1ra voz
Compré una casa
y la remodelé.
Pinté sus paredes,
hasta el techo cambié.
La desarmé y la moldeé.
Invertí días, noches,
años.
Deposité todos mis ahorros.
La puse en venta
y no se vendió.
Seguí cambiándola,
pero no la vendí.
Supongo que
fue una mala inversión.
Pero la casa tenía su esencia.
No importa cuánto la desarme
y vuelva a armarla,
seguirá siendo ella.
Su ubicación, su tierra,
no cambiarán.
La inversión fue fallida,
pero la casa nunca estuvo perdida.
Solo fui yo, con una herida,
queriendo hacerla a mi medida,
forzarla a mi idea,
y en el intento
desperdicié la tierra.
2da voz
No era una casa que no se vendió.
Era yo intentando mostrar mi valor.
Era yo demostrando
que no era un producto,
ni una inversión.
Era un corazón con ilusión,
una apuesta sin respuesta.
Y si, para tu idea fui lo peor,
no necesitaba que remodelaras mis esquinas.
Necesitaba tu amor,
no tu temor
a un supuesto error.
Si tu inversión fracasó,
yo pasé.
Avancé.
Y quedó así una casa
con ventanas abiertas,
techos altos de madera
y una esencia auténtica.