La nave de Lucía, piloteada por el robot B36, bautizado Robito, iba a gran velocidad. Debía alcanzar a la cápsula y estábamos al límite de tiempo.
Los clones estaban armados y listos para bajar, hasta que la vieron surcar el cielo.
El robot preguntó:
—¿Le disparó? ¿O es peor?
—No, si le disparás para salir y no nos van a dejar bajar.
—Nos rodean. Precisamos espacio para disparar.
—Y la verdad, esta nave sufrirá apenas, para peor.
Aterrizaron la nave y bajaron. Corrieron y se escondieron en la maleza del terreno.
La cápsula estaba como congelada, así que rodearon la cápsula hasta que alguien abrió la cápsula.
Eran Punps.
—Doctora —llamó a la nave Lucía—. Son Punps.
La doctora dijo:
—No me extraña nada. Traerlos.
—Bienvenidos a la Tierra, Punps —dijo la doctora.
Todos adentro de unos táper fueron llevados a la nave.
Revisaron la cápsula, pero el robot conocía bien a los clones y se acercó porque pensó que un Punps le iba a hacer algo. Son transparentes por momentos, así que revisó todo él y, de golpe, algo le llamó la atención.
Salió un parásito enorme de la caja. Lucía lo tomó, lo observó y lo destruyó con su mano.
—Listo.
Se alejaron porque esas naves tienen cuenta regresiva.
El Punps le dijo:
—Ja, llegamos a la Tierra y sin armas. A vivir en paz.
Lucía los miró grave.
—Según la doctora, dice que pueden vivir en una pileta de sustancias.
Los otros clones miraron a Lucía.
—La doctora, ¿qué hace?
Lucía hizo un gesto.
—Es doctora, chicos.
Los Punps llegaron al laboratorio. Todos hablaban al mismo tiempo.
Era verdad: la doctora les había construido un tanque. Ahí andaba la familia del Punps, tranquilos, hasta que se unió la colonia Punps a la doctora. No precisaba interrogar; se la veía venir.
—Sí, no quedó nadie excepto nosotros —le dijo uno al prisionero Punps.
La doctora ya sabía, así que no se preocupó más.
Los demás clones se fueron a ayudar a Mario allá, a destruir la nave nodriza.