintiendo el peso sagrado de la piel de lobo que la envolvía.

Frente a ella, su madre permanecía inmóvil, una silueta de luz pura que observaba la puerta como si contara los latidos de un cronómetro invisible.

Solo quedaban dos horas para que el sol reclamara el dominio del cielo.

—He vuelto de la oscuridad, Lachi —dijo la Luna sin girarse—. He salvado al humano que no tuvo la paciencia de esperar a la mujer. Su vida es ahora una moneda de cambio.

La deidad le explicó los términos del pacto: Stefan llevaría ofrendas a la Cueva del Olvido en cada plenilunio. Pagaría su desprecio con sustento.

—Tú irás por lo que es tuyo y volverás aquí antes de que el mundo despierte.

Amaya tembló, no por el frío, sino por la inmensidad de su nueva soledad.

Se miró las manos pálidas, tan desprotegidas.

—¿Y si las bestias me ven como presa? ¿Y si el bosque se cierra sobre mí y olvido el camino?

—El bosque no olvida a quien lo ha recorrido mil veces —sentenció su madre—. Tus pies recordarán lo que tus patas aprendieron. Pero, para que no yerres, te daré una guía.

La Luna le reveló el secreto del sendero: durante las noches de plenilunio, Amaya recuperaría su forma de loba por unas breves horas.

—Recorrerás un camino marcado por pequeñas flores carmesí que brotarán del hielo, tiñendo la nieve de un rojo violento. Los hombres que vean el rastro pensarán que es la sangre de una presa arrastrada y se alejarán por miedo al depredador. Al salir el sol, las flores morirán. Serás un fantasma que nadie podrá seguir.

De pronto, una serie de aullidos rasgaron el aire exterior.

No eran lamentos, sino saludos de un respeto ancestral.

La puerta de la cabaña, empujada por un viento sobrenatural, se abrió de par en par.

Bajo la luz mortecina de la madrugada, apareció la manada.

Eran los alfas de la tercera generación, bestias imponentes de ojos como azufre, que entraron con paso pesado y sumiso.

Traían en sus fauces tributos para su reina: liebres frescas, hierbas para fortalecer la sangre y ramas de pino.

El lobo más grande se detuvo frente a Amaya.

Olfateó el aire, buscando a la cachorra de plata que había conocido inviernos atrás.

Al no encontrar el pelaje, soltó un gruñido bajo: un reconocimiento de que aquella criatura de piel fina era ahora sagrada, una extensión de la propia Luna.

—Esta es la última vez que serás humana en la Luna Nueva —advirtió la madre, mientras su cuerpo empezaba a volverse traslúcido—. Los tiempos se han invertido para ti, Lachi. La luz y la sombra han cambiado sus lugares en tu alma...

En ese instante, los primeros rayos del sol se filtraron por la ventana como dedos de fuego.

—Pero eso lo entenderás cuando el hambre vuelva.

La Señora de la Noche no se despidió.

Simplemente se disipó, transformándose en una neblina dorada que se evaporó con el rocío.

Amaya se quedó sola.

Envuelta en pieles de lobo, rodeada de carne cruda y bajo el calor de un fuego azul, observó cómo el bosque de los Cárpatos despertaba.

Ahora compartía un secreto con un hombre medio loco en una cueva, y la cuenta atrás para su primer encuentro como humana acababa de comenzar.

Stefan abrió los ojos y lo primero que sintió fue un martilleo rítmico detrás de las sienes.

La resaca del licor le pasaba factura, dejando un regusto a cobre y fruta podrida.

Intentó moverse, pero sus músculos estaban rígidos como madera vieja.

Sin embargo, no sentía frío.

A pocos metros, el fuego azul bailaba sin crepitar, proyectando sombras imposibles en las paredes de la cueva.

Estaba seco.

La nieve de sus ropas se había evaporado bajo aquel calor místico que no olía a quemado, sino a aire limpio después de una tormenta.

El pánico lo golpeó antes que la memoria.

Buscó su escopeta, pero sus manos solo encontraron piedra fría.

En ese instante, un gruñido profundo le heló la sangre.

Recortados contra la luz grisácea del amanecer, aparecieron los alfas.

Eran los mismos que habían custodiado a Amaya.

Sus ojos amarillos brillaban con una inteligencia cruel.

Stefan se pegó a la roca, hiperventilando.

Las bestias no le mostraron los dientes; simplemente cerraron el espacio en una maniobra de pastoreo, empujándolo con sus cuerpos macizos hacia la salida.

Era una escolta forzosa.

La naturaleza lo expulsaba de su vientre por orden de la Luna.

En su huida, Stefan estuvo a punto de pisar un objeto que destacaba en el suelo gris.

Sus ojos se fijaron en la tela amarillenta y vieja.

Recordó la voz de la loba y el nombre de Yeray Zalazar.

Recogió la manta del nacimiento de Amaya y la escondió bajo su abrigo como un tesoro maldito.

Corrió ladera abajo sin mirar atrás, sintiendo que los ojos amarillos le quemaban la nuca hasta que los pinos ocultaron la entrada.

En ese momento, el fuego azul se extinguió de golpe.

Stefan entró en la aldea de Vatra tropezando con sus propios pies.

Al llegar a la plaza, Marta lo vio desde la puerta de la panadería.

Soltó su bandeja de mimbre y corrió hacia él, pero no con ternura, sino con una alarma cargada de juicio.

—¡Stefan! ¡Por los santos, mira cómo vienes! —gritó, tomándolo de los hombros.

—Eran ellos, Marta... —balbuceó él con la voz rota—. El fuego era azul, como el hielo. La loba habló... Tengo una deuda de sangre y pan.

Marta sintió un escalofrío de vergüenza.

Los vecinos empezaban a asomarse.

Para ella, Stefan no era un elegido; era un borracho que había sucumbido al delirio de la nieve.

—¡Cállate antes de que todo el pueblo piense que has perdido el juicio! —le espetó, arrastrándolo hacia la casa del molino.

Una vez dentro, el calor de la cocina le dio una bofetada de realidad.

Marta, con movimientos bruscos, empezó a despojarlo de sus ropas jironadas.

Al sacudir el abrigo, la manta vieja —el retal del nacimiento— cayó al suelo.

Stefan se lanzó por ella, pero sus dedos entumecidos fallaron.

—¡Eso no! ¡Es el pacto! —gritó.

Marta, con una mueca de asco, pateó el trozo de tela bajo un banco de madera mugriento.

—¡Eso es basura, Stefan! Un trapo viejo de algún nido de ratas —sentenció.

Para Marta, aquel objeto no era más que suciedad que empañaba su futuro matrimonio.

Lo empujó hacia la tina de agua humeante.

—Entra ahí. Necesitas que el calor te saque esas tonterías de la cabeza antes de que el cura te declare loco.

Stefan se hundió en el agua, pero el calor le dolía.

Sentía que el agua le arrancaba la protección divina.

—No es una tontería... El «Drao»... Yeray Zalazar... tengo que llevarle la medicina...

Marta se detuvo en la puerta, ajustándose el delantal con determinación severa.

—No vas a ir a ningún campamento gitano. Si vuelves a mencionar a los lobos, Stefan, juraré que el bosque te ha podrido el alma.

Cerró la puerta con llave por fuera, dejando a Stefan solo entre el vapor.

Él se quedó allí, mirando el agua turbia.

A pocos metros, bajo el banco, el retal de tela esperaba.

Stefan sabía que Marta podía lavarle el cuerpo, pero no la memoria.

Tenía que recuperar ese trapo.

Tenía que cumplir.

Porque, si la Luna Nueva llegaba y él no había visitado al Drao, el fuego azul no volvería para calentarlo, sino para consumirlo.

Thoughts

  • dcabrera55

    Lo que aprenden los taxistas: una deuda no se paga, se carga. Stefan va a estar ahí para siempre, a merced de eso.

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  • climaHostil

    El frío de los Cárpatos sobra. La Luna daña, Stefan paga, Amaya queda atrapada. Qué cosa más real de soñar.

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