Chuta, la carta llega un día antes del transporte. Ni tiempo de hacer maleta le dieron al pobre Horsi, de ley sale con arena todavía.
III: Nuevos Horizontes.
Pensamiento
Chuta, la carta llega un día antes del transporte. Ni tiempo de hacer maleta le dieron al pobre Horsi, de ley sale con arena todavía.
Contenido de la publicación
A Lucius Silvani, el padre de Horsi, no le hizo ni un pelo de gracia enterarse de la aventura en la que se había metido su hijo en las dunas. Ya estaban a punto de servir la cena cuando el chico llegó a la casa, lleno de arena y con la ropa algo rasgada, sobre todo a la altura del pecho, la pregunta de Lucius llegó de forma inevitable “Horus Silvani ¿Se puede saber dónde estabas?” Y el chico, incapaz de mentirle a su padre, le contó toda la historia, sobre su encuentro con el profesor Siamón y su enfrentamiento con el daeva en el desierto.
Tras aquella revelación, el hombre se quedó primero en silencio, con sus ojos azules (similares a los de Horsi) abiertos como platos y la boca caída en una expresión que mezclaba el asombro, la genuina preocupación y la indignación. Como si no acabara de creer que su hijo hubiera sido tan imprudente, pero la honestidad de Horsi no dejaba espacio a la duda.
— ¿Pero es que tú estás loco o tienes paja por cerebro? - Exclamó enfadado mientras se levantaba de su silla. - ¿Cómo, por todos los dioses, se te pudo haber ocurrido enfrentar a un daeva? ¡Y más encima con sal! ¡CON SAL, HORUS! ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Saltar a enfrentar a una manticora con polvo de cúrcuma?
— ¡Pero papá! ¡Ese hombre estaba en peligro! ¿Qué querías que hiciera? ¡No había nadie cerca…! - Se intentó defender Horsi, sin embargo su padre le cortó a mitad de frase.
— Horus ¿Tan difícil es pensar? ¡Métetelo en la cabeza, dos sílabas: pen-sar! - Le dijo con enfado, completando la última palabra tocándose ambas sienes con la punta de los dedos - ¿A quién en su sano juicio se le ocurre enfrentar a un demonio solo sin tener idea de cómo narices hacerlo? ¡Casi te mueres! - Horsi en ese momento comenzó a titubear. - ¡Eso no fue lo que te enseñé, Horus Silvani! ¡Te enseñé a que pensaras como una persona sensata, no como uno de esos bárbaros salvajes que actúan sin obedecer a la razón!
— ¿Qué cosas le estás diciendo a nuestro hijo, Lucius Silvani? - Exclamó una voz femenina con severidad detrás de Lucius, quién se giró sobre el hombro para ver quién le hablaba. Era su mujer, Roxanne Mitridatis, piel tostada, ojos color canela, largo y ondulado cabello negro. Su seño estaba fruncido, como siempre que acababan en discusiones cuando él se ponía a comparar a los romanos con lo que llamaba “bárbaros”. Tal parecía que iban a discutir de nuevo cuando ella vio a su hijo, y vio el estado en el que venía el mismo. - ¡Horsi! - Apartó con fuerza y sin ceremonia a su esposo, y en un segundo ya estaba junto a su hijo. - ¡Mi niño! ¡Mi pequeño león! ¿Qué te pasó? - Le preguntó preocupada mientras le tomaba de las mejillas para verlo a sus ojos.
— Vine de salvar a un kushita de un daeva en el desierto, mamá. - Le respondió Horsi.
— ¡Oh, vaya! ¡Otro kushita! - Exclamó el padre con amargo sarcasmo. - A éste paso voy a tener que prohibirle interactuar con nadie que parezca venir de Nubia, que kushita que encuentra problema que trae.
— Lucius… - Dijo la mujer con voz grave, mirando sobre el hombro a su marido. - Ya hablaremos de ésto luego, pero ahora mismo te pediré que guardes silencio.
El hombre estuvo tentado a responder, pero había algo en la mirada de Roxanne, en su expresión seria y severa, como la de una leona a la que un intruso se acerca demasiado a su camada, que hizo que él guardara sus palabras mientras rodaba sus ojos a un lado y soltaba un suspiro exasperado entre dientes. La mujer volvió la vista a su hijo y lo tomó de los hombros, su tono de voz se suavizó cuando le volvió a hablar.
— Ven, hijo mío. Deja que revise tus heridas. - Le dijo la mujer mientras se lo llevaba al baño de la casa.
— Estoy bien, mamá. - Dijo Horsi en voz baja, mientras torcía el gesto cuando ella le tocó la espalda, y se fue con su madre sin protestar ni resistirse.
Mientras Lucius se quedaba en el comedor de la casa, refunfuñando por la falta de juicio de su hijo y la impertinencia de su mujer, Roxanne se metió al baño con Horsi y le quitó la ropa llena de arena, para luego comenzar a revisarle el cuerpo bajo la luz de una lámpara de ka concentrado, cuyo resplandor ella intensificó un poco para asegurarse que tenía buena luz. La espalda tenía varios moretones, el pecho del chico tenía un raspón feo sobre la piel, la cual comenzaba a adoptar un color oscuro en la zona dónde el daeva le había golpeado con la bola de arena.
Ahora mismo, sin la adrenalina del momento, ahora el chico se hacía consciente de la pelea que había tenido, ahora su espalda y su pecho le dolían, los miembros le pesaban por el agotamiento, y cuando su madre comenzó a limpiarle el raspón en el pecho, con un trapo y una infusión de aloe vera y vinagre diluido en agua, casi que pudo ver a Seth llamándolo a las puertas del Duat con el dedo, mientras apretaba los dientes.
— Cuéntame qué pasó exactamente en el desierto, Horsi. - Le dijo ella, sin dejar su tono de preocupación, tras lo cual el chico le contó toda la historia desde el inicio. El semblante de la mujer comenzó a arrugarse a medida que éste hablaba, hasta que se volvió una mueca de enfado. - Pero ¿Cómo se te pudo ocurrir saltar a enfrentar a un daeva? ¡Eso fue una completa imprudencia! - Le reclamó molesta la mujer levantando la vista para ver a los ojos a su hijo.
— Ya, mamá. No tienes que repetírmelo. - Respondió el chico, ya sin el entusiasmo de hacía pocas horas. El gesto de Roxanne se suavizó apenas un poco, antes de que volviera a concentrarse en limpiarle la herida a su hijo.
— Menos mal que ese señor… Siamón ¿No? - Preguntó la mujer levantando brevemente la cabeza, recibiendo un asentimiento de Horsi. - Menos mal que el tal Siamón te ayudó, que si no… no quiero ni imaginar lo que habría pasado.
— Perdón por preocuparte… a ti y a papá. - Le dijo apenado el chico.
La mujer guardó silencio un rato, sin embargo Horsi se sorprendió al verla esbozar una pequeña sonrisa antes de levantar la vista.
— Horsi, mi pequeño león… - se incorporó y le dio un beso en la frente. - No creas que hiciste mal por saltar a ayudar a ese hombre, sé que lo hiciste con tu mejor intención. - Le tomó de las mejillas y lo miró a los ojos. - Pero el valor no debe pasar por encima de la sensatez, sino a través de ella.
— ¿Qué quiere decir eso, mamá? - Preguntó Horsi.
— Quiero decir que a la próxima que te lances a una batalla, al menos hazlo cuando hayas pensado en lo que vas a hacer. - Le dijo antes de abrazarle la cabeza. - Tienes sangre de guerreros en tus venas, pero los grandes guerreros son los que eligen bien sus peleas ¿Lo entiendes? - La voz de Roxanne se había reducido a un murmullo suave y cariñoso.
— Si, mamá. - Respondió Horsi, tras un breve silencio.
Desde su cuarto, mientras estaba recostado en la cama, Horsi podía escuchar a sus padres discutiendo en la habitación contigua. Evidentemente era sobre lo que había pasado en las dunas. Tras el regreso del chico a casa, y luego de una cena tensa en silencio, era evidente que iban a discutir el tema una vez estuvieran solos, aunque él lograba captar parte de las cosas que decían.
“¡Aquello fue una absoluta temeridad, Roxanne! ¡Y tú lo sabes muy bien!” Decía Lucius, evidentemente molesto. “Enfrentar a un daeva como si nada ¡Pudo haberlo hecho pedazos!”
“Pero está vivo, y le salvó la vida a un cronista imperial. Eso mínimo tendrías que reconocérselo.” Protestó Roxanne, su voz era de timbre suave, pero vibraba con una potencia particular que delataba su carácter.
“¡Si, si! ¡Ya sé a lo que vas, mujer! ¡Lo del Hipateion!” Exclamó Lucius con molestia. “Tal como parecen las cosas, más bien fue ese tal Shimon quién le salvó la vida al chico.”
“Es Siamón, Lucius.” Corrigió Roxanne.
“¡Da igual cómo se llame! Todo indica que éste chico lo que hizo fue un espectáculo que casi le costó la vida.” Afirmó el hombre. “Y no creo que los espectáculos penosos le ganen más rápido una plaza en el colegio de magia más prestigioso de Alejandría.”
“Ya, Lucius. Ya lo pillé.” Dijo la mujer con exasperación. Tras lo cual se hizo un silencio entre los dos, uno que Lucius rompió tras un rato.
“Es sólo que estoy preocupado, Roxanne. Me preocupa Horsi.” Le dijo el hombre, en un tono más suave, menos enojado pero sí de preocupación. “¿Qué será de él? Es un buen chico, y mi único hijo… pero su insensatez le hace meterse siempre en problemas, desde niño que es así y no parece que mejore. Me preocupa lo que pueda pasarle allá afuera si sigue con ese actuar.”
Hubo otro silencio, Horsi tuvo que aguzar el oído a ver si escuchaba si decían algo más. Fue en ese momento que escuchó que su madre volvió a hablar.
“Sé lo que te preocupa, Lucius. Créeme, yo también temo por él.” La voz de la mujer estaba impregnada de dulzura. “Pero no siempre lo vamos a tener en el nido, tarde o temprano tendremos que dejar que vuele. Tenemos que dejar que tome su camino.”
“Ojalá que encuentre el camino correcto, Roxanne.” Dijo el hombre en voz baja.
“Y lo hará, Lucius. Estoy segura que escogerá siempre el camino correcto.” Y tras que Roxanne dijo eso, los dos se quedaron en silencio.
Horsi suspiró y miró al techo. Había cosas que no les había dicho de su encuentro con Menkheperre Siamón, ya ellos sabían que era un profesor del Hipateion. Pero aparte, mientras le acompañaba a Schenia, el hombre le había confesado que el colegio estaba comenzando a buscar nuevos estudiantes para el nuevo ciclo académico, y en algún momento le dijo que tal vez podría recomendarlo, “tal vez podría venirte bien el Hipateion, para aprender a contener demonios con algo más que sal” le había dicho. Pero Horsi no fue capaz de preguntarle más, ya que estaban llegando a Schenia y el sirviente del profesor Siamón le recibió para llevarlo a la posada, dejando a Horsi con las palabras en la boca.
Igual podía ser que estuviera bromeando, ya que aquello lo había dicho entre risas… aunque el hombre había estado riendo durante todo el viaje de regreso, tal vez porque todavía estaba nervioso o porque acostumbraba a reírse con todo. Horsi no lo sabía, como tampoco sabía si era en serio que iban a recomendarlo al Hipateion o solamente se estaba ilusionando con nada. El chico resopló y se giró sobre su costado, sintiendo los pinchazos de dolor en su cuerpo, se acomodó como pudo y cerró los ojos. Tal vez luego les comentaría a sus padres aquello que le dijo Siamón, pero de momento iba a dormir. Ya bastante había pasado.
No hubo novedad ni al día siguiente, ni al día siguiente a ese. La sorpresa esperó con paciencia hasta el tercer día, mientras la familia se encontraba almorzando. Roxanne había preparado fesenjan para comer, para alegría de Horsi, que devoraba su comida con la voracidad de un león hambriento.
— ¡Con calma, Horsi! ¡No te olvides de respirar! - Le dijo la mujer estremecida por ver a su hijo comer de esa manera, sin embargo al poco se le escapó una risa mientras negaba con la cabeza y ponía los ojos en blanco.
Lucius en cambio permanecía en silencio, degustando lentamente su comida mientras la acompañaba con una taza de buna y observaba unos papiros digitales en su tablilla holográfica, puesta a un lado de dónde estaba su plato. Eran documentos de su trabajo en el registro, los cuáles habían llegado esa mañana, aunque no era raro ver a Lucius trabajando y comiendo al mismo tiempo.
— ¡Por el sol de Mitra! ¿Puedes dejar de manipular la tablilla mientras comes? ¡La vas a dejar hecha un asco! - Le reclamó Roxanne a su marido en tono exasperado, mientras le llenaba un poco más la taza de buna. Lucius no prestó atención, e igual luego iba a limpiar la tablilla, le gustaba tener su equipo de trabajo limpio.
La tarde parecía comenzar de forma usual, un día normal en la casa de Lucius Silvani y Roxanne Mitridatis. Sin embargo, en medio del almuerzo, escucharon un golpeteo en la ventana, como si alguien estuviera tocando desde fuera. El primero en girar la cabeza fue Horsi, y fue el primero en ver que algo estaba posado en el alféizar.
Era un pájaro mecánico, pequeño y estilizado, similar en forma a un pluvial, de apenas medio codo, de color blanco con la panza negra, sus ojos eran dos pantallas negras con una iris azul con la forma del jeroglífio del ka. Era un pájaro que usaban los servicios de mensajería imperiales para llevar el correo, un “chorlito mensajero” como lo llamaban comúnmente, y el pájaro pisaba con la pata un cilindro de un blanco impoluto, con los extremos de la varilla de color dorado, cerrado con un sello de color azul con la forma del Ojo de Horus.
Pronto Roxanne se dio cuenta también de la presencia del pájaro, arqueando la ceja ante aquella inusual visita. Era bastante raro que viniera un chorlito mensajero a la casa de la familia, si acaso una carta ocasional de los familiares de Roxanne o cartas del trabajo de Lucius. Y no llevaba ni una semana que un primo de Roxanne pidiera algún préstamo, por lo que ella no esperaba ninguna carta de ningún tipo.
— Lucius ¿Es para ti? - Preguntó la mujer señalando la ventana. Su marido, que estaba concentrado en su tablilla electrónica, levantó la vista extrañado, antes de girar en la silla y ver a la ventana, dónde el pájaro insistía en tocar. Lucius devolvió la vista a su mujer, evidentemente extrañado.
— Yo no espero correspondencia. - Dijo el hombre, antes de dejar su taza de buna y la tablilla sobre la mesa y ponerse en pie para acercarse a la ventana.
Abrió las hojas de la ventana desde dentro, el pájaro le miró con atención, con sus ojos negros electrónicos, como si lo escanease. Tras un rato, con una voz dulce pero con un timbre sintetizado, el pájaro comenzó a hablar.
— Receptor del mensaje identificado: Lucius Silvani Aquila. Funcionario del Catastro Imperial de Schenia, Departamento de Propiedades. - Tras aquellas palabras el pájaro apartó la pata del rollo para que el hombre pudiera tomarlo. - ¡Gracias por confiar en el Servicio de Mensajería Imperial!
— Pero si yo no esperaba correspondencia… ¡Eh! ¡Espera ahí! - Al tiempo que intentó hablar, el pájaro había desplegado las alas y echó a volar, dejando detrás a Lucius Silvani gritando detrás del aparato. - ¡Éstos chismes imperiales y sus manías!
El hombre tomó el rollo de papiro y se giró, encontrándose las miradas expectantes de su esposa y su hijo. Tras lo cual miró con cuidado el rollo, como si lo estuviera estudiando con cuidado, sintiendo un fuerte olor seco y terroso en las fosas nasales, lo veía como si fuera un enigma que tuviera que descifrar. Pero de serlo, no encontraba respuesta alguna, y ya simplemente decidió salir de dudas de una vez por todas. Desplegó el rollo de papiro de una vez, casi que desafiante, como si estuviera desenvainando una espada y se preparara para la lucha.
Horsi estaba atento al rostro de su padre, el fesenjan, ya apenas ocupando menos de la mitad del plato, ya había dejado de ser la prioridad. En ese momento la expresión de extrañeza de su padre comenzó a cambiar a una que mezclaba confusión y asombro. Pudo el chico ver cómo los ojos de su padre se abrían como platos a medida que barría con la mirada las palabras escritas en el papiro. Aquello hizo que su corazón comenzara a retumbar como el galope de un caballo en las llanuras, de mera expectativa.
— ¿Qué es, Lucius? - preguntó Roxanne, a la que tampoco se le escapó el cambio de expresión de su marido, su rostro expectante a la vez que preocupado.
Lucius guardó silencio por un momento, abriendo la boca varias veces pero sin que emitiera sonido alguno, como si tratara de encontrar las palabras a la vez que procesaba lo que acababa de leer.
— E-es… es de Alejandría, Roxanne. - El corazón de Horsi se detuvo ante aquellas palabras, soltando la cuchara, la cual cayó con un ruido seco sobre el plato de madera.
— ¿Y bien? ¿Qué dice, Lucius? - Preguntó la mujer, inquieta.
El hombre se aclaró la garganta, tomó aire y comenzó a leer en voz alta el texto que ponía el papiro.
— “Desde el Despacho del Decanato del Hipateion, para el señor Lucius Silvani Aquila y Roxanne Mitridatis, de Schenia, provincia de Anatolia.” - Comenzó el hombre a recitar. - “Ante todo se les manda un cordial y efusivo saludo desde la gloriosa capital de Alejandría, se espera que ésta carta llegue a la mayor brevedad posible. Sin ánimos de alargar más el asunto, se le comunica que vuestro hijo, el joven Horus Silvani, ha sido admitido como estudiante regular para el próximo ciclo escolar cuyo inicio se dará la semana siguiente, por recomendación del excelentísimo profesor Menkheperre Siamón, quién ha destacado el talento bruto y la capacidad de pensamiento rápido del joven. Se les enviará un transporte el quinceavo día del mes de septiembre para recoger al joven Silvani y llevarlo a Alejandría. Esperamos con ansias la llegada de éste nuevo estudiante, será un honor para nosotros tenerlo en el Hipateion. Firma: Decano Imhotes Petronius, excelentísimo rector del Hipateion”. - El hombre bajó el papiro, su rostro era una mueca de absoluto desconcierto, y aunque trataba de disimularlo, sus manos temblaban. - El quinceavo día de septiembre… eso quiere decir que mañana viene el transporte.
Hubo silencio en la familia. Horsi, Roxanne, Lucius… todos se quedaron un buen rato callados. La cara de Roxanne era de absoluto asombro. Los ojos de Horsi eran dos almenaras encendidas por el puro entusiasmo y la alegría. Fue el joven quién finalmente rompió el silencio.
— Me admitieron en el Hipateion. - dijo el chico en voz baja, como si no acabara de creérselo, como si en ese momento pensara que estaba en un sueño. Luego giró la cabeza hacia su madre, su boca esbozando una sonrisa de oreja a oreja que le iluminó aún más el rostro. - ¡Me admitieron en el Hipateion!
Lo que siguió fue un coro de gritos y abrazos entre madre e hijo, él se levantó de la mesa y fue a abrazar a su madre. Mientras Roxanne se acercó para estrujar a su hijo entre los brazos, para luego llenarle la cara de besos y felicitarlo mil veces “¡Mi pequeño león se irá a Alejandría!” Exclamaba la mujer eufórica, entre lágrimas de alegría. Lucius mientras tanto volvió a mirar el papiro, la carta de aceptación del Hipateion, aún tratando de procesar lo que había pasado, todo lo que conllevaría que su hijo se fuera a Alejandría. Temblaba de emoción, pero también de miedo. Horsi se iría a la capital del imperio, solo.
Sin embargo, cuando volvió a levantar la vista, viendo cómo su esposa y su único hijo estaban alegres, pudo sentir una tirantez en la comisura de sus labios, la cual se transformó en una sutil sonrisa. En su interior, como si ardiera en el interior de un horno de barro, bullía un orgullo silencioso, azuzado por la alegría que se respiraba en el hogar de los Silvani.
Thoughts
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PermalinkChuta, la carta llega un día antes del transporte. Ni tiempo de hacer maleta le dieron al pobre Horsi, de ley sale con arena todavía.
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PermalinkEse Siamón que se ríe todo el camino de vuelta no me da confianza, causa. Profe que recomienda a un chico al que acaba de ver casi morir algo quiere de él.
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PermalinkFíjate que la comida dice más de esa casa que la pelea. Roxanne cocina fesenjan, jura por el sol de Mitra y lleva apellido de rey del Ponto, y Lucius trabaja en el Catastro Imperial y llama bárbaros a los que no piensan como romano. El chico es hijo de los dos y ese pleito ya lo trae puesto. Me late que en Alejandría le van a preguntar de qué lado es, y va a contestar con la sal en la mano.
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