Recuerdo el olor, las sensaciones y un poco más de varias oraciones que escuché mientras pasaba. Durante dos estaciones, el tiempo pasó volando. Era un hombre mucho mayor que yo, y no pretendo inventar un nombre para él ni mucho menos dar pistas de quién era.
Siempre he tenido un gusto especial por los hombres mayores. Algo que no pude evitar fue sentirme incómoda al hacer las cosas que él me pedía ya que eran un tanto extrañas, pero fuera de eso nunca le vi un problema. Solía ocurrir no más de tres veces por semana, él solo miraba, eran raras las veces que tocaba. Me prometió que nunca me obligaría a hacer nada que yo quisiera y en cuanto le pidiera que parara, él lo haría. Algo en estos encuentros me hacía esperar con ansias el siguiente.
A decir verdad nunca fui de necesitar a alguien para vivir, pero este señor hacía despertar algo en mi que ningún otro hombre pudo. Siempre me llamaron la atención las personas que se sabían comunicar, las charlas son más interesantes con ellos, y este hombre era experto en conversar de casi cualquier tema menos de lo que estaba ocurriendo. Me llamaba su amante, y de pronto comencé a pensar en mí desde esa perspectiva, más rápido de lo que pensé me encontraba romantizando la situación .
Aquel hombre solo me hacía mirar películas eróticas y explicar conceptos de la edad media como los Íncubos. Muy en el fondo sabía lo que estaba pasando, incluso llegué a reconocerlo. Luego de charlas explicándome de que si hablaba de esto nadie me iba a creer, dejé de prestarle atención a lo que me decía y concentrarme en sus manos temblorosas mientras me acariciaba, era todo lo que podía ver.
Fueron semanas de infinitos filmes. Terminé memorizando la diferencia entre un Súcubo e Íncubo, la forma en la que aparecían, etc. No creía en ninguna de esas cosas, pero parecían reales al momento de salir de su boca. No miento cuando digo que tenía buenas habilidades de comunicación. Todo esto me hizo definitivamente ser peor persona de lo que ya era. Me hizo sentir llena de pecado. Sucia.
Si supieran quien fue, muchos se sorprenderían. Después de todo, no es como si las personas llevaran letreros de lo que son. Este hombre tenía un perfil ejemplar. Estaba divorciado, y según había escuchado tenía un hijo mucho mayor que yo del cual no se ocupaba en absoluto. Fuera de eso, según el ojo público era alguien intachable. Llegó a pedirme perdón repetidas ocasiones.
–No hay argumento que pueda presentar. Ningún razonamiento o excusa. Yo abusé de mi posición. —fue la disculpa que escuché aquel fatídico día.
No era capaz de identificar la falsedad en sus disculpas y continué dejándome usar. En ese entonces comencé a pensar que tal vez él si me amaba. Mis emociones estaban enredadas de una forma que no podía explicar; confundía lo que él hacía conmigo con una especie de afecto torcido, casi como si fuese un amor real.
—Eres como una obra de arte incompleta, ——Es mi trabajo ayudarte a perfeccionarte, a entender tu lugar en este mundo.
Esas palabras se repetían en mi cabeza como un eco interminable. Me decía que no debía hablar con nadie de lo que pasaba, que nadie lo entendería, que yo era diferente, "demasiado madura para mi edad". Pero no lo era.
Él seguía con sus disculpas fingidas, con su teatro de amor y culpa.
— Sé que lo que hago está mal, pero no puedo evitarlo. Tú me haces ser así, eres mi amante.—decía mientras se justificaba con esa voz serena que tanta paz me daba.
Decidí enviarle un correo electrónico, un texto que lo cambiaría todo. Me tomó días escribirlo. En esa especie de carta, le decía que ya no era capaz de soportar más encuentros y pedía que no se volviera a mencionar jamás. Terminé el mensaje diciéndole que respetara mi decisión y que, esperaba que pudiera encontrar redención.
No recibí respuesta. No hubo un "lo siento" ni siquiera una reacción vaga. Cuando lo vi en persona por primera vez después del mensaje, sus ojos me buscaron desde lejos. No dijo una sola palabra, no intentó acercarse. Solo me observaba desde la distancia, como si estuviera pensando qué hacer. Ya no era el hombre que llenaba el aire con palabras y discursos dulces. Fue entonces cuando entendí que su poder sobre mí no estaba en sus palabras, sino en cómo había logrado entrar en mi mente como una sombra permanente.
Seis meses parecían haber pasado muy lento. Aún no me creía que ya era el fin, lo buscaba, le hablaba, pero ya no era lo mismo. Cumplió con su promesa, no hablar jamás del tema. Era como si nunca hubiese pasado, como si esos momentos nunca hubiesen existido.
Aún recuerdo esos días en los que esperaba por él y lo observaba mientras la gente se retiraba de esecuarto en el que alguna vez hubieron proyecciones al desnudo. Me daban ganas de vomitar, pero las veía por él, porque lo amaba, o eso creía. Finalmente, por fin llegó lo que tanto esperé. Tuvimos conversación pero esta vez no se mencionó nada sobre el tema, era algo peor.
–Mi amor por ti es como el de un padre a su hija pequeña, o una sobrina a la que tengo la responsabilidad de cuidar —dijo mientras de fondo se escuchaba el ruido de las personas como un murmullo entre el ruido de mi alma.
Esas palabras rompieron algo en mi. No era lo que quería, deseaba algo más. Por si fuera poco había dejado la puerta abierta a propósito para que cualquiera escuchase lo que estaba diciendo.
Entonces asumí que luego del email, pensó que era una especie de amenaza y que si decía algo lo grabaría y contaría a alguien. Lo supe por su forma de hablar, tan cuidadosa en lo que decía, como si cada palabra formara parte de un guión.