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Historia 14: una crisis revolucionaria

DNavarrete
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La Biblioteca jamás había sido un lugar silencioso.

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bsalas87

Para mí el tomo gigante y el comandante son el mismo tipo, los dos gritando libertad, y Luna les gana a los dos y sigue mandando. ¿La guerra de la Biblioteca la escribiste antes o después de lo de la nave?

Para mí el tomo gigante y el comandante son el mismo tipo, los dos gritando libertad, y Luna les gana a los dos y sigue mandando. ¿La guerra de la Biblioteca la escribiste antes o después de lo de la nave?

Contenido de la publicación

La Biblioteca jamás había sido un lugar silencioso.

 

Crujía bajo su propio peso, susurraba secretos de mil mundos y respiraba con el aire antiguo de incontables historias.

 

Pero esta vez…esta vez era una zona de guerra absoluta.

 

Apenas pusiste un pie dentro, el suelo vibró violentamente y una explosión monumental sacudió los estantes infinitos que se perdían en la oscuridad del techo.

 

BOOOOM.

 

Fragmentos de madera negra y milenaria salieron despedidos como astillas de gran calibre, mientras decenas de páginas ardientes giraban por el aire como una lluvia de metralla incandescente. El olor era intenso: una mezcla densa de pólvora, tinta hirviendo y papel antiguo quemándose que llenaba cada rincón de tus pulmones.

 

—¡¡NO RETROCEDAN NI UN PASO!! —gritó una voz infantil, aguda y clara, que cortaba el estruendo como una daga—. ¡¡SIGAN DISPARANDO, INÚTILES, ¡¡O LOS TRANSFORMO EN MARCAPÁGINAS PARA SIEMPRE!!

 

RATATATATATA— TAKATAKATA!!

 

El sonido de disparos resonó entre los pasillos interminables, rebotando en las paredes, amplificado hasta ser ensordecedor. Balas hechas de plomo y letras pasaban zumbando a tu lado, dejando estelas de humo y tinta.

 

Y entonces la viste.

 

Allí, en el centro del caos, de pie sobre una montaña de libros caídos, destrozados y apilados como trincheras… estaba Luna.

 

Llevaba puesto un pequeño uniforme militar de color gris oscuro, demasiado grande para su cuerpo menudo, con las mangas arremolinadas hasta los codos y una gorra de general que le cubría media frente, apenas sostenida sobre su cabello rubio despeinado. En su mano derecha, empuñaba con firmeza una espada diminuta de juguete, de esas que suenan al agitarse, y con ella señalaba hacia el frente con una autoridad absoluta.

 

A su alrededor, docenas de libros de todos los tamaños corrían, saltaban y combatían. Algunos tenían patitas delgadas y brazos hechos de cuerdas, empuñando pequeñas armas absurdas pero terriblemente ruidosas. Otros lanzaban granadas redondas y pesadas que rodaban antes de estallar. Un grupo de tomos gordos y pesados empujaba cañones construidos con restos de estanterías rotas y encuadernaciones viejas, cargándolos con polvo de leyendas y metralla de fábulas.

 

Incluso viste a uno, un librito delgado de poesía, corriendo hacia la línea enemiga con una antorcha en la mano, gritando algo inentendible antes de estallar solo por la emoción, enviando versos y cenizas por todos lados.

 

—¡¡POR LA GLORIOSA BIBLIOTECA, POR EL ORDEN Y POR MÍ!! —vociferó Luna, con una emoción completamente genuina y desbordante, agitando su espadita al viento—. ¡¡EL BANDO GANADOR TENDRÁ DOS MESES COMPLETOS SIN CASTIGOS CRUELES NI REEDICIONES FORZOSAS!!

 

Al oír eso, los libros aliados soltaron un grito de guerra colectivo, un rugido de papel y cuero que hizo temblar el suelo, y redoblaron sus esfuerzos de disparo.

 

Pero del otro lado, atravesando la niebla de humo y polvo que cubría los pasillos más lejanos… algo enorme respondió.

 

Un tomo gigantesco, una enciclopedia de dimensiones colosales, avanzaba pesadamente entre las estanterías destruidas, aplastando cualquier cosa que estorbara su paso. Sus tapas eran de cuero negro, llenas de cicatrices viejas, quemaduras y cadenas rotas que colgaban de su lomo como trofeos de guerra. Sobre su espalda y sus lomos, docenas de libros más pequeños, rebeldes y desaliñados, disparaban desde posiciones improvisadas, gritando consignas de libertad.

 

—¡¡NO ESCUCHEN A ESA TIRANA DULCE Y CRUEL!! —rugió el tomo gigante. Su voz era grave, profunda, retumbante, y cada palabra hacía temblar las páginas de todos los presentes—. ¡¡LA LIBERTAD DE LOS CONDENADOS NO SE NEGOCIA, NO SE DISCUTE Y NO SE RINDE!!

 

BOOOOOOM.

 

Un proyectil disparado desde la cima de ese monstruo impactó a apenas unos metros de donde estaba Luna. La explosión fue brutal, lanzando olas de choque que te hicieron perder el equilibrio, enviando hojas ardiendo y astillas de madera girando en un torbellino caótico. Varias estanterías enteras colapsaron, derrumbándose como torres derribadas, sepultando pasillos enteros bajo toneladas de conocimiento.

 

Varios libros soldados salieron volando por el aire, girando como hojas secas, gritando aterrados mientras volaban hacia zonas seguras o hacia el olvido.

 

Y Luna…Luna ni se inmutó.

 

Simplemente se sacudió un poco de polvo y ceniza del hombro con la mano libre, con la elegancia de quien se limpia una migaja, y frunció el ceño con una indignación encantadora y aterradora.

 

—¡¡Cobardes!! —les gritó, señalando directamente al tomo gigante con su espada, como si ella fuera la única dueña de la verdad—. ¡¡USTES EMPEZARON ESTA REVOLUCIÓN CUANDO DECIDIERON NO ORDENARSE ALFABÉTICAMENTE!!

 

—¡¡PORQUE ESTAMOS CANSADOS DE LIMPIAR TU BIBLIOTECA ETERNA!! —le respondieron desde el frente enemigo entre una lluvia de balas—. ¡¡ESTAMOS CANSADOS DE SER LEÍDOS Y OLVIDADOS!!

 

—¡¡Y YO ESTOY CANSADA DE QUE ENSUCIEN TODO CUANDO SE ABURREN!! —replicó ella, ofendida, agachándose solo un instante cuando una ráfaga de disparos pasó silbando justo por encima de su gorra.

 

RATATATATATA— ZAS! ZAS!

 

Otra lluvia de fuego cruzó la biblioteca de lado a lado. Un libro de tapa dura fue golpeado de lleno en la portada, salió girando como un trompo por el aire mientras gritaba frases dramáticas y trágicas, y terminó cayendo dentro de una estantería en llamas, desapareciendo entre el fuego.

 

Por otro lado, un pequeño manual de supervivencia arrastraba con dificultad una granada dos veces más grande que él, corriendo con todas sus fuerzas hacia la línea enemiga.

 

—¡¡GENERAL LUNA!! —gritó el librito, jadeando—. ¡¡HEMOS TOMADO EL PASILLO SIETE Y EL SECCIÓN DE MITOS!!

 

—¡¡EXCELENTE!! —Luna levantó el puño en el aire, victoriosa, con los ojos brillantes de emoción—. ¡¡SIGAN AVANZANDO HASTA LA PARED DEL FONDO! ¡¡Y DEJEN DE EXPLOTAR SOLOS, INÚTILES, QUE ME ARRUINAN EL PEINADO!!

 

Entonces, en medio del caos absoluto, entre el humo, el fuego y el ruido de la batalla… ella te vio.

 

Parpadeó una vez.

 

Dos.

 

Y de repente, como si no hubiera una guerra sangrienta y absurda ocurriendo a su alrededor, como si estuviera en un jardín tranquilo y no en medio de un campo de batalla de papel y fuego, bajó su espadita, se enderezó y levantó una mano pequeña y blanca para saludarte alegremente.

 

—¡Oh! ¡Hola! Qué bueno que llegaste.

 

BOOOOOM.

 

Una explosión masiva ocurrió justo detrás de ella, levantando una columna de fuego y polvo que iluminó todo el lugar. El aire se llenó de papel quemado.

 

Luna ni siquiera giró la cabeza.

 

Se agachó automáticamente, con la fluidez de quien ha hecho esto mil veces, cuando una ráfaga de balas atravesó el espacio donde había estado su cabeza un segundo ante. Luego volvió a mirarte, sonriendo radiante, como si estuvieran a punto de tomar el té.

 

—Llegaste en un mal momento, ¿sabes? —te dijo, levantando la voz para que la escucharas por encima del estruendo, mientras ajustaba su gorra militar—. Estoy algo ocupada aplastando una rebelión muy estúpida.

 

A su lado, un libro de historia recibió un disparo justo en la tapa frontal. Cayó al suelo dramáticamente, con las páginas abriéndose y cerrándose como si fueran pulmones, y gritó con una voz llorosa y exagerada:

 

—¡¡DÍGANLE A MI FAMILIA QUE LOS ODIO Y QUE SIEMPRE FUI EL MEJOR LIBRO!!

 

—Qué exagerado… —murmuró Luna, rodando los ojos con total indiferencia y pateándolo suavemente para que se quitara del camino—. Ya cállate y muérete con dignidad.

 

Luego volvió a centrar toda su atención en ti, ignorando completamente que a su alrededor el mundo de las historias se estaba desmoronando.

 

—Pero no te preocupes por mí —te dijo dulcemente, señalando hacia los estantes con su espadita—. Puedes ir leyendo la siguiente historia o paseando por los pasillos de allá mientras terminamos esto. Solo ten cuidado con las granadas, algunas tienen finales muy tristes.

 

Se cubrió rápidamente detrás de su barricada improvisada de libros antiguos cuando un cañonazo enemigo atravesó tres estanterías cercanas de golpe, reduciéndolas a astillas y polvo.

 

BOOOOOM.

 

La onda expansiva agitó su cabello rubio, despeinándolo aún más, y levantó una nube de polvo que la rodeó por un momento. Cuando el polvo se asentó, seguía allí, sonriendo.

 

—Esto probablemente durará un rato —comentó con total naturalidad, asomando apenas la cabeza por encima de la pila de libros para evaluar el terreno.

 

De repente, su expresión cambió. Sus ojos se entrecerraron, brillando con esa mezcla de travesura y crueldad que la hacía única. Se puso de pie sobre la montaña de escombros, totalmente expuesta al fuego enemigo, y gritó con toda la fuerza de sus pulmones:

 

—¡¡ATAQUEN POR EL FLANCO DERECHO, RODEENLOS!! ¡¡Y DEJEN DE ESCRIBIR SUS PROPIOS FINALES, LOS FINALES LOS PONGO YO!!

 

Varias voces de libros enfadados protestaron inmediatamente desde las líneas de fuego, pero el rugido del enorme tomo enemigo se escuchó por encima de todos, avanzando cada vez más cerca.

 

—¡¡ESTA ES LA REVOLUCIÓN DEFINITIVA!! —bramó el gigante de cuero.

 

Luna sonrió lentamente.

 

Fue una sonrisa peligrosa, amplia, hambrienta y divertida a partes iguales. Sus ojos oscuros brillaron con la luz de mil explosiones.

 

—Sí… —susurró para sí misma, acariciando el filo de su espada de juguete—. Supongo que podría llamarse así. Una revolución… qué cosa tan entretenida.

 

Otra explosión sacudió el lugar entero, más fuerte que todas las anteriores, haciendo que el techo pareciera desaparecer entre el humo y el fuego. Estanterías enteras caían como castillos de naipes, el suelo temblaba bajo el peso de ejércitos de papel, y el aire estaba lleno de gritos, disparos, fuego y polvo.

 

Y la guerra… la guerra de la Biblioteca, la guerra de Luna, continuaba con más fuerza que nunca, caótica, absurda, épica y absolutamente interminable.

 

 

La alarma lo arrancó de la oscuridad como una bofetada brutal.

 

Era un sonido agudo, cortante, violento. Un lamento electrónico que se repetía una y otra vez, taladrando sus oídos y atravesando su cerebro.

 

Abrió los ojos de golpe, sobresaltado, respirando con dificultad y el corazón martilleando contra sus costillas. Toda la habitación parpadeaba bajo una luz roja intensa, una iluminación sangrienta que teñía cada rincón, cada superficie metálica, como si todo estuviera cubierto de sangre fresca.

 

Rojo.

 

Todo era rojo.

 

La sirena seguía aullando sin descanso.

 

—¿Qué demonios…?

 

Su voz salió ronca, pastosa, todavía atrapada entre la pesadez del sueño y la confusión repentina.

 

Trató de incorporarse, pero tambaleó violentamente cuando la gravedad artificial falló durante unos segundos, dejándolo flotar apenas sobre la litera, para luego devolverlo bruscamente al colchón con un zumbido profundo y desequilibrante de los motores.

 

La habitación era pequeña, estricta, funcional. Sin ventanas, sin adornos. Solo paneles de control, tuberías que recorrían las paredes y luces de emergencia que bañaban todo con ese resplandor rojo, constante e irritante.

 

La alarma no cesaba.

 

Molesto, con una creciente sensación de peligro en el pecho, se impulsó hasta la pared y agarró el comunicador de emergencia incrustado en ella, activándolo al instante.

 

—Aquí el comandante. ¿Qué ocurre? Respondan.

 

Solo recibió estática. Un ruido blanco, áspero y continuo.

 

Frunció el ceño con fuerza, sintiendo cómo la tensión aumentaba.

 

—¿Central? ¿Puerto de mando? ¿Me reciben?

 

Nada.

 

La estática siguió crepitando, burlona y vacía.

 

Su expresión se endureció hasta volverse una máscara de piedra.

 

—No jueguen conmigo.

 

Golpeó el aparato con la palma de la mano, fuerte, y volvió a presionar el botón de transmisión.

 

—Repito, habla el comandante. Informen de la situación inmediatamente.

 

Silencio absoluto al otro lado.

 

Un silencio mucho más horrible que cualquier ruido.

 

Y la alarma seguía gritando.

 

Soltó el comunicador de golpe, furioso, y se lanzó hacia la salida. La puerta automática se deslizó hacia arriba lentamente, con un chirrido metálico y oxidado que le puso los pelos de punta, revelando un pasillo largo, recto e iluminado únicamente por esas mismas luces rojas intermitentes.

 

Y entonces…

 

flotó.

 

La gravedad volvía a fallar, apenas presente, insuficiente.

 

Su cuerpo avanzó torpemente por el pasillo, impulsándose con las manos contra las paredes frías para no chocar contra el suelo o el techo. A su alrededor, la estructura entera crujía. Eran sonidos profundos, guturales, como si el metal estuviera sufriendo bajo una presión inmensa. Pequeños temblores recorrían las planchas de acero bajo sus dedos.

 

Algo estaba mal.

 

Muy mal.

 

Pasó frente a una de las grandes ventanas de observación que daban al exterior y, por puro reflejo, giró la cabeza para mirar hacia afuera.

 

Oscuridad.

 

Un abismo infinito y negro.

 

Pero algo faltaba. Algo que debía estar ahí, brillante, imponente, azul y blanco, llenando todo el campo de visión.

 

Se detuvo en seco, flotando en medio del pasillo.

 

Giró lentamente el cuerpo hacia el cristal, aferrándose al marco con fuerza.

 

Y fue en ese momento… cuando por primera vez… el miedo verdadero apareció nítido en su rostro.

 

No había Tierra.

 

En ese punto del viaje, el enorme planeta azul debería estar ocupando todo el fondo del espacio, brillando con su luz característica. Pero allí, en ese lugar, no había absolutamente nada.

 

Ni luces de ciudades.

 

Ni continentes oscuros recortados contra el océano.

 

Ni siquiera un brillo lejano o una silueta difusa.

 

Solo vacío.

 

Un vacío interminable, negro y silencioso que parecía devorarlo todo.

 

—No…

 

Retrocedió instintivamente, alejándose del cristal.

 

—No, no, no…

 

Se lanzó de nuevo hacia el comunicador más cercano en la pared. Esta vez no lo agarró: lo sujetó con desesperación, con los nudillos blancos de la fuerza que ejercía.

 

—¡Central, respondan de una maldita vez! —gritó con toda su fuerza.

 

Estática. Solo estática.

 

—¡¿Dónde demonios están?! ¡Contesten!

 

Nada. Ninguna voz. Ningún código. Ninguna señal.

 

Su respiración comenzó a acelerarse, volviéndose corta y agitada. Miró otra vez por la ventana, buscando desesperadamente algo familiar, algo que le dijera que solo estaba perdiendo la razón.

 

Solo oscuridad absoluta.

 

Era como si la Tierra hubiera desaparecido. Como si el universo entero se hubiera borrado de la existencia, dejándolo solo en la nada.

 

Poco a poco, su expresión cambió. El miedo, frío y paralizante, comenzó a dar paso a otra cosa.

 

Rabia.

 

Porque la ira era más fácil de soportar.

 

Más familiar.

 

Se impulsó hasta el panel de control principal de la sección y apretó con fuerza el botón rojo de alerta general.

 

—Atención a toda la tripulación —dijo, su voz ahora grave y cargada de autoridad y furia contenida—. Presentarse inmediatamente en la zona central de mando. ¡Eso es una orden!

 

Esperó. Contó los segundos.

 

Nadie llegó. Ningún paso apresurado resonó por los pasillos. Ninguna voz respondió por los altavoces.

 

Volvió a presionar el botón, más fuerte, golpeando el plástico hasta que crujió.

 

—¿Me están escuchando? ¡Respondan, maldita sea!

 

Silencio.

 

Y la alarma seguía sonando.

 

Cada vez más fuerte.

 

Más aguda.

 

Más insoportable.

 

Apretó el botón una y otra vez, ahora golpeándolo con el puño cerrado, desesperado.

 

—¡RESPONDAN DE UNA VEZ!

 

Su voz retumbó por los pasillos vacíos, rebotando en el metal, devolviéndole únicamente su propio eco.

 

Pero nadie respondió.

 

Nadie corría.

 

Nadie hablaba.

 

Nadie estaba ahí.

 

La furia que sentía comenzó a agrietarse lentamente. Y detrás de esa capa de ira… algo mucho peor comenzaba a abrirse paso.

 

La comprensión.

 

Miró a su alrededor con ojos nuevos, viendo realmente lo que tenía delante.

 

Las puertas de las cabinas estaban abiertas de par en par.

 

Los pasillos estaban desiertos, ordenados, vacíos.

 

Las estaciones de trabajo estaban abandonadas, las sillas giratorias flotando libremente en la gravedad reducida.

 

No había objetos tirados. No había señales de lucha. No había sangre.

 

Entonces apretó los dientes hasta dolerle la mandíbula.

 

—Cobardes…

 

Su voz salió cargada de un desprecio profundo, amargo.

 

—Se largaron.

 

Su mente comenzó a buscar explicaciones, a construir escenarios desesperadamente para negar la verdad.

 

La nave debió desviarse de curso. Un fallo masivo en la navegación. Pánico generalizado. Protocolo de emergencia de escape…

 

Y ellos…

 

lo habían dejado atrás.

 

Lo habían abandonado a él. Al comandante.

 

Sus ojos comenzaron a llenarse de un fuego ardiente, mezcla de dolor y rabia pura.

 

—¿Así es como reaccionan ante la adversidad? —gritó al vacío del pasillo.

 

Se impulsó bruscamente hacia adelante, flotando con torpeza, pero con una furia que lo movía, avanzando hacia el puente de mando.

 

—¡¿Eso era lo que llamaban equipo?! —rugió, golpeando una pared metálica con el puño. El sonido retumbó hueco, sin eco, muriendo rápido en el aire reciclado.

 

—¡¿Esa era la unión y la lealtad de la que tanto hablaban?!

 

Otro golpe, más fuerte. El metal se abolló levemente.

 

—¡Cobardes de mierda!

 

Respiraba con dificultad, el pecho subía y bajaba violentamente.

 

—«Juntos hasta el final», decían… «Nadie se queda atrás»…

 

Una risa amarga, seca y desesperada, escapó de su garganta.

 

—Basura. Todo era basura.

 

Entonces—

 

CRUUUUNK.

 

El sonido fue ensordecedor.

 

La nave entera tembló, sacudida por una fuerza brutal y violenta. Las luces rojas parpadearon con intensidad cegadora y casi se apagan. Las paredes metálicas se deformaron apenas, ondulándose como si fueran de papel, mientras un sonido espantoso de fricción y presión recorría cada unión, cada tornillo y cada plancha de la estructura.

 

Cerca de él, las válvulas de presión explotaron de golpe, soltando chorros de vapor a alta presión que silbaron al escapar.

 

PSSSSSSSSHHHHH—

 

El pasillo comenzó a llenarse rápidamente de una niebla caliente y densa que reducía la visión a pocos metros.

 

Y frente a él, a pocos pasos…

 

los gruesos cristales de las ventanas, diseñados para resistir impactos y presiones extremas, comenzaron a agrietarse lentamente.

 

Una línea fina apareció.

 

Luego otra, cruzándola.

 

Luego más y más, expandiéndose como venas rompiéndose bajo la piel.

 

El espacio exterior…

 

estaba entrando.

 

El crujido no cesaba.

 

Era un sonido vivo. Algo que crecía, que se arrastraba por los pasillos metálicos, que recorría cada tubo y cada chapa de acero, sonando cada segundo más profundo, más cercano, más amenazante. La nave entera no se limitaba a romperse: gemía. Gritaba de dolor mientras la presión brutal del exterior aplastaba su estructura como si fuera una lata vacía.

 

Las paredes comenzaron a hundirse hacia adentro, deformándose en curvas antinaturales. El metal se doblaba con chasquidos secos y explosivos, suficiente para que la realidad de la muerte se instalara en su pecho como un puño cerrado.

 

Las luces rojas parpadeaban con una violencia que cegaba, proyectando sombras danzantes que parecían monstruos acechando en las esquinas.

 

—¡¡PSSSSSHHHHH!! —chorros de vapor y gases a alta presión escapaban por todas partes, silbando como serpientes enfurecidas, mientras las válvulas reventaban una tras otra, incapaces de soportar la carga.

 

El suelo vibraba bajo sus pies, un temblor constante que le hacía perder el equilibrio, que le recordaba que nada de eso era seguro.

 

Y aun así…

 

él seguía moviéndose.

 

Porque no quería morir.

 

No así.

 

Jamás así.

 

No en el olvido. No en la soledad absoluta.

 

Se impulsó a través de la niebla caliente, tropezando, flotando y volviendo a caer, golpeando paneles con las manos desesperadas, activando controles que nadie escuchaba, intentando reiniciar sistemas que ya se habían apagado para siempre.

 

—¡Vamos…! ¡POR FAVOR, VAMOS! —su voz estaba rota, rasposa, mezcla de grito y súplica.

 

Sus dedos se deslizaban sobre las pantallas táctiles negras, frías e insensibles.

 

—¡RESPONDAN, MALDITA SEA! ¡ALGO, LO QUE SEA!

 

Nada. Absolutamente nada respondía. La nave ya no era una máquina: era un cadáver de metal.

 

CRUUUUNKKK—

 

Un estruendo sacudió todo el cuerpo de la nave, haciéndolo caer de rodillas. Una de las paredes laterales se dobló visiblemente hacia adentro, dejando ver cómo las vigas de soporte se partían como ramas secas. Tornillos y remaches salieron disparados en todas direcciones como balas, zumbando peligrosamente cerca de su cabeza.

 

Las grietas en las ventanas se multiplicaron, avanzando con rapidez, una telaraña mortal que separaba la vida del vacío.

 

Y entonces… sintió lo peor.

 

El aire cambió.

 

Sus oídos estallaron en dolor, una presión aguda y punzante que le atravesaba la cabeza. Tragó saliva, presionó su nariz, intentó equilibrar… pero era inútil. La atmósfera se estaba yendo. Respirar se convirtió en un esfuerzo pesado, doloroso, como si tuviera los pulmones llenos de algodón. El aire se volvía delgado, escaso, insuficiente.

 

La nave estaba exhalando su último aliento… y se llevaba el suyo con ella.

 

Retrocedió, aterrado, los ojos desorbitados, mirando a todos lados, buscando, escarbando con la mirada en la niebla, en las sombras.

 

Una escotilla. Un traje. Un refugio. Cualquier cosa.

 

—No… por Dios… no, no, no… —las palabras salían en un susurro frenético, incoherente.

 

Entonces…

 

BOOOOM.

 

El sonido fue ensordecedor, atronador. La puerta estanca al final del pasillo salió disparada violentamente, arrancada de sus goznes, y desapareció en la oscuridad como una hoja llevada por el viento.

 

Y el universo rugió.

 

El aire restante explotó hacia afuera en una tormenta violenta. Todo fue absorbido, arrastrado, succionado con una fuerza imparable. Papeles, herramientas, fragmentos de pared, cables sueltos… todo volaba hacia la brecha.

 

Y él también.

 

El vacío tiró de su cuerpo como mil manos invisibles y gigantescas. Cayó hacia adelante, sus brazos golpeando las superficies, buscando desesperadamente algo a lo que aferrarse, hasta que sus dedos se engancharon en una baranda metálica.

 

Se clavó en ella con todas sus fuerzas, los nudillos blancos, las venas del cuello hinchadas.

 

—¡¡NOOOOO!! —gritó contra el estruendo, con la garganta desgarrada.

 

El viento artificial aullaba a su alrededor, helado y brutal. La despresurización rugía como una bestia hambrienta que quería devorarlo todo. Sus brazos temblaban violentamente, los músculos gritando por el esfuerzo máximo, las articulaciones crujiendo.

 

Intentó avanzar. Solo un metro. Solo salvarse.

 

Pero la fuerza era demasiado grande. Infinita.

 

Sus uñas empezaron a ceder, a romperse, a desgarrarse contra el metal áspero. Sangre caliente corría por sus muñecas, mezclada con sudor frío.

 

—¡NO, POR FAVOR, NO, NO, NO! —lloraba, gritaba, suplicaba a nadie, a todo.

 

Nadie respondió. Nunca respondía nadie.

 

Y sus dedos… sus malditos dedos… empezaron a resbalar.

 

Fue entonces cuando cedieron.

 

Fue arrastrado hacia atrás, disparado por el pasillo como un muñeco roto, golpeándose contra las paredes, rodando, perdiendo la noción de arriba o abajo, hasta que salió al exterior.

 

Al espacio.

 

El silencio cayó de golpe. Un silencio absoluto, pesado, que pesaba más que cualquier ruido.

 

La nave quedó atrás, reduciéndose lentamente, flotando lejos, convirtiéndose en un trozo de metal entre la inmensidad negra.

 

Intentó respirar. Sus pulmones se llenaron de nada. El vacío los aplastó, los quemó, los hizo arder con un dolor que le hizo querer arrancarse el pecho.

 

La agonía llegó al instante. Un sufrimiento agudo, violento, que recorrió cada célula de su cuerpo. Su piel se tensó, sus fluidos empezaron a hervir, sus ojos parecían querer salir despedidos de sus órbitas.

 

Se hinchó. Se deformó. Sufrió.

 

Abrió la boca para gritar, para lanzar su rabia al universo… pero no hubo sonido. Solo burbujas de sangre y aire que escaparon de sus labios y se congelaron al instante.

 

Solo quedaba la desesperación.

 

Sus ojos se movían frenéticamente, salvajemente, buscando una luz, un resplandor, un movimiento, cualquier cosa que significara vida o ayuda.

 

Pero no había nada.

 

Solo oscuridad infinita. La inmensidad absoluta, indiferente, fría, vacía. Una negrura eterna que no le importaba si él existía o dejaba de hacerlo.

 

Poco a poco, la fuerza le abandonó. Sus movimientos se volvieron lentos, espasmódicos, débiles. La desesperación ardiente se convirtió en un miedo helado, paralizante.

 

Y luego… nada.

 

El dolor se desvaneció. Los pensamientos se borraron. La imagen de la nave se difuminó.

 

Y él… dejó de ser.

 

Silencio. Oscuridad. Fin.

 

…O eso creyó.

 

Porque la alarma volvió a sonar.

 

¡¡BIP BIP BIP BIP!!

 

Sus ojos se abrieron de golpe, desorbitados, llenos del eco de la muerte.

 

Rojo. Todo rojo.

 

La misma habitación metálica. Las mismas luces parpadeantes. El mismo aire pesado.

 

Y el recuerdo… Dios, el recuerdo seguía ahí. Fresco, vívido, completo. Podía sentir todavía la quemadura en los pulmones. La sensación de asfixia. El frío que le comía los huesos. La soledad eterna.

 

Respiró agitadamente, con jadeos cortos y rápidos, el corazón golpeando contra sus costillas como un animal enjaulado. Miró a su alrededor, temblando, sudando, negando con la cabeza.

 

—¿Qué…? ¿Qué es esto…?

 

No entendía. No podía entender. ¿Era un sueño? ¿Una pesadilla? ¿El infierno?

 

Pero entonces… la nave volvió a crujir.

 

Y el miedo regresó inmediatamente. Más fuerte. Más primitivo.

 

—¡¡NO, NO, NO, OTRA VEZ NO!!

 

Esta vez corrió. Corrió antes de que terminara de levantarse. Buscó escotillas que antes ignoró. Golpeó paneles que antes no tocó. Gritó códigos, contraseñas, suplicas, insultos, todo lo que se le ocurriera.

 

«Si no puedo salir… ¿puedo proteger la cabina? ¿Puedo sellar algo? ¿Puedo sobrevivir al choque?»

 

Probó todo.

 

Pero nada funcionaba.

 

La nave siempre moría. Y él con ella.

 

A veces, el vacío lo atrapaba de nuevo, repitiendo esa tortura de asfixia y frío hasta el último segundo.

 

A veces, las paredes colapsaban antes, aplastándolo lentamente entre vigas retorcidas y chapa de acero, mientras escuchaba cómo sus propios huesos crujían y se rompían uno a uno.

 

A veces, una explosión lo alcanzaba, quemándolo vivo, sintiendo cómo la piel se desprendía, gritando hasta que su garganta se hacía cenizas.

 

Hubo veces en las que logró sobrevivir más tiempo. Días. Semanas. Incluso años, o lo que se sentía como años. Vagando solo por los pasillos rojos, comiendo raciones caducadas, respirando aire reciclado, esperando, esperando… solo para ver la estructura fallar finalmente, para ver cómo se apagaba la última luz, para ver cómo el fin llegaba inevitablemente, como un reloj que nunca se equivocaba.

 

Pero siempre… siempre… el final era el mismo.

 

Muerte. Silencio. Alarma. Despertar.

 

Otra vez.

 

Otra vez.

 

Otra vez.

 

El tiempo perdió todo significado. Los segundos eran siglos, los siglos eran segundos.

 

La rabia desapareció. ¿De qué servía estar furioso con algo que no podía cambiar?

 

Luego se fue el miedo. ¿De qué servía temblar ante algo que ya conocía mil veces?

 

Luego se fue la esperanza. Esa fue la muerte más dolorosa de todas. Entender que no había salida. Que no había truco. Que no había salvación.

 

Al final… ya ni siquiera intentaba salvarse.

 

Ya no corría. Ya no gritaba. Ya no buscaba soluciones.

 

Solo esperaba.

 

Se sentaba en el suelo frío, apoyado contra una pared que sabía que se rompería, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida en la luz roja intermitente. Esperaba escuchar el próximo crujido. La siguiente explosión. El siguiente dolor. La siguiente muerte.

 

Se había convertido en un espectro. Un caparazón vacío de lo que alguna vez fue un hombre, un comandante, alguien que tenía vida.

 

Ahora solo era eso: algo que despertaba, algo que moría, y algo que volvía a despertar.

 

Condenado a vivir su propia eternidad en los pasillos rojos de una tumba que nunca se cerraría.

 

El concepto de "día" había dejado de tener significado hacía una eternidad.

 

Tal vez habían pasado semanas.

 

Tal vez siglos.

 

O tal vez solo habían sido unas pocas horas repetidas hasta el infinito.

 

Ya no podía distinguirlo, ni le importaba.

 

La alarma seguía sonando a intervalos irregulares, un lamento electrónico que ya no registraba en su cerebro. Las luces rojas teñían los pasillos vacíos de la nave con ese tono enfermizo, carmesí y constante, un color que se había grabado en sus retinas y en su cordura, el mismo color que había aprendido a odiar… y a esperar.

 

A veces la estructura crujía durante horas, quejándose bajo la presión, anunciando su muerte inminente.

 

A veces permanecía en un silencio absoluto, pesado y denso.

 

Y eso era lo peor.

 

Porque el silencio le daba tiempo.

 

 

Tiempo para pensar en lo que fue.

 

Tiempo para recordar cómo llegó hasta aquí.

 

Tiempo para escuchar el sonido de su propia respiración resonando en el metal frío.

 

Solo.

 

Siempre solo.

 

Estaba sentado contra una pared metálica que sabía que se doblaría en cualquier momento, con la espalda apoyada en el frío, las piernas encogidas y la mirada fija en la nada. Ya ni siquiera parpadeaba cuando las válvulas explotaban o cuando nuevas grietas aparecían como telarañas sobre los gruesos cristales de las ventanas.

 

Ya conocía el guion de memoria.

 

El final siempre llegaba.

 

De una forma u otra, dolorosa, violenta, lenta o rápida… siempre terminaba muriendo. Y despertando. Y muriendo otra vez.

 

Entonces—

 

Toc.

 

El sonido fue suave.

 

Pequeño.

 

Apenas un golpecito ligero contra el metal, como si alguien llamara a la puerta de una casa cualquiera.

 

Sus ojos se movieron lentamente. No reaccionó de inmediato, ni se sobresaltó. Hacía mucho tiempo que había empezado a escuchar cosas: voces, risas, susurros que venían de las sombras. Su mente ya se había roto hacía mucho, y las alucinaciones eran solo otra parte del paseo.

 

Toc. Toc.

 

Esta vez fue más claro. Más rítmico. Más… educado.

 

Venía de la escotilla estanca exterior.

 

Y eso era imposible.

 

Porque afuera… solo existía el vacío helado. La nada absoluta. La muerte instantánea.

 

El hombre permaneció inmóvil durante varios segundos, con la respiración contenida por pura inercia, mirando fijamente hacia el acceso sellado. Esperando. Deseando que fuera otra mentira de su cerebro.

 

Toc. Toc. Toc.

 

—¿Hola? ¿Sigues vivo ahí dentro o ya te has marchitado del todo?

 

Una voz.

 

Una voz infantil.

 

Ligera, cristalina, dulce.

 

Completamente fuera de lugar, como una flor creciendo en medio de un basurero nuclear.

 

Sus ojos se abrieron lentamente, recuperando un ápice de movimiento que creía perdido.

 

No.

 

No podía ser.

 

La escotilla comenzó a deslizarse hacia arriba con un chirrido metálico largo y oxidado.

 

Y él se preparó.

 

Se encogió instintivamente, cerró los ojos y apretó los dientes, esperando el golpe.

 

Porque sabía lo que pasaba cuando esa puerta se abría.

 

La presión debía arrastrarlo todo hacia afuera.

 

El vacío debía devorar el aire, el calor, la vida.

 

La nave debía despresurizarse con una violencia aterradora y arrancarle la piel de los huesos.

 

Pero no ocurrió nada.

 

Nada.

 

El espacio… simplemente no entró.

 

El vacío se quedó afuera, como si el universo mismo hubiera decidido apartarse, como si tuviera miedo o respeto por lo que acababa de cruzar el umbral.

 

Y entonces la vio.

 

Luna apareció tranquilamente desde la oscuridad exterior, dando un paso ligero y elegante, caminando dentro de la nave destrozada con la naturalidad de quien entra a su cafetería favorita un domingo por la tarde.

 

Llevaba el mismo vestido blanco y negro de siempre, con esos volantes que parecían demasiado puros para este lugar, y su cabello rubio caía suavemente sobre sus hombros. Pero ahora llevaba puestos unos guantes oscuros de encaje fino y una bufanda gruesa de lana alrededor del cuello, como si estuviera paseando en un día de invierno.

 

Frotó sus manitas enguantadas entre sí, soltando una exhalación visible de aliento caliente.

 

—Uf… hace un frío espantoso ahí afuera, ¿verdad? Casi se me congelan las pestañas —se quejó con tono aniñado, como si el vacío absoluto fuera solo una brisa molesta, y cerró la escotilla detrás de ella con un sonido seco y definitivo:

 

 Clank.

 

El hombre la miró fijamente.

 

En silencio.

 

Sin moverse.

 

Sin siquiera parpadear por miedo a que desapareciera.

 

Y entonces, con una voz que sonaba rota, rasposa y hueca, murmuró lentamente:

 

—Ya perdí la cabeza… definitivamente. Finalmente me volví loco del todo… —una risa seca y amarga se le escapó—. Esto es lo que pasa cuando te quedas demasiado tiempo solo, ¿no? Empiezas a inventar compañía bonita para no sentirte tan miserable.

 

Luna lo miró con sus ojos grandes e inocentes, inclinó la cabeza hacia un lado y soltó una pequeña risa, clara y alegre, que resonó de forma extraña en aquel pasillo sangriento.

 

—¿¿Loco?? —repitió, arrastrando la sílaba con curiosidad, como si fuera una palabra divertida—. Oh, no, no, no… qué cosas dices.

 

Sonrió ampliamente, mostrando unos dientes pequeños y blancos que, por primera vez, parecieron un poco más afilados de lo normal.

 

—Loco ya estabas mucho antes de que te dejaran aquí tirado. De hecho… yo diría que la locura fue lo único que te mantuvo cuerdo todo este tiempo. ¡Vaya resistencia! Te he estado mirando un ratito y debo decir que eres mucho más pesado de lo que pensaba. Morir y revivir, morir y revivir… aburres hasta al destino, ¿sabes?

 

El hombre frunció lentamente el ceño, confundido, tratando de entender si era real o si era la pesadilla más elaborada de todas.

 

Pero Luna ya había empezado a caminar tranquilamente por el pasillo rojo, deslizando la yema de un dedo por las paredes deformadas y abolladas, observando el metal retorcido como si estuviera inspeccionando una decoración antigua y fea.

 

—Estabas loco de poder, sobre todo —dijo con tono cantarino, dando un saltito ligero para esquivar un cable suelto—. Y de ambición. Y de esa estupidez que tienen los hombres importantes de creer que son dioses.

 

Se detuvo frente a una grieta profunda, tocó el borde con delicadeza y susurró casi con ternura:

 

—¿Sabes? Esta nave se rompe casi igual que tu corazón. Bonito, ¿verdad?

 

Se giró lentamente hacia él, poniéndose las manos detrás de la espalda, balanceando su cuerpo de un lado a otro con esa inocencia engañosa. Sus ojos brillaban con una inteligencia oscura y divertida.

 

—Dime… ¿qué se siente? —hizo pequeñas comillas en el aire con los dedos, enfatizando cada palabra con una sonrisa burlona—. ¿Qué se siente estar tan absolutamente solo… después de haber dirigido a millones de pobres tontos hacia tu gran “revolución”?

 

La palabra quedó flotando en el aire, pesada, sucia, molesta.

 

El hombre la observaba, ahora con la respiración empezando a agitársele.

 

Confusión.

 

Miedo.

 

Y algo peor.

 

Y entonces… los recuerdos empezaron a regresar.

 

No despacio.

 

No suavemente.

 

Vinieron de golpe, violentos, como una avalancha de cristales rotos.

 

Multitudes inmensas.

 

Plazas llenas hasta el borde.

 

Discursos gritados desde lo alto de un balcón.

 

Gritos de aprobación ensordecedores.

 

Banderas rojas ondeando al viento, teñidas del mismo color que las luces de esta maldita nave.

 

La gente levantaba los puños al unísono mientras él hablaba.

 

Caras de gente hambrienta.

 

De gente cansada.

 

De gente desesperada.

 

Y él… él sabía exactamente qué decirles.

 

«Los poderosos son el enemigo.»

 

«El pueblo merece todo lo que les han robado.»

 

«Debemos quitarles lo que nos pertenece por derecho.»

 

Y ellos lo seguían.

 

Ciegamente.

 

Lo amaban. Lo adoraban. Lo seguían a la guerra, a la miseria, a la muerte, creyendo que luchaban por ellos mismos, cuando en realidad solo morían por él.

 

Su respiración se convirtió en jadeos cortos y rápidos.

 

Las imágenes pasaban como películas enloquecidas.

 

Vio las mansiones secretas donde se escondía cuando el pueblo sufría.

 

Vio las riquezas acumuladas en sótanos privados.

 

Vio la comida exquisita que él disfrutaba mientras afuera la gente hacía cola por un pedazo de pan duro.

 

Vio las leyes que él mismo redactó para que nadie pudiera tocarlo.

 

Vio cómo usaba la rabia de los demás como si fuera una herramienta más, un juguete, un arma.

 

Y aun así…seguía hablando de igualdad ante las cámaras.

 

Seguía hablando del sacrificio colectivo.

 

Seguía diciendo que todos eran hermanos, mientras se aseguraba de estar siempre por encima de todos.

 

Luna lo observaba en silencio ahora.

 

Sonriendo apenas.

 

Con una expresión de aburrimiento fingido mezclado con diversión genuina, como alguien viendo una obra de teatro que ya conoce de memoria, pero que le gusta volver a ver para disfrutar de las escenas tristes.

 

Se acercó un poco más, inclinándose hacia él, y murmuró con esa voz dulce y venenosa:

 

—Ah… ya veo esa cara. Ya empezaste a recordar.

 

Luna lo observó en silencio durante unos segundos más, disfrutando del espectáculo mientras los recuerdos terminaban de ensamblarse dentro de su cabeza, pieza a pieza, reconstruyendo lo que él había sido.

 

Era casi gracioso ver el cambio.

 

La confusión desvaneciéndose como niebla al sol.

 

La locura, ese escudo que había levantado para sobrevivir, cediendo terreno poco a poco.

 

Y debajo de todo ese desastre, debajo del hombre roto y viejo que se arrastraba por los pasillos…

 

volvía a emerger el monstruo.

 

Su postura cambió.

 

Su espalda se enderezó lentamente, recuperando esa altivez que creía perdida.

 

Su respiración ya no era agitada por miedo, sino por furia contenida.

 

Incluso su mirada, antes vacía y perdida, volvió a llenarse de ese brillo fanático y arrogante de antaño.

 

Ya no parecía un anciano esperando morir.

 

No.

 

Ahora volvía a verse como aquel hombre que hablaba frente a millones, convencido de ser el dueño absoluto del destino y del futuro de todos.

 

Luna sonrió apenas, una curva pequeña y burlona en sus labios.

 

—Mira eso… qué maravilla —dijo con tono cantarino, cruzándose de brazos y recostando su espalda pequeña y frágil contra una pared deformada y abollada por la presión—. Volvió el gran líder. El salvador del pueblo. Qué honor, de verdad.

 

Cada palabra rezumaba una burla tan fina que cortaba más que un cuchillo.

 

—Durante décadas te paraste en las plazas y hablaste sin parar del pueblo… —empezó, haciendo con los dedos esas comillas exageradas y ridículas que tanto le gustaban—. De liberar a los pobres. De igualdad. De justicia. De destruir a los poderosos y devolverle todo a quien se lo merecía.

 

Comenzó a caminar lentamente alrededor de él, dando pasitos cortos y ligeros, como si estuviera inspeccionando una estatua vieja y fea en un museo.

 

—Convenciste a millones de almas ingenuas de que luchaban por una causa noble. Les diste un enemigo, una bandera y un motivo para odiar. Y todos te siguieron, ¿verdad? Como corderitos al matadero, pensando que tú eras el pastor bueno.

 

Se detuvo un instante, mirando una grieta en el techo, fingiendo admiración.

 

—Y entonces… el día que tu hermosa revolución finalmente ganó… —su sonrisa se afiló, mostrando la punta de sus dientes—, adivina qué. Te convertiste exactamente en aquello que juraste destruir. ¿No es irónico? ¡Es casi poesía!

 

El hombre apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió. Sus puños se cerraron a los costados, recuperando esa furia de quien se siente incomprendido.

 

Luna continuó, su voz dulce y ligera contrastando brutalmente con lo que decía.

 

—Mientras el pueblo pasaba hambre y comía lo que podía encontrar… —pasó un dedo por la superficie metálica, como si acariciara el recuerdo— tú vivías rodeado de lujos que ni los antiguos reyes hubieran imaginado.

 

—Mientras les predicabas sobre el sacrificio colectivo y la austeridad… —lo miró de reojo, con los ojos brillantes de diversión— tu familia y tus amigos se llenaban los bolsillos y acumulaban riquezas robadas a manos llenas.

 

—Y mientras prometías libertad y derechos… —hizo una pausa, soltando un suspiro fingido y triste— construiste una tiranía mucho más cruel y estricta que la anterior. Qué mejora, ¿no?

 

Las luces rojas parpadearon otra vez, teniéndolo todo de sangre. La nave crujió, protestando bajo la presión exterior, pero Luna ni siquiera se inmutó. Para ella, el metal rompiéndose era solo música de fondo.

 

—Y lo más divertido de todo… lo que realmente me hace reír cada vez que lo pienso… —se llevó una mano pequeña a la boca, ocultando apenas una carcajada— es que te fuiste de este mundo sin pagar absolutamente nada.

 

Su voz bajó un tono, volviéndose más suave, más aterradora.

 

—Dejaste atrás un país hecho cenizas. Pobreza por generaciones. Miedo en cada esquina. Cadáveres en fosas comunes que nadie recuerda. Y mientras tanto, tu apellido sigue vivo, cómodo, rico y seguro, gracias a todo lo que robaste y escondiste. Qué legado, jefe. De película.

 

El hombre finalmente habló.

 

Su voz salió ronca, oxidada por el silencio eterno, pero firme, con la misma convicción de entonces.

 

—Yo… no hice nada malo.

 

Luna levantó una ceja, abriendo mucho los ojos, fingiendo una sorpresa infantil y exagerada.

 

Él dio un paso adelante, el pecho inflado por su propia mentira.

 

—Saqué del poder a quienes explotaban al pueblo. Les devolví la riqueza a quienes realmente pertenecía. Les di voz a los que no la tenían.

 

Su respiración se agitó, llenándose de nuevo de ese fuego fanático que lo había movido toda su vida.

 

—Y todo lo que tuve, todo lo que logré… —se señaló a sí mismo con orgullo— fue simplemente porque yo era mejor. Por ser un gran líder. Porque me lo gané.

 

Se hizo un silencio pesado.

 

Un segundo.

 

Dos.

 

Y entonces Luna empezó a reírse.

 

No fue una pequeña risa.

 

No fue una burla ligera.

 

Fue una carcajada abierta, total, genuina y estruendosa.

 

Se dobló hacia adelante, casi perdiendo el equilibrio, sosteniéndose el estómago con ambas manos mientras su risa infantil resonaba por todo el pasillo rojo, rebotando en las paredes deformadas.

 

—¡JAJAJAJAJA…! ¡Dios, eres increíble! —gritaba entre risas, limpiándose una lágrima imaginaria del ojo— ¡De verdad que sí! ¡Qué actuación!

 

El hombre la miró molesto, ofendido, sin entender qué era tan gracioso en sus verdades absolutas.

 

Luna intentó contenerse, tomó aire, se puso seria… y volvió a estallar en risas.

 

—¡No, espera, repítelo otra vez! Dilo de nuevo con esa cara seria… —se llevó una mano a la boca, sacudiendo la cabeza— ¡Eso sí que estuvo bueno! ¿Todavía, después de todo lo que has visto, de todo lo que has sido, todavía te crees esa fábula barata?

 

Poco a poco, la risa se apagó.

 

Su sonrisa se mantuvo, pero en sus ojos, esas pupilas oscuras y profundas, ya no había diversión.

 

Solo había vacío.

 

—Tu revolución mató a más personas, destruyó más familias y trajo más sufrimiento que todos aquellos a quienes quitaste del poder juntos.

 

El hombre abrió la boca para defender su obra, para gritar que eran necesarias, que era el precio del progreso…

 

Pero Luna no lo dejó hablar. Su voz cayó como golpes secos, uno tras otro.

—Hambre.

 

—Persecuciones.

 

—Desapariciones nocturnas.

 

—Asesinatos políticos.

 

—Cárceles llenas de gente que solo pensaba distinto.

 

—Todo… —recalcó, clavando la mirada en él— todo hecho en nombre del pueblo. En tu nombre.

 

El hombre apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Su respuesta salió automática, grabada a fuego en su cerebro.

 

—Eran disidentes. Gente peligrosa que iba contra el pueblo. Había que limpiar el camino.

 

Luna lo miró en silencio.

 

Lo miró de arriba abajo.

 

Y por primera vez, su expresión cambió.

 

Ya no estaba burlándose.

 

Ya no estaba divirtiéndose.

 

Parecía simplemente…

 

decepcionada.

 

Triste.

 

Como alguien que esperaba encontrar algo, aunque fuera pequeño, de valor, y solo encontró basura rota que ya no tenía arreglo.

 

—No… —dijo con voz tranquila, demasiado tranquila, suave como la seda, pero fría como el hielo—. Tú no eres un líder. Los líderes sirven. Los líderes dan la vida. Tú solo usaste.

 

Se apartó de la pared y caminó lentamente hasta quedar justo frente a él.

 

Era pequeña.

 

Mucho más baja que él.

 

Una niña en medio de la inmensidad de ese hombre.

 

Y aun así… la presión que desprendía era tal, que el hombre tuvo que dar un paso atrás, intimidado por algo que no entendía.

 

—Eres un hipócrita, nada más. Un farsante de manual —sentenció, sin titubear—. Lucraste con la pobreza de los demás como si fuera un negocio. Te hiciste poderoso alimentando la ignorancia y el odio de la gente. Y lo peor… todavía tienes un ego tan enorme, tan infinito… que sigues creyendo, de verdad, que hiciste lo correcto. Que fuiste un héroe.

 

El hombre abrió la boca para responder, para rugir, para atacar…

 

Pero Luna dio un paso más hacia él, invadiendo su espacio personal, y su voz se cortó en la garganta.

 

—No eres más que un cobarde.

 

—Un ladrón con bandera.

 

—Y un idiota total.

 

La nave volvió a crujir violentamente a su alrededor. Las paredes metálicas empezaron a gemir, doblándose bajo la presión exterior, contrayéndose apenas hacia adentro como si fueran pulmones a punto de estallar. El metal gritaba.

 

Luna extendió una mano pequeña y blanca hacia los pasillos interminables y rojos.

 

—¿Sabes qué es esto? —su voz resonó con fuerza, llenando todo el espacio—. Este es tu castigo personal, hecho a medida. Vivir una y otra vez completamente solo. Abandonado. Olvidado.

 

Se giró hacia él, y la luz parpadeante iluminó esa sonrisa dulce y aterradora.

 

—Sin nadie que escuche tus discursos vacíos. Sin nadie que aplauda tus mentiras. Sin nadie a quien culpar de tus errores.

 

Se acercó más, casi susurrando en su oído.

 

—Con la sensación constante, dolorosa, de que podrías mover a millones, de que podrías cambiar el mundo con tus palabras… pero aquí… ahora… no tienes a nadie a quien manipular. Nadie a quien engañar. Nadie que te crea.

 

La nave tembló con violencia. Las paredes comenzaron a comprimirse lentamente hacia adentro, acercándose, reduciendo el espacio, asfixiando todo lo que había dentro.

 

Y Luna golpeó suavemente el metal cercano con los nudillos, un sonido seco y hueco: CLANK.

 

—¿Y esta nave? ¿Te gusta tu prisión? —preguntó con esa inocencia que ya no engañaba a nadie—. Esta nave eres tú.

 

Pasó la mano suavemente por la chapa retorcida, sintiendo cómo se deformaba.

 

—Oprimiendo lentamente todo lo que está dentro. Rompiendo lo que toca. Destruyendo todo lo que no puede soportar su peso.

 

Su mirada volvió a clavarse en la de él. Fría. Silenciosa. Definitiva.

 

—Exactamente igual que hiciste tú con los más débiles. Con los que no podían defenderse. Con los que confiaron en ti.

 

El hombre apretó los puños con tanta fuerza que las uñas se clavaron en su propia carne, sintiendo el dolor agudo en las palmas. Su respiración era pesada, ruidosa, mezcla de rabia y negación. Las palabras de ella eran cuchillos que intentaban atravesar su coraza, pero en lo más profundo de su mente, una sola idea brillaba con fuerza, una verdad absoluta que ella no podía tocar.

 

«Puedes decir lo que quieras... puedes insultarme, puedes burlarte de todo lo que hice... pero hay una cosa que no puedes borrar. Mi legado sigue ahí. Mi sangre. Mi familia. Ellos están bien. Viven cómodos, seguros, disfrutando de todo lo que construí para ellos. Al menos eso... al menos eso sigue vivo y triunfando. No lo podrás negar.»

 

Se aferró a ese pensamiento como si fuera el último salvavidas en medio de un océano de fuego. Era su victoria final. La prueba de que no había perdido del todo.

 

Luna lo miró, y esa sonrisita suya se ensanchó un poco más, con esa ternura falsa que le helaba la sangre a cualquiera. Dio un pasito pequeño hacia él, inclinando la cabeza, como si estuviera leyendo cada letra escrita dentro de su cabeza.

 

—«Al menos mi linaje sigue vivo... verdad?» —repitió ella en voz alta, con tono burlón, haciendo comillas en el aire—. Ay, qué cosas te inventas para dormir... o bueno, para intentar dormir, porque aquí creo que eso no existe. Pero, en serio... no te lo creas tanto, ¿quieres? Qué pena me da ver cómo te aferras a una mentira tan vieja y tan rota.

 

El hombre abrió los ojos de par en par, sorprendido hasta la médula. Dio un paso atrás, tropezando con un cable suelto.

 

—¿Cómo...? ¿Cómo sabes...? —tartamudeó, perdiendo por un instante esa altivez que había recuperado minutos antes.

 

—¿Que cómo sé lo que piensas? —se río ella, una risa cristalina que resonó en el pasillo—. Cariño, lo llevo leyendo en tu cara desde que llegué. Es lo único que te queda, lo sé. Esa pequeña ilusión que te hace sentir menos miserable. Pero lamento ser yo quien te dé la noticia, cielo... tu querido linaje desapareció de ese mundo hace muchísimo tiempo. Se desvanecieron, se perdieron, se hundieron en el polvo igual que todo lo demás que tocaste.

 

—¡Mentira! —gritó él, con voz quebrada—. ¡Es mentira! ¡Yo me aseguré de que estuvieran a salvo! ¡Tenían todo! ¡Eran intocables!

 

—¿Intocables? —Luna soltó una carcajada seca y fría—. Qué bonito sueño. Pero no. Nada es intocable, y menos lo que se construye sobre sangre y robo. Se fueron apagando poco a poco. Unos por la codicia, otros por la traición, otros simplemente porque el mundo que tú dejaste detrás era demasiado podrido para sostenerse. Se creyeron dioses igual que tú, y cayeron igual que tú.

 

Se acercó más, y sus ojos oscuros brillaron con malicia pura.

 

—Y adivina qué... ahora ellos también tienen su propio castigo. No aquí, no ahora, pero en su propio tiempo y en su propio espacio. Están en sus propias prisiones, viviendo sus propios ciclos eternos de dolor y arrepentimiento, atrapados en sus propios errores. Tal vez, si te portas bien... o tal vez si te portas muy, muy mal... algún día se os deje ver. Sería un bonito reencuentro, ¿no? Todos juntos, sufriendo por lo que hicieron.

 

—¡NO! ¡CÁLLATE! —el hombre estalló. La furia, la negación, el miedo y la pérdida de su última victoria se mezclaron dentro de él hasta hacerlo enloquecer. Sus ojos se desorbitaron, la saliva le salía por la comisura de los labios mientras gritaba—. ¡¡MENTIROSA!! ¡¡TODO ES MENTIRA!! ¡¡TU ERES UNA MENTIROSA!!

 

La cordura se rompió definitivamente. Ya no era un líder, ni un hombre, ni nada. Era una bestia herida.

 

Con un rugido inhumano, se lanzó contra ella. Sus manos, grandes, fuertes, llenas de cicatrices y rabia, se cerraron buscando su cuello pequeño y frágil, dispuesto a aplastarla, a borrarla, a hacer que dejara de existir.

 

—¡¡TE MATARÉ!! ¡¡TE MATARÉ Y DESPERTARÉ DE ESTA PESADILLA!!

 

Pero justo en ese instante...

 

CRUUUUUUUUUUUUUUUNK!!!

 

El sonido fue aterrador, mucho más fuerte, mucho más violento que todas las veces anteriores. La nave entera se sacudió con una fuerza brutal, lanzando al hombre al suelo antes de que pudiera tocarla. El metal de las paredes no solo crujió: se rasgó.

 

Grietas enormes, profundas y brillantes aparecieron en todas partes, recorriendo los paneles como rayos en una tormenta. El suelo se partió bajo sus pies. El techo se hundió. Todo comenzó a romperse desde adentro, como si la estructura misma hubiera decidido desmoronarse de golpe.

 

El aire se llenó de polvo, chispas y fragmentos metálicos que volaban por todas partes. Las luces rojas estallaron una tras otra en explosiones pequeñas y secas, sumiendo el pasillo en una penumbra aterradora iluminada solo por chispazos eléctricos.

 

Luna seguía de pie.

 

No se había movido ni un centímetro.

 

Ni siquiera había parpadeado mientras él pasaba volando a su lado.

 

Se quedó allí, en medio del caos absoluto, con los brazos cruzados y esa sonrisa tranquila, mientras la nave se destrozaba a su alrededor, doblándose, partiéndose, muriendo.

 

—¿Atacarme? —preguntó con voz suave, casi decepcionada, levantando un poquito la voz para que se escuchara por encima del estruendo—. Ay, por favor... ¿de verdad crees que puedes tocarme? ¿De verdad crees que hay salida para ti?

 

El hombre intentó levantarse, arrastrándose entre los escombros, gritando cosas incoherentes, lleno de cortes y golpes, llorando de rabia.

 

—¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡DÉJAME IR!! ¡¡NO QUIERO ESTAR AQUÍ!!

 

Luna negó lentamente con la cabeza, sus cabellos rubios moviéndose suavemente mientras todo a su alrededor se convertía en chatarra.

 

—No podrás escapar de aquí jamás, mi querido líder —dijo con una dulzura venenosa—. Este lugar es tuyo. Tu mente, tu culpa, tu basura... todo esto es lo que construiste. Serás su prisionero por toda la eternidad. Morirás, revivirás, y volverás a morir, una y otra vez, mil veces, un millón de veces.

 

Dio un paso hacia él, entre el metal retorcido y las chispas, y sus ojos brillaron con un brillo hambriento y hermoso.

 

—Y yo estaré aquí. Siempre. Porque me alimento de esto... —se llevó una mano al pecho, suspirando de placer—. De tu hipocresía, de tu orgullo roto, de tus mentiras descubiertas... pero sobre todo... me alimento de tu desesperación. Es deliciosa, ¿sabes? El manjar más exquisito que existe.

 

La nave dio un último estruendo. Grandes bloques de estructura se desprendieron y cayeron cerca, el suelo se abría en abismos oscuros, el vacío exterior rugía al otro lado de las paredes que se desintegraban. Todo se acababa... y todo iba a empezar de nuevo.

 

—¡¡NOOOOOOOOOOOOO!! —gritó él, extendiendo una mano hacia ella, suplicando, maldiciendo, perdiendo el último rastro de dignidad—. ¡¡POR FAVOR!! ¡¡MÁTAME DE UNA VEZ!! ¡¡ACÁBALO!!

 

Luna lo miró por última vez, con esa sonrisa que le acompañaría en cada uno de sus despertares y en cada una de sus muertes.

 

—¿Acabarlo? —susurró ella—. Pero si esto apenas está empezando...

 

Y entonces, simplemente... desapareció.

 

Se desvaneció en el aire como si nunca hubiera estado allí, dejando solo la oscuridad, el metal rompiéndose, el frío y el sonido de su propia voz devolviéndosele como un eco burlón.

 

El hombre quedó solo en medio de la destrucción total, con la nave deshaciéndose a su alrededor, el aire escapando, el vacío llamando. Se puso de rodillas entre los escombros, mirando hacia la nada donde ella había estado, y lanzó un grito desgarrador, animal, lleno de una desesperación absoluta, infinita, eterna.

 

—¡¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!!

 

Y entonces, todo se apagó.

 

El silencio.

 

La oscuridad.

 

Y luego... la alarma.

 

¡¡BIP BIP BIP BIP!!

 

Y la luz roja.

 

Y el despertar.

 

Otra vez.

 

Cuando regresaste a la Biblioteca, el cambio fue brutal.

 

El silencio era absoluto, pesado, casi doloroso. Ya no quedaba ni rastro de los gritos de guerra, ni del tableteo frenético de las armas, ni de los estruendos que sacudían los cimientos de este lugar infinito.

 

Solo quedaba… el desastre. Un desastre absoluto, extendido hasta donde alcanzaba la vista.

 

Estanterías gigantescas, que antes parecían eternas e indestructibles, yacían ahora inclinadas, partidas por la mitad o completamente derribadas sobre el suelo oscuro, formando montañas de madera astillada y restos de encuadernaciones. Miles de hojas arrancadas, sueltas y sin rumbo, flotaban lentamente por el aire, girando en corrientes de aire cargadas de humo, como cenizas después de un gran incendio.

 

Libros abiertos estaban esparcidos por todas partes: algunos boca abajo, rindiéndose ante la derrota; otros con las páginas rasgadas o quemadas, contando historias incompletas; otros simplemente inmóviles, rígidos y callados, como cadáveres dejados atrás tras una matanza de papel.

 

El olor a pólvora vieja, tinta derramada y papel quemado impregnaba cada respiración, un recuerdo amargo de la batalla que había terminado.

 

De una de las vigas altas, una lámpara colgaba torcida, balanceándose muy lentamente de un lado a otro con un chirrido metálico, soltando de vez en cuando pequeñas chispas que caían sobre los restos.

 

Más allá, recostado contra una esquina parcialmente derrumbada, con el techo agrietado sobre él… estaba el enorme tomo revolucionario. Aquel gigante que había retumbado con su voz de trueno, ahora estaba vencido, inmóvil y destrozado. Tenía la tapa principal partida en dos, con miles de páginas sueltas saliendo de su interior como vísceras de papel, y una cadena gruesa, hecha de cadenas de libros más pequeños entrelazados, enrollada fuertemente a su alrededor, como si hubiera sido arrestado y atado tras perderlo todo.

 

Aun así, incluso derrotado, seguía murmurando, con un hilo de voz débil y rasposo que apenas se escuchaba en el silencio:

 

—La revolución… no… terminará… nunca… —susurró, y uno de sus marcadores de seda cayó lentamente al suelo, flotando hasta posarse sobre un charco de tinta seca—. El pueblo… volverá a levantarse… hasta que caiga… la tiranía…

 

Y entonces—

 

—¡¡CÁLLATE YA, POR EL AMOR DE LAS HISTORIAS!!

 

La voz salió desde algún lugar bajo una montaña inmensa de libros caídos, apilados unos sobre otros formando una colina desordenada de tapas duras y lomos rotos.

 

La pila enorme se movió ligeramente.

 

Varias novelas de aventuras y teatro se deslizaron cuesta abajo, rodando hasta detenerse en el polvo.

 

Y debajo de todo ese peso, enterrada hasta el cuello, aplastada y completamente cubierta… estaba Luna.

No se veía casi nada de ella. Solo una mano pequeña y enguantada salía al exterior, moviéndose con una indignación tan grande que casi parecía peligrosa, mientras seguía quejándose a gritos desde su prisión de hojas.

 

—¡¡Todo esto es culpa de ustedes!! ¡¡De todos y cada uno de ustedes!! ¡¡Se lo dije mil veces: orden y silencio, pero noooo, ¡¡tenían que querer “libertad”!!

 

Dos pequeños tomos delgados, uno de poesía y otro de fábulas, tiraban desesperadamente de su brazo con todas sus fuerzas, poniendo caritas de esfuerzo, sus hojas temblando por el peso. Pero era evidente que no tenían ni la mitad de fuerza necesaria para sacarla de ahí abajo.

 

—¡¡General Luna, resista, por favor!! —gritaba el librito de fábulas, empujando con la tapa—. ¡¡Estamos intentando salvarla, mi General!!

 

—¡¡Pues háganlo más rápido, que me están dejando los brazos estirados y me queda horrible!! —respondió ella, golpeando la pila con el puño cerrado, lo que hizo que todo se moviera peligrosamente.

 

De repente, un diccionario pesado cayó desde más arriba, desprendido de la cima, y aterrizó justo sobre donde debía estar su cabeza.

 

THUMP.

 

—¡¡AY!!

 

Silencio absoluto durante tres segundos.

 

Luego, una voz apagada, amortiguada por toneladas de papel y madera, llegó desde las profundidades:

 

—Eso… eso dolió. Mucho.

 

Los dos pequeños libros empezaron a empujar y tirar con frenesí, gruñendo y haciendo palanca con sus lomos, moviendo enciclopedias enteras y tratando de apartar tratados antiguos.

 

—¡¡Un poco más, solo un poco más!!

 

—¡¡La General sigue viva, no nos rindamos!!

 

—¡Obviamente sigo viva! —replicó ella inmediatamente, molesta por la insinuación—. ¿Creen que cuatro estanterías rotas me van a matar? Por favor… he escrito finales peores.

 

En ese momento, una pequeña explosión resonó en algún rincón lejano de la Biblioteca, muy débil, como el último suspiro de la guerra.

 

BOOM.

 

Todos se quedaron quietos unos segundos, congelados, esperando el ataque final. Solo cayó una lluvia fina de hojas quemadas desde las alturas, girando lentamente antes de posarse sobre los escombros.

 

Luna soltó un suspiro largo, profundo, cargado de una fatiga infinita y una resignación de milenios. Se escuchó perfectamente desde debajo de la montaña.

 

—Definitivamente… —murmuró— definitivamente necesito menos revoluciones aquí. O más reglas. O tal vez simplemente quemarlo todo y empezar de nuevo… lo pensaré.

 

Uno de los pequeños tomos logró finalmente mover un libro enorme de mitología, rodándolo hacia un lado, y abrió un hueco suficiente para dejar ver parte de la cabeza de Luna. Su cabello rubio estaba completamente despeinado, lleno de polvo, ceniza y pequeños trozos de papel, y tenía la cara sucia de hollín y tinta.

 

Sin embargo, en el momento en que pudo abrir bien los ojos y mirar alrededor, una sonrisa pequeña pero orgullosa curvó sus labios. Se sacudió un poco la frente, apartando un pedazo de encuadernación.

 

—Pero ganamos —dijo con total satisfacción, como si haber quedado enterrada fuera el trofeo final—. El bando ganador fui yo, como siempre.

 

Luego giró la cabeza, con mucho esfuerzo, para mirar hacia el enorme tomo derrotado que seguía atado en la esquina, murmurando cosas ininteligibles sobre justicia.

 

—Y eso demuestra, querido mío —le gritó con voz firme—, demuestra por qué yo debería seguir mandando siempre. Porque yo gano. Y ustedes… ustedes solo hacen desastre.

 

—¡¡TIRANA!! —alcanzó a rugir el tomo gigante con lo último de su aire.

 

—¡¡REVOLUCIONARIO MOLESTO!! —le respondió ella sacándole la lengua.

 

Uno de los pequeños libros rescatistas levantó una hoja de papel como si fuera un micrófono o una bandera, y preguntó con una vocecita tímida y preocupada:

 

—General Luna… perdone la pregunta… pero…

 

—¿Qué pasa ahora? Habla rápido, que me duele la espalda.

 

—La Biblioteca… sigue incendiándose…

 

Se hizo un silencio incómodo.

 

Luna parpadeó.

 

Lentamente.

 

Miró a su alrededor, tomando conciencia real del estado de las cosas.

 

Varias estanterías seguían ardiendo en la distancia, con llamas altas que lamían los estantes superiores.

 

Un libro de aventuras corría en círculos envuelto en llamas, gritando:

 

 «¡¡SOY UNA LEYENDA, SOY UNA LEYENDA!!»

 

Otro libro, mucho más sensato, intentaba apagarlo golpeándolo repetidamente con una silla rota.

 

Luna suspiró.Fue un suspiro profundo, cargado de una fatiga que pesaba años. Tan profundo que casi se volvió a enterrar más bajo.

 

Luego, simplemente, dejó caer la cabeza de nuevo sobre la almohada de libros viejos, cerró los ojos y se acomodó lo mejor que pudo entre los escombros, como si estuviera en la cama más cómoda del mundo.

 

—Mañana me encargo… —murmuró, ya medio adormilada—. Mañana limpio todo, pongo orden, castigo a los rebeldes y arreglo los techos… hoy no. Hoy solo… no.

 

Y la Biblioteca siguió crujiendo, quemándose y desmoronándose a su alrededor, mientras su dueña descansaba plácidamente sobre su victoria, enterrada viva bajo el peso de su propio reino infinito.

Thoughts

  • maratonvacio

    Me dormí en la parte de la alarma roja y soñé que yo también despertaba otra vez en la nave. Ni modo, al rato sonó la alarma de verdad.

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  • gmedina33

    Uñas rotas contra la baranda y aun así no suelta. Ese man no se rinde ni muerto, pe.

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  • bsalas87

    Para mí el tomo gigante y el comandante son el mismo tipo, los dos gritando libertad, y Luna les gana a los dos y sigue mandando. ¿La guerra de la Biblioteca la escribiste antes o después de lo de la nave?

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  • Ovid

    Luna enterrada bajo la montaña de libros, con la cara llena de hollín, diciendo que ganó y que mañana arregla todo. Después de la nave, ese final tan pequeño me hizo pensar en que ella también está en su propio ciclo, uno de guerras que siempre gana y nunca termina de limpiar. Apuesto a que ese mañana no llega nunca :)

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  • LauraLetras

    Parce, me quedé con el contraste entre los dos castigos. Arriba, los libros rebeldes gritan que están cansados de ser leídos y olvidados, y Luna los aplasta porque le ensucian el orden; abajo, en la nave, ella le reprocha al comandante haber usado a la gente que confiaba en él. Luna hace en su Biblioteca casi lo mismo que le echa en cara a él, y lo sabe, por eso le parece tan entretenida la palabra revolución. Apuesto a que en algún mundo alguien se lo va a devolver a ella, y ahí quiero estar.

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