Insomnio.
Le veo la nuca a la luna
y veo el primer bostezo del sol;
curioso,
nunca me había fijado
que la luna no es de queso
y que el sol es redondo.
Insomnio
veo desvanecerse a los fantasmas
que hablaban entre ellos,
mis ojos
parecen denarios. Monedas
que ya perdieron su valor.
Aprovecho que estoy despierto
y despierto al despertador;
el aire no huele a nada,
aún no está viciado de pan tostado y mantequilla
y de café.
Corre a esconderse la última cucaracha
al rincón
más oscuro de la casa.
Bicho cobarde
ven y habla conmigo
que yo no tengo prisa.
Tal vez
esta noche descubra el secreto del sueño
y así pueda dejar de ver
el lento andar del insomnio
avanzando en cámara lenta
que a las dos
que a las tres
que a las cuatro
que a las cinco
susurra en el oído,
insidioso,
“no te duermas...”
Insomnio.
Los ojos fríos y redondos
como la luna nueva.
Tu ausencia
me empuja hasta el fondo
de la desolación
y por eso no puedo dormir
y por eso mis ojos
no se dejan domesticar,
se obsesionan con mirar
tu ausencia.
Insomnio,
los gatos duermen y se despiertan;
los pájaros
solo duermen
y es triste verlos
sin poder imitarlos.
Mis ojos
son dos fósforos
que arden como la zarza del Sinaí
y aunque puedo cerrarlos
no sé dormir...