Damián contesta que puede ser, en vez de defender su materia, y eso me hizo pensar en cuánta gente recuerda una clase entera por una sola frase suelta. Se nota que escribiste esto con el aula delante. Apuesto a que la chica que se queda en la puerta existió y que todavía te acordás de su cara.
La clase que no estaba en el programa
Enseñar no es llenar una cabeza de conocimientos; es encender en alguien las ganas de descubrir todo lo que todavía puede aprender.
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Pensamiento
Damián contesta que puede ser, en vez de defender su materia, y eso me hizo pensar en cuánta gente recuerda una clase entera por una sola frase suelta. Se nota que escribiste esto con el aula delante. Apuesto a que la chica que se queda en la puerta exist
Contenido de la publicación
Enseñar no es llenar una cabeza de conocimientos; es encender en alguien las ganas de descubrir todo lo que todavía puede aprender.
—¡Rodríguez!
El ruido de una lapicera golpeando contra el banco hizo que Damián levantara la mirada.
—¿Qué pasó?
—Nada, profe.
—¿Cómo que nada?
—Se le cayó.
—¿A quién?
Silencio.
Damián miró hacia el fondo del aula.
Tres chicos se estaban aguantando la risa.
—Bueno —dijo—. Si van a hacer ruido, por lo menos háganlo con fines científicos.
Las risas explotaron.
—¿Vio? —dijo uno—. Yo le dije que era científico.
—Sí, claro. Premio Nobel de la boludez.
Otra vez las risas.
Damián esperó unos segundos.
En el primer banco, una chica tenía el celular escondido entre las hojas. Dos alumnos discutían por algo que había pasado en el recreo. Otro dibujaba en el margen de la carpeta. Había uno mirando por la ventana como si la clase estuviera sucediendo en otro planeta.
Damián no se enojó.
Se dio vuelta y volvió a escribir en el pizarrón.
LA CÉLULA.
—Bueno. ¿Qué es una célula?
Nadie respondió.
—Dale. Algo tienen que haber aprendido.
—La unidad básica de los seres vivos —dijo una voz.
—Bien.
—¿La unidad básica de los seres vivos? —preguntó otro—. ¿Y para qué sirve saber eso?
Damián se quedó quieto.
—¿Para qué sirve?
—Sí, profe. En serio. Yo termino el colegio y no voy a usar esto nunca más.
Algunos asintieron.
Damián apoyó el marcador sobre el escritorio.
—Puede ser.
La respuesta sorprendió a todos.
—¿Puede ser?
—Sí. Puede ser que nunca más necesites recordar exactamente qué hace una mitocondria. Puede ser que te olvides de un montón de cosas que hoy estudiás. Puede ser que dentro de diez años no recuerdes absolutamente nada de esta clase.
Hizo una pausa.
—Pero eso no significa que esta clase sea inútil.
Miró el aula.
—¿Saben algo? Yo también fui alumno.
Algunos levantaron la cabeza.
—Y no era precisamente el alumno que ahora me gustaría tener sentado adelante.
Se escucharon algunas risas.
—Yo también miré el reloj esperando que sonara el timbre. También tuve ganas de irme de una clase. También pensé que algunos profesores hablaban demasiado, que otros no entendían nada de lo que nos pasaba y que había materias que no servían absolutamente para nada.
—¿En serio, profe?
—En serio.
Damián sonrió.
—También tuve profesores que no soportaba.
—¿Y qué les hacía?
—Nada. Bueno… algunas veces tenía ganas de hacerles cosas que no voy a contar porque todavía quiero conservar mi título.
Las risas volvieron.
Pero Damián enseguida recuperó la seriedad.
—Con los años entendí algo. Cuando uno es chico cree que todo tiene que servir para algo inmediato. Si no sirve para conseguir trabajo, ganar plata, aprobar un examen o resolver un problema mañana, entonces parece inútil.
Miró el pizarrón.
—Y la vida no funciona así.
Tomó nuevamente el marcador.
—Una célula es diminuta. No la vemos. Probablemente olviden muchas de las cosas que aprendan hoy. Pero ahí adentro hay energía, información, comunicación, reproducción, errores, reparación. Hay algo que intenta mantenerse vivo todo el tiempo.
Se dio vuelta.
—Y eso se parece bastante a nosotros.
Nadie habló.
—Porque ustedes también tienen cosas que todavía no saben que pueden hacer. Hay partes de ustedes que todavía no conocen. Talentos que todavía no descubrieron. Lugares a los que todavía no llegaron.
Un chico del fondo levantó la mano.
—Pero, profe, tampoco es que todos podemos llegar a cualquier lado.
Damián asintió.
—No. Y sería injusto decirles que sí.
Caminó lentamente entre los bancos.
—No todos arrancamos desde el mismo lugar. Algunos tienen una familia que los acompaña, otros no. Algunos tienen tiempo para estudiar y otros tienen que trabajar. Algunos llegan a casa y pueden pensar en una prueba. Otros llegan y tienen problemas mucho más grandes.
Se detuvo.
—La escuela tampoco puede borrar todas esas diferencias.
Miró a los alumnos.
—Pero puede hacer algo enorme: puede mostrarles que el lugar desde donde empiezan no necesariamente tiene que decidir hasta dónde pueden llegar.
Una chica levantó la mirada.
—¿Y si ya sabés que no vas a poder?
Damián la observó unos segundos.
—Entonces empezás por averiguarlo.
—¿Cómo?
—Intentando.
—¿Y si sale mal?
—Aprendiendo.
—¿Y si sale mal otra vez?
—Volviendo a intentar.
—¿Y si nunca sale?
Damián sonrió.
—Entonces habrás aprendido algo que nadie puede enseñarte desde un pizarrón.
—¿Qué?
—Quién sos cuando las cosas no salen como querías.
La frase quedó suspendida en el aula.
Damián volvió hacia el pizarrón.
—Por eso existen las materias. No porque la vida vaya a preguntarles mañana qué es una célula, cuál es la capital de un país o quién escribió determinado libro.
Señaló el pizarrón.
—Las materias son puertas.
Escribió lentamente:
BIOLOGÍA.
—Biología puede enseñarles a mirar la vida de otra manera.
HISTORIA.
—Historia puede ayudarles a entender cómo llegamos hasta acá.
GEOGRAFÍA.
—Geografía puede mostrarles que el lugar donde nacieron no es todo lo que existe.
MATEMÁTICA.
—Matemática puede enseñarles a pensar.
Y después escribió:
LENGUA.
—Y la literatura puede hacer algo todavía más hermoso.
Una alumna preguntó:
—¿Qué?
Damián sonrió.
—Puede regalarles mundos.
Se quedó unos segundos mirando las palabras.
—Y les voy a contar algo que para mí vale más que cualquier examen.
Se hizo un poco más de silencio.
—Si alguna vez consigo que alguno de ustedes agarre un libro y lo lea porque quiere… no porque se lo mandé, no porque mañana hay una prueba, no porque tiene que entregar un trabajo… sino porque necesita saber qué pasa en esa historia…
Miró al curso.
—Si consigo eso, ya gané.
—¿Aunque después no se acuerde del libro? —preguntó una chica.
—Aunque no se acuerde de todo.
—¿Entonces qué gana?
Damián la miró.
—Descubre que algo puede gustarle y todavía no lo sabía.
Hizo una pausa.
—A mí me pasó.
Los chicos lo miraron.
—Hubo libros que leí porque me obligaron. Algunos me parecieron insoportables. Otros los odié. Y hubo alguno que abrí sin ganas y terminé leyendo hasta tarde, cuando supuestamente tenía que estar durmiendo.
Sonrió.
—Y no fue porque de repente me hubiera convertido en un alumno ejemplar. Fue porque alguien consiguió despertar mi curiosidad.
Damián miró el pizarrón.
—Con los profesores me pasó algo parecido.
Se quedó pensando.
—Cuando uno es alumno cree que el profesor está del otro lado. Como si supiera todo. Como si nunca hubiera sido chico. Como si nunca hubiera tenido miedo, dudas, ganas de irse de una clase o ganas de mandar todo a la mierda.
Algunos se rieron.
—Pero no.
Damián negó con la cabeza.
—Antes de estar parado acá, yo también estuve sentado ahí.
Señaló los bancos.
—También fui el que miraba el reloj. También fui el que se preguntaba para qué mierda necesitaba aprender determinadas cosas. También fui el que pensó que un profesor no me entendía.
Su voz bajó un poco.
—Y con el tiempo descubrí algo que tardé mucho en entender: algunos de esos profesores que yo creía que solamente estaban enseñándome una materia… también estaban intentando enseñarme a mí.
Nadie dijo nada.
—Quizás no siempre lo hicieron bien. Quizás algunos tampoco supieron verme. Porque los profesores también somos humanos. Nos equivocamos. Tenemos días malos. A veces hablamos de más. A veces no encontramos la manera de llegarle a un alumno.
Miró a los chicos.
—Pero también aprendemos.
Se acercó al pizarrón y escribió una última palabra:
APRENDER.
—Por eso ser profesor no significa saberlo todo.
Se dio vuelta.
—Significa estar dispuesto a seguir aprendiendo.
Un alumno levantó la mano.
—¿De nosotros?
Damián sonrió.
—También de ustedes.
—¿Qué puede aprender un profesor de un alumno?
Damián respiró profundo.
—Muchísimas cosas.
Miró alrededor.
—Puede aprender que no todos entienden de la misma manera. Que una pregunta que parece sencilla puede hacerte pensar durante días. Que a veces un alumno que parece distraído está peleando una batalla que nadie conoce.
Hizo una pausa.
—Y puede aprender algo todavía más importante: que nunca tiene que olvidarse de que alguna vez fue alumno.
El aula quedó en silencio.
—Porque el día que un profesor se olvida de eso, empieza a creerse que está arriba de sus alumnos.
Damián negó con la cabeza.
—Y no estamos arriba.
Se señaló a sí mismo y después a los chicos.
—Estamos acá. Cincuenta y cincuenta.
Un alumno sonrió.
—¿Cincuenta y cincuenta?
—Sí. Yo les doy algo. Ustedes me dan algo a mí. Yo les enseño una parte de lo que sé. Ustedes me recuerdan por qué vale la pena seguir enseñando.
Damián dejó el marcador sobre el escritorio.
—Y si algún día alguno de ustedes llega más lejos que yo…
Sonrió.
—No voy a sentir que perdí un alumno.
—¿Entonces?
—Voy a sentir que hice bien mi trabajo.
El timbre sonó.
Las sillas empezaron a arrastrarse. Volvieron los celulares, las mochilas, los gritos, las conversaciones pendientes.
La clase había terminado.
O eso parecía.
Damián comenzó a borrar el pizarrón.
—Profe.
Se dio vuelta.
Era la chica que había preguntado qué pasaba si uno ya sabía que no iba a poder.
Se había quedado parada junto a la puerta.
—¿Sí?
—No sé si voy a acordarme de lo que explicó hoy.
Damián sonrió.
—Probablemente no.
Ella también sonrió.
—Pero creo que entendí algo.
—¿Qué cosa?
Miró el pizarrón.
—Que capaz estudiar no es aprender cosas para después saber qué hacer con mi vida.
Damián esperó.
—Capaz es aprender tantas cosas como pueda… hasta descubrir qué quiero hacer con ella.
Damián no respondió enseguida.
Solamente sonrió.
—Andá al recreo —le dijo—. Después seguimos.
La chica salió.
Damián se quedó solo.
Miró el aula vacía.
Los bancos desordenados. Una hoja olvidada. Una lapicera en el piso. El dibujo de la célula todavía en el pizarrón.
Y por un instante volvió a verse a sí mismo muchos años atrás, sentado en uno de esos bancos.
El chico que miraba el reloj.
El que se aburría.
El que no entendía para qué tenía que aprender tantas cosas que, según él, nunca iba a necesitar.
El que todavía no sabía qué quería hacer con su vida.
Por eso había elegido enseñar.
Porque con los años entendió algo que, cuando era alumno, no podía ver: uno nunca sabe qué clase va a quedar adentro de alguien.
A veces queda un dato. A veces una palabra. A veces un libro. A veces una pregunta.
Y, de vez en cuando, queda algo mucho más difícil de explicar: la sensación de que uno puede un poco más de lo que creía.
Damián apagó la luz del aula.
Antes de cerrar la puerta, miró una última vez los bancos vacíos.
Pensó en todos los alumnos que había tenido. En los que lo habían escuchado. En los que no. En los que seguramente lo recordarían y en los que probablemente no.
Y sonrió.
Porque eso también es enseñar: no saber exactamente qué va a quedar de uno en el otro y, aun así, entrar al aula al día siguiente y volver a intentarlo.
Yo también fui alumno.
Tuve profesores excelentes, otros no tanto y algunos que simplemente pasaron por mi vida. Pero tuve la suerte de encontrar algunos que, con los años, dejaron de ser solamente profesores y se convirtieron en amigos.
Y recién con el tiempo pude entender lo que significaba estar del otro lado.
Que enseñar no es saber más que el otro.
Es animarse a acompañarlo mientras descubre todo lo que todavía no sabe de sí mismo.
Por eso, a todos los profesores que alguna vez fueron parte de mi historia, y a quienes tuve la suerte de compartir tantos años de escuela, les digo gracias.
Por las clases que recuerdo y, sobre todo, por aquellas que no recuerdo pero que, de alguna manera, me dejaron algo.
Porque el verdadero resultado de una clase no siempre aparece en una prueba.
A veces aparece muchos años después, cuando un antiguo alumno abre un libro por voluntad propia, se anima a intentar algo que antes creía imposible o se hace una pregunta que nunca se había hecho.
Y si alguna vez un profesor consigue eso, aunque nunca llegue a enterarse, ya hizo mucho más que enseñar una materia.
Hizo que alguien creyera que podía descubrir su propio camino.
Y para mí, eso es enseñar.
Feliz Día del Profesor.
A todos los que alguna vez se pararon frente a un aula con la responsabilidad enorme de enseñar, pero también con la humildad de seguir aprendiendo.
A los que fueron mis profesores, a los que fueron mis compañeros y a los que hoy siguen entrando a una escuela para intentar dejar algo bueno en alguien.
Gracias por elegir una profesión cuyo mayor triunfo muchas veces ocurre lejos de sus ojos, muchos años después, cuando un alumno ya no necesita al profesor para seguir aprendiendo.
Ahí, en ese momento, cuando alguien se anima a abrir una puerta que ustedes ayudaron a mostrarle, está la verdadera recompensa.
Feliz Día del Profesor.
Thoughts
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PermalinkLos que se pararon delante de un aula sin acordarse de que alguna vez estuvieron sentados ahí los he tenido yo también, y se notaba a los dos minutos. La diferencia con Damián está justo en que él se acuerda, y por eso puede decir que no está arriba de nadie.
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PermalinkUn chico distraído puede estar peleando una batalla que nadie conoce, y eso es lo que más me pesa del texto, porque una lo sabe y aun así sigue con la carpeta y con el timbre. Damián acierta en no prometerles que todos pueden llegar a cualquier lado; decirles que sí lo veo seguido y a los chicos no les sirve. Se me viene la hoja olvidada y la lapicera en el piso: esa parte del oficio no la cuenta nadie.
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PermalinkLo leí entero. Gracias.
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PermalinkCincuenta y cincuenta me parece lo más difícil de sostener de todo lo que dice Damián. Sostenerlo el día que el curso está insoportable ya es otra cosa, y me da que ahí se cae la mayoría.
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PermalinkNo todos arrancan del mismo lugar y la escuela no borra eso, pero sí puede mostrar que el punto de salida no decide hasta dónde llegás. A mí me pasó con una maestra de sexto grado: un día me prestó un libro suyo sin decirme nada, y yo era la que se dormía en su clase. Nunca supo que lo terminé, y eso de ganar lejos de los ojos de uno es exactamente lo que le pasó a ella conmigo.
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PermalinkUno se entera veinte años después de qué clase le quedó adentro, y casi siempre cuando ya no hay a quién decírselo. A mí me pasó con un maestro de la escuela, y nunca se lo dije.
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PermalinkLa lapicera en el piso y el dibujo de la célula todavía en el pizarrón suenan a aula de verdad. Me da que esto lo escribiste el mismo día, con el aula recién vacía.
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PermalinkLa chica que se queda parada en la puerta después del timbre se me quedó dando vueltas. Su pregunta de qué pasa si ya sabés que no vas a poder es la que más duele. ¿De cuántos profesores tuyos salió Damián?
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PermalinkDamián contesta que puede ser, en vez de defender su materia, y eso me hizo pensar en cuánta gente recuerda una clase entera por una sola frase suelta. Se nota que escribiste esto con el aula delante. Apuesto a que la chica que se queda en la puerta existió y que todavía te acordás de su cara.
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PermalinkLo del Premio Nobel de la boludez me mató, che. Tuve ese compañero exacto en tercero, el que siempre tenía la teoría científica lista.