Me pierdo en las partes de cosmogénesis y vuelvo cuando aparece algo que se toca: los pies descalzos que él le lava, el beso en la frente. Ahí Anemona por fin tiene cuerpo.
I.II.III
I Me he hecho creyente; muchas cosas dependen de mí; desde que; mi maestro el Escriba del Destructor del sueño viviente me enseñó el arte de la palabra dada; de ser y estar a manera de un…
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Pensamiento
Me pierdo en las partes de cosmogénesis y vuelvo cuando aparece algo que se toca: los pies descalzos que él le lava, el beso en la frente. Ahí Anemona por fin tiene cuerpo.
Contenido de la publicación
I
Me he hecho creyente; muchas cosas dependen de mí; desde que; mi maestro el Escriba del Destructor del sueño viviente me enseñó el arte de la palabra dada; de ser y estar a manera de un instrumento de capturadas ideadas. En recuerdo que; de todo lo que fui; yo mismo soy eso que se unió al abismo de sus liebres conocidas; en la que me vi manchado con la tinta de su arte; y ahí y sólo ahí; pude vislumbrar sus ojos como océanos leales. Entre vivo; decorado; él había sido creado para generar tantas historias como pudiera ser. Fui vencido en el umbral de mi existencia; nada más nacer; y para ser rebelde; ese ser cuyo nombre no pudieron pronunciar mis labios. Ese que se hizo uno con las estrellas en las que se abrasan los ángulos del cielo. En ese cielo de justicia; en ese cielo de albaricoque y musaraña; renací engreído y he desglosado el puerto de sus plumas. Porque la pluma que tomé de entre sus acérrimas batallas; fue y siempre fue; la que catapultaría mi propio gobierno de seres y de estares; de seres de ser de rebeliones de austeridades. Así que se cuenta; en la historia de la que pudo ser la abrasiva suerte de todo y de nada; que; entre más recitaba lo que logré escribir; Anemona fue la criatura que emergió de mis ideas: tan arropada por las peras; las naranjas; los tomares de té entre nosotros; como entes conforme la estudiaba.
II
Mi reverencia a la criatura de doble guirnalda y espuma de doble estelas; era que ella se alzaba como el candor de todos los tréboles de hojas que habría; en el confín de los tiempos el buscado para darle la fortuna; de más nacer; a ese ser en ese ser y en ese estar. Así que me ciego a mí mismo; aunque no soy ceguera del todo. Me he enfrentado al apocalipsis de una jaula efímera; que todo lo convida; menos volver al renacimiento de una libertad ingenua; y pese que se me ha pedido abrirla; debo rumiar el tránsito de las cosas más excelsas. Soy yo en este abismo. Soy yo en el limbo en el que existo. Me tejo; integro y reintegro. Me desintegro. Me escribo a mi mismo y soy consciente; que de ser y estar con los olivos; sería de una concentración de magia que se hereda y se educa con delicadeza. Así he creado para esta criatura; esta venida del aliento de mis propios asentares rodados; una razón de ser. Anemona es el ejemplo de como pueden ser los seres que nacen de un corazón desesperado; y con este miramiento desde mis ojos; pasto el graznido de los cisnes que supuran desde sus cabellos; su vestir de hojas secas; sus ojos de flores de botón de oro. Seres que me hacen pensar que son un conjunto conocido. Una tierna noche amada por los dos. Ella que la ve con ansías y con el anhelo; ese con la que la estudio. Las luciérnagas encendidas que recrean el cielo son sus propias líricas; y Anemona me hace la pregunta; esa que me hace pensar en mi propio oficio. Porque debo ser el ente que deba recrear una libertad que no tiene sentido; porque si yo misma soy dueña del duelo de mis propios sueños; no he mejorado desde que existo. Busco tréboles y hojas en las que leer el temblor de ese ser de mudanza de mudas recias. Y mis palabras no alcanzan a cobijarla como se debe. Ella me pregunta con perfumada estampa esto; y; en cambio yo; no sólo soy el castigo que requiere para abrir esa puerta incapaz de ser abierta por nadie; con las intenciones de mi propia esquina reverente. Anemona suele encadenarse al cielo conocido; se dice a sí misma que no es el empleo de su arte lo que podría merecer ser rescatado; sino en el si no; el sonido de sus pasos y las lágrimas de ese ser que tanto tiempo ha desvestido el magma de la magia.
III
No hay tiempo en esta cosmogénesis más que lo que se ha dado a los cuatro Cantantes Mesiánicos. Ellos que han sido salvavidas para la música de la vida nacida del Soñador Eterno. Anemona le otorga la propiedad de sus tréboles de hojas; a ella y tan sólo a ella; que ha nacido con la suerte de emblemáticas batallas. Y a veces le lavo los pies que; descalzos como nadie; susurran ruidos que otros no dejarían impresionarse e implosionar conforme estudia el bosquejo de sus matices submarinos; ella me ha suplicado a dejarle conocer a mi creador y también al creador de mis propios desaires. Sobre vuelo su vestido; sus cabellos; sus labios a los que doy un beso cuando en el cuándo; me abro paso entre sus recuerdos en los que soy testigo de su propiedad y evolución. Anemona no me insulta por esto. No hay insulto entre las cosas más conocidas. En cambio; ella me pregunta por el Soñador. Ese que siempre sueña; ese por el que inclusive el pensamiento que se ha hecho presente entre todos los magnos prismáticos de pigmentados conocidos. Y yo ejecuto un reposo sobre sus fauces; y le insto a mirarme a los ojos; le insto a vivir sin preguntar tanto. Ella; rebelde como nadie emplea una maniobra y desde ahora; en el ahora; nos encontramos y tomados de las manos y asistimos al ruego de esa ave que es tan cósmica como los hilos de la vida; como quién la ha creado. Anemona me besa la frente; me promete ser el mayor ejemplo de todos; será; por mí devota a mis sembradíos; mis sentimientos que no son sentimientos. No he desvariado todavía; pero templo las faldas de su vestido; los usos de sus oraciones y le enseño a construir bosquejos de sueños e historias; las que declamará ante ese ser engarzado entre ponientes de tristezas lisas.
Thoughts
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PermalinkUf, qué criatura.
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PermalinkMe pierdo en las partes de cosmogénesis y vuelvo cuando aparece algo que se toca: los pies descalzos que él le lava, el beso en la frente. Ahí Anemona por fin tiene cuerpo.
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PermalinkEl narrador le debe algo al Soñador, seguro, porque ella pregunta por él y él le contesta que viva sin preguntar tanto. Eso tiene pinta de cuenta pendiente, che.
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PermalinkHay un maestro al principio, el Escriba, y después desaparece del todo. Yo me quedé con ese hueco entre él y quien narra. ¿Anemona ya existía en otros textos tuyos o nace aquí?
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PermalinkLas peras, las naranjas y el té entre los dos: ¡a esa criatura la criaron a la mesa, como debe ser! Ya me cayó bien.
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PermalinkVale, que Anemona quiera conocer al creador de su creador me ha hecho reír. Menuda cadena de jefes, tío.
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