Lo que quedó de mí
—¿Qué tal tu día? —preguntó mientras se desanudaba la corbata azul, esa que su esposa le había regalado en su aniversario de matrimonio.
No respondí. Me quedé quieta, soltando un largo suspiro. Sabía que quería hablar, que necesitaba decirle todo lo que llevaba guardado: quería confesarle mis pensamientos, decirle que si quería estar conmigo debía hacer lo correcto… dejar a su mujer.
Pero también reconocía mi lugar. El lugar de amante lo acepté desde el instante en que decidí aceptar su invitación a escondidas, en aquel restaurante de luz tenue, a casi seis kilómetros de la ciudad. Desde ese momento supe que nada de esto era justo, pero aun así me quedé.
—¿Qué sucede, mi amor? —preguntó nuevamente, posando sus grandes manos sobre mis mejillas.
—Debo… —susurré, sin poder continuar. Sentí un ardor profundo en el pecho, como si me acabaran de apuñalar.
—Dime, ¿qué sucede, por favor? —replicó.
Abrí la boca otra vez, pero las palabras no salían. Toqué sus manos con las mías y las besé suavemente, como si ese gesto pudiera darme tiempo para no romperme del todo.
—Es que te amo tanto… que ya no estoy soportando este dolor —murmuré al fin, con los ojos cristalizados y un enorme nudo en la garganta.
—Yo también te amo —respondió, confundido.
Sus palabras no me sanaron. Me lastimaron más.
Lo abracé, no por amor, sino por miedo. Miedo a soltarlo. Miedo a quedarme sola con todo lo que sentía. Apoyé la frente en su pecho y cerré los ojos. Su corazón latía tranquilo, como si no estuviera destruyendo el mío.
En ese instante lo entendí todo: él podía amar sin perder nada, mientras yo lo estaba perdiendo todo.
—No puedo pedirte que elijas —susurré—, porque sé que no lo harás.
Guardó silencio. Y ese silencio fue la respuesta más honesta que me dio.
Me aparté lentamente, mirándolo como si fuera la última vez. Era obvio lo que debía hacer. Este era el momento. Tenía que terminar con esto porque me estaba muriendo. No porque estuviera enferma… me estaba muriendo de amor. Lo amaba, pero no quería seguir siendo “la otra”.
Porque incluso si algún día yo me volviera su esposa, otra tomaría mi lugar de amante. Un hombre capaz de engañar a quien alguna vez fue el amor de su vida, también podría hacerlo de nuevo con su segundo amor.
Di un paso hacia la puerta, pero entonces sentí su mano detenerme.
Levantó mi rostro con cuidado, obligándome a mirarlo. Sus ojos no mostraban culpa, sino esa calma peligrosa de quien sabe que siempre gana.
—No digas eso —murmuró—. No estás muriendo… solo estás amando.
Quise apartarme, pero me sostuvo. No con fuerza, sino con costumbre.
—Yo no puedo dejar a mi esposa —continuó—. Ella es mi vida, mi estabilidad. Pero tú… tú eres mi refugio. Mi escape. Lo que me divierte, lo que me hace sentir vivo.
Cada palabra era un golpe disfrazado de ternura.
—¿Eso es todo lo que soy para ti? —pregunté casi sin voz.
Sonrió con suavidad.
—Eres mía.
—No me pidas que elija —dijo—. No me obligues a perderte. Podemos seguir así… nadie sale lastimado.
Quise gritar que yo ya estaba rota, que cada noche sola, cada mentira, cada espera me consumía. Pero cuando me besó, olvidé todo. Como siempre.
—Solo quédate —susurró—. Nadie te ama como yo.
Y me quedé.
Me quedé sabiendo que al final del día volvería con ella.
Me quedé aceptando que mi lugar siempre sería la sombra.
Me quedé entendiendo que mi amor era real, pero el suyo solo conveniencia.
Porque a veces no nos quedamos por la esperanza…
nos quedamos porque el dolor de irnos parece aún más grande que el de quedarnos.
Y así, una vez más, acepté ser la otra.
Aunque por dentro ya no quedará nada de mí.