La Desición
Nuevamente estaba aburrido, así que entré a la web para ver si había algún anuncio que llamara mi atención. Casi siempre eran las mismas personas o el mismo método: mandabas un mensaje y te respondían como un bot, con tarifas, servicios y un texto que parecía copiado y pegado mil veces, donde la mayoría parecía una estafa. Pero esa noche apareció un anuncio nuevo.
Era alguien sin fotos, con un título simple: “soy yo”.
Y debajo, una descripción aún más directa:
— Si estás seguro y sabés lo que querés, escribime.
Guardé el contacto. Dudé. Seguí scrolleando un rato más, buscando fotos, distrayéndome, llenándome de esa dopamina rápida que te deja medio vacío después. Y al final me dormí.
Los días pasaron, pero ese anuncio seguía rebotando en mi cabeza cada vez que no estaba concentrado en nada. Como un eco molesto en el fondo:
— Si estás seguro y sabés lo que querés…
Después de varios días, finalmente me animé a escribirle. Sentí que, dado lo escueto del anuncio, tenía que responder en el mismo tono:
— Hola, acá estoy. Seguro de lo que quiero.
Apenas apreté enviar sentí como si soltara una mochila pesada que venía cargando sin darme cuenta.
Pasaron tantas horas que me olvidé del tema. Hasta que, a las tres de la mañana del día siguiente, recibí un mensaje:
un CBU. Y una orden imperiosa:
— Depositá 200 mil y vemos qué tan seguro sos.
Ahí entendí todo. Había caído en una estafa ridícula. Me reí solo, pensando qué tipo de persona podía morder semejante anzuelo tan evidente.
Esa misma noche soñé. Me veía como un pez en el agua, nadando tranquilo entre anzuelos enormes, burdos, casi grotescos. Mientras avanzaba, veía cómo otros peces se clavaban en esas trampas y pensaba: “qué idiotas”.
Pero cada noche soñaba lo mismo.
Hasta que, en la novena noche, apareció frente a mí un pecesito pequeño, brillante, casi apetitoso. Me lancé a devorarlo sin dudar. Todo era divertido, instintivo, hasta que sentí el tirón.
El anzuelo se clavó en mi boca.
Y en un segundo fui arrancado hacia la superficie.
Me desperté sobresaltado, todavía con la sensación del tirón en la mandíbula, como si algo me hubiera arrancado del sueño a la fuerza. Me quedé unos segundos quieto, respirando rápido, pensando en ese pez diminuto y suculento que, en realidad, no existía.
Todavía no sé si fue el sueño, el aburrimiento, la soledad disfrazada de curiosidad… o algún impulso estúpido dentro mío. Pero sin pensarlo demasiado, abrí el homebanking y transferí los 200 mil.
Cuando cayó la confirmación, sentí un pinchazo de adrenalina mezclado con vergüenza. Era consciente de lo que estaba haciendo, pero aun así no pude evitarlo. Como si algo me empujara a seguir.
Pasaron apenas unos minutos hasta que llegó su respuesta:
— Muy bien. Mandame la ubicación y ahí estaré.
Sin pensarlo, le envié mi dirección. El corazón me latía a mil, tan fuerte que sentía el pulso en los oídos. La incertidumbre de no saber quién —o qué— podía llegar a tocar el timbre de mi casa era algo imposible de describir. Una mezcla de adrenalina, miedo y esa curiosidad que te empuja aunque sepas que vas directo a un problema.
Pero, como siempre, mi parte más pensante terminó tomando el control. Y con ella vinieron de golpe todos los pensamientos de arrepentimiento. Todos los “¿qué carajos acabo de hacer?”, todos los escenarios posibles… y ninguno era bueno.
Cada imagen mental era peor que la anterior.
Y aun así, ya estaba hecho.
Minutos después el timbre sonó con una seguridad que no dejaba lugar a dudas.
Respiré hondo. Yo también estaba seguro.
Apreté el picaporte y abrí.
Nos vimos a los ojos.
Y en ese instante, sin que nadie hablara, entendí que los dos sabíamos lo que hacíamos.
Pero solo uno sería el pez.