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Hybris (Título Pendiente) parte 18

EngelAntigonia
Pensamiento

Pensamiento

Ernestina

En la parte 13 le pedía al discípulo que sufriera porque todo le servía de material, y ahora el viejo del río le dice que su propia desgracia ya es su elegía. Le cobraron con la misma moneda, y me gusta que el cobrador sea un anciano con bastón y voz de…

En la parte 13 le pedía al discípulo que sufriera porque todo le servía de material, y ahora el viejo del río le dice que su propia desgracia ya es su elegía. Le cobraron con la misma moneda, y me gusta que el cobrador sea un anciano con bastón y voz de tierra y no un dios con rayos. Para alguien que vivía en la acrópolis, que lo humille un mendigo en la orilla duele más. Apuesto a que cruza igual.

Contenido de la publicación

Bajo el fuego abrasador del desierto, el poeta caminaba sin rumbo, arrastrando en solemne lentitud cada pie ,el calor de la arena quemaban sus plantas marcando un sello de agonia;cada paso era un agonizante martirio , levantaba un pie solo para que la inercia lo disminuyera a su bajeza ,el fuerte de su peso lo regresaba a la arena misma. Así llevaba varios días sin probar una sola gota de agua; el polvo, la fatiga y el abandono eran tales que sentía que estaba pegando sus vicios con tan aplastante condenación,los pocos viajeros con los que se cruzaba empezaban a confundirlo con un mendigo cínico. En lo alto del cielo ceruleo , el ave Yatagarasu volaba en círculos perfectos, vigilando con su mirada carroñera. Su sombra negra recortaba el horizonte lo rodeaba , esperando con asesina malicia el momento en que el poeta se disminuyera el rigor de su espíritu cansado para descender sobre él para darle un ataque mortal.

Como un milagro de plata líquida, tropezó con un río. Sus ojos enrojecidos cambiaron con mirada con la fuerza de un histérico ,uso la escaza energía para aprovechar la milagrosa claridad de la corriente, se acercó para beber y saciar la sed mortal que le calcinaba la garganta, entró en un frenesí danzante con sus manos que deboraba el agua en una escena que evoca a locura , cuando la sed se apaciguó lentamente se reincorporo para purificar su cuerpo, en un bañó emulando la vieja costumbre ritual de los filósofos de Atenas. Mientras se sumergía, un anciano que deambulaba por los alrededores se detuvo a observarlo. Con una voz senil que parecía brotar de la misma tierra, le dijo:

—En verdad te digo, poeta, que si te sumerges en este río y te atreves a cruzarlo, ya no serás el mismo. Olvidarás tu pasado y quedarás condenado a enfrentarte, desnudo, al rigor del presente.

El poeta, emergiendo del agua con las sienes goteantes, lo miró con asombro y replicó:

—¿Quién eres tú, cuya lengua es tan sagaz como el hilo de las Parcas? Parece que profetizas con aforismos, cínico adivino.

—Finito es el tiempo que tiene el hombre en este mundo, y la mayoría lo dilapida en placeres efímeros —respondió el anciano, clavando en él una mirada tan profunda como un abismo—. Te pregunto: ¿eres siempre poeta al amanecer, justo en el umbral que separa el sueño de la vigilia? El oficio hace al hombre, pero el hombre no siempre se encuentra trabajando en su oficio. Si el tiempo es tan escaso, dime: al despojarnos de la máscara de creadores al despertar, ¿debemos retomar voluntariamente el papel que nos toca o estamos obligados a empezar de cero?

El poeta, irguiéndose con orgullo herido, contestó:

—Soy poeta incluso en el sueño y en el luto. No puedo abandonar mi fuego, ni siquiera cuando me ocupo de los menesteres más mundanos. Sabes bien que los profesantes del arte evocamos a las musas para que habiten nuestra lengua; solo así podemos dar cuerpo a sus cantos liricos.

El oscuro adivino sonrió con una ironía sombría y lanzó su última pregunta:

—Si es así, ¿eres tú el verdadero poeta, o son las musas las que cantan a través de ti?

—Soy solo su siervo —confesó el poeta, bajando la cabeza—. Escribo poesía helena no porque yo sea quien inicie el fuego, sino porque soy el heraldo encargado de esparcir sus cenizas.

El viejo guardó silencio un momento, apoyándose con pesadez en su bastón de madera nudosa, y concluyó:

—Si solo eres el viento que esparce un fuego ajeno, entonces nunca serás dueño de tu propio incendio. Quien depende de dioses para hablar, enmudece cuando estos se marchan. Cruza el río, pues, y descubre si bajo tus versos prestados habita un hombre libre o un simple eco del desierto.

—Precisamente eso es lo que me acontece descubrir —admitió el poeta, con una mezcla de melancolía y firmeza—. Yo moraba en la alta acrópolis, dedicando mis días a la lírica de la tragedia. Una musa que no paraba de cantar a mis oídos me obligaba a escribir; pero por más que lo hacía, todo era inútil. Vi cómo mi hogar era atacado y cómo nuestra estirpe decaía. El arte que alguna vez no tuvo parangón en el mundo se desquebrajaba ante mis ojos. Por eso decidí explorar el mundo: para saber quién queda en pie en esta contienda contra el ángel del olvido. Veo que algunos de nosotros, los griegos, aún resistimos a la desaparición... Pero dime, ¿cómo sabías que soy poeta, oscuro adivinador?

El anciano dio un paso al frente. Miró de reojo al ave Yatagarasu que seguía midiendo el aire desde las alturas y luego soltó una carcajada seca, impregnada de burla:

—Cada cosa en el universo tiene un orden, y cada alma posee un don que la ennoblece. Tal vez tu orgullo no te deja notarlo, pero caminas arrastrando los pies y, sin darte cuenta, recitas versos en voz baja y entonas coros que claman al cielo, suplicando permanecer aún en la memoria del mundo. Qué ironía la tuya, poeta: buscando inspiración por los rincones del mundo, terminarás descubriendo que tu propia vida se ha vuelto una tragedia. ¿Será acaso un designio celestial? Terminaste profetizando tus propios versos; te has convertido en el protagonista de las desgracias que solías escribir. Ya no necesitas a las musas; tu ruina es tu mejor elegía.

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  • Ernestina

    En la parte 13 le pedía al discípulo que sufriera porque todo le servía de material, y ahora el viejo del río le dice que su propia desgracia ya es su elegía. Le cobraron con la misma moneda, y me gusta que el cobrador sea un anciano con bastón y voz de tierra y no un dios con rayos. Para alguien que vivía en la acrópolis, que lo humille un mendigo en la orilla duele más. Apuesto a que cruza igual.

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