Confundidas con la lluvia,
caen por mi rostro unas lágrimas
que ya no sé si son mías
o del cielo que, como yo,
también aprendió a llorar en silencio.
Un gris se acerca lentamente
e invade la poca luz que aún habita en mis ojos,
como una sombra paciente
que conoce el camino hacia mi tristeza
y no necesita pedir permiso para entrar.
El frío penetra mis huesos,
desarma lo que queda de mi sentir
y me vuelve cada vez más vulnerable
a la quietud,
al silencio,
al terrible olvido.
Afuera, las sombras se ciernen
al jadeo de un viento tormentoso
que aúlla entre las calles
como la cría de un lobo abandonado,
llamando a una madre
que quizá nunca volverá.
Y entonces mis pensamientos confluyen
en un pasado casi teatral,
en escenas que el tiempo no consiguió borrar,
en palabras que todavía tienen voz
cuando todo alrededor parece dormido.
Y vuelvo a encontrarme
con aquel niño perdido en la noche,
pequeño, tembloroso,
buscando compañía mientras todos duermen,
abrazando su propio miedo
porque no encontró otros brazos
que lo abrazaran.
Escucho el zumbido de aquellas voces
que marchitan y quebrantan la esperanza,
voces que se alojaron
en lo más profundo de mis miedos
y que, aun después de tantos años,
saben exactamente dónde doler.
Entonces acaricio,
aunque nunca fueron suaves,
las palabras de mi madre:
“Resignación…
paciencia…
así es la vida,
hay que permitirlo”.
Y quizá fue allí
donde aprendí a callar.
A permitir que el dolor pasara
sin preguntar cuánto tiempo.
A esconder las heridas
bajo la piel de los días.
A sonreír mientras algo dentro de mí
se despedía lentamente de la luz.
Hoy la lluvia vuelve a caer
y se confunde con mis lágrimas.
Pero hay algo distinto:
mis ojos ya no lloran.
Quizá lloraron tanto
que se quedaron sin agua.
Quizá el dolor, después de insistir durante años,
aprendió a convertirse en silencio.
Y mientras la noche cubre mi rostro,
aquel niño sigue allí,
mirando hacia una ventana iluminada,
esperando que alguien pronuncie su nombre.
Yo quisiera acercarme.
Tomarlo de la mano.
Decirle que no está solo.
Pero solo consigo abrazarlo desde lejos
y susurrarle, con la voz que me queda:
“Perdóname por haber tardado tanto en encontrarte.”
Y él me mira.
No dice nada.
Solo se queda conmigo
mientras la lluvia cae,
mientras el viento aúlla,
mientras la noche lentamente se consume.
Y por primera vez,
aunque mis ojos ya no produzcan lágrimas,
siento que algo dentro de mí
todavía sabe llorar.
Por Levi Díaz Echeverri