El viento soplaba con disimulo entre las copas de los árboles, apenas lo suficiente para estremecer las hojas de los algarrobos y los quebrachos. Arriba, una luna grande, redonda y brillante vigilaba serenamente la inmensidad del monte santiagueño. Su luz plateada se derramaba sobre los senderos de tierra, los cercos de ramas secas y los ranchos dormidos, dibujando sombras que parecían moverse por voluntad propia.
Los grillos y los coyuyos eran los dueños de la oscuridad. Sus cantos se mezclaban en una música interminable, mientras, a lo lejos, las lechuzas desgarraban el aire con sus chillidos agudos. De tanto en tanto, algún perro ladraba desde un rancho perdido entre los árboles. Otro le contestaba más allá, y después un tercero, formando una sinfonía despareja, sin director ni concierto, que se extendía de un extremo al otro del creciente poblado.
En algún bajo, donde los viejos aseguraban haber escuchado más de una vez la música de la Salamanca, las ramas crujían sin que nadie las tocara.
Poco a poco, unas nubes oscuras comenzaron a cubrir el cielo. Primero ocultaron unas cuantas estrellas. Después avanzaron lentamente sobre la luna, intentando apagar el último candil de la noche.
El viento cambió.
Ya no acariciaba las hojas. Ahora se metía entre los árboles, sacudía las ramas, levantaba pequeños remolinos de tierra haciendo tañir la campana de la pequeña parroquia, como si algo lo persiguiera desde las profundidades del monte. Los perros comenzaron a ladrar con mayor insistencia. Los coyuyos parecieron multiplicarse y las lechuzas fueron las primeras en callar
La luna desapareció por completo.
Una oscuridad espesa descendió sobre la tierra, instalándose en cada rincón.
Los animales se inquietaron. El viento se volvió violento. Todo parecía haber enloquecido.
Y entonces, justo cuando aquel desorden de sonidos alcanzó su punto más alto, ocurrió lo imposible.
El tiempo pareció detenerse de golpe.
El viento dejó de soplar. Las hojas quedaron inmóviles. Los grillos y los coyuyos enmudecieron y hasta los perros interrumpieron sus ladridos.
Ni una rama.
Ni un insecto.
Ni el más pequeño murmullo.
El silencio fue tan absoluto que parecía lastimar los oídos. Un silencio pesado, insoportable, de esos que obligan a escuchar los latidos del propio corazón.
Fueron apenas unos segundos.
Entonces, desde lo más profundo del monte, nació un grito.
Primero fue un sonido bajo, ahogado, como el lamento de alguien que intentara respirar mientras una mano invisible le apretaba la garganta. Pero fue creciendo hasta convertirse en un alarido desgarrador, imposible de confundir con la voz de un hombre o el llamado de cualquier animal conocido.
Había desesperación en aquel grito.
Había sufrimiento.
Y un terror tan antiguo que parecía venir de las entrañas mismas de la tierra.
Detrás del alarido se escuchó un ruido metálico de eslabón contra eslabón, golpeando piedras, raíces y tierra endurecida.
El grito volvió a escucharse.
Esta vez más cerca.
Más largo.
Más terrible.
Y las cadenas volvieron a arrastrarse.
Por tercera vez se oyó aquel alarido.
Tan próximo que parecía haber nacido detrás de la puerta.
Y entonces los perros comenzaron a llorar.
Primero uno, con un aullido largo y lastimero. Después otro. Y otro más. Hasta que todos los perros del monte, desde el rancho más cercano hasta el último caserío perdido en la oscuridad, aullaron al unísono.
No ladraban.
Lloraban como lo habían hecho sus antepasados, miles de años atrás, cuando todavía eran lobos y la noche les pertenecía. Era un lamento antiguo, nacido de algún rincón de la memoria que la domesticación no había conseguido borrar. Un sonido que parecía despertar en sus entrañas el miedo de aquellos primeros tiempos, cuando el hombre aún no les ofrecía refugio y la oscuridad escondía peligros que ni siquiera sus instintos podían comprender.
En los ranchos nadie encendió una luz. Nadie salió a mirar. Los más viejos permanecieron inmóviles bajo sus mantas, y el cura elevó una plegaria por los fieles.
Porque hay cosas que el monte esconde durante el día y devuelve cuando cae la noche. Cosas que no conviene nombrar, ni buscar, ni mucho menos seguir.
Las cadenas volvieron a sonar.
Después, otro grito.
Todos sabían que del otro lado de la puerta rondaba el Almamula.